Jorge Sabag
Gonzalo Rojas Sánchez | viernes 17 de julio de 2009
La vida es un valor intransable y la voy a defender aunque me cueste la expulsión o el cupo parlamentario.
La vida es un valor intransable y la voy a defender aunque me cueste la expulsión o el cupo parlamentario.
Aclaración tras el artículo del arzobispo Fisichella sobre la “niña brasileña”: la doctrina sobre el aborto provocado no ha cambiado ni puede cambiar.
En nuestra cultura la pregunta sobre el sentido de la vida se pone entre paréntesis y la conciencia de ser mortales se reprime sistemáticamente.
Esta ira ha sido enorme, alcanzando extremos que sólo pueden explicarse por el apasionamiento extremo o la vulgar y silvestre zoncera.
La garante del derecho a la vida se obstina en ponerla en peligro. Esto es desacato. Grave. A la Constitución.
A los chilenos, enemigos de la objetividad y fanáticos del “más o menos”, nos desagrada llamar a las cosas por su nombre.
¿Es o no abortiva? Es ahí donde debe situarse el debate, pero aquellos que apoyan la píldora lo evaden olímpicamente.
Llamado a los políticos cristianos para que actúen sin tibiezas y fieles a sus principios, sin mirar si ellos los beneficia o perjudica en las encuestas electorales… Tenemos la obligación de defender el derecho más sagrado que es el derecho a la vida. De ese derecho nace la libertad. No hay libertad si primero no hay vida.
La lógica parece aplastante. Si una joven de 16 años puede «ponerse tetas», ¿por qué no permitirle abortar?
No sabemos si Piñera pensó o no lo que dijo primero y lo que dijo después: que hay que distribuir la píldora, que hay que legalizar su distribución. Si no lo pensó, no debe llegar a gobernar, por frívolo. Si lo pensó, no debe llegar a gobernar, por inconsecuente.