El libro del año
Alfredo Mendiz | Viernes 6 de enero de 2012
Se trata de una obra de madurez: la madurez que tenía Irène Némirovsky a los 37 años, en 1940, cuando publicó la novela (moriría solo dos años más tarde, en Auschwitz).
Se trata de una obra de madurez: la madurez que tenía Irène Némirovsky a los 37 años, en 1940, cuando publicó la novela (moriría solo dos años más tarde, en Auschwitz).
El buen cine debe ayudar al hombre a encontrarse consigo mismo, predisponiéndolo a aceptar la diversidad y a compartir la espiritualidad.
La última obra de Steven Spielberg ha vuelto a encender los reflectores sobre Tintín: un caballero sin mancha exaltado por el gusto por el misterio y por el imperativo de proteger a los débiles.
Su conciencia le impedía a Milosz disociar realidad y verdad, y menos confundir realidad con ilusión, tal y como trágicamente habían hecho las ideologías en Europa durante los dos últimos siglos.
A medida que Europa comience a admirar y a redescubrir el genio del inquietante arte de Rafael, quizás comience a apreciar la belleza de este pontificado suave pero profundamente estimulante.
El gusto se puede educar, se puede afinar y puede crecer. Hay que desarrollar la capacidad de captar la belleza sin forzar el gusto: educar nuestros sentimientos para que sintonicen con las cosas bellas.
En dos intervenciones recientes, el Papa ha invitado nuevamente a reflexionar sobre el sentido de la belleza: El arte puede facilitar el encuentro del hombre con Dios.
Un drama original e inteligente. Para los que quieran contemplar a Mel Gibson en una interpretación magistral tratando sobre el tema de la depresión.
Con su agudo ingenio, Chesterton denunció las trampas a las que conduce abandonar el mejor criterio que puede seguir el hombre hacia su realización: el sentido común.
La violencia puede aportar catarsis, como en La Pasión de Mel Gibson. O puede ser el regodeo de una mente degenerada, como en “300”. El arte debe desvelar lo humano, y eso incluye los abismos del mal.