Alejandro Llano o la vigencia del humanismo
José Tomás Hargous Fuentes | Sección: Arte y Cultura
La semana pasada falleció un filósofo y rector. Esas dos palabras pueden definir muy bien a Alejandro Llano Cifuentes (1943-2024), académico de la Universidad de Navarra. Uno puede preguntarse cómo un filósofo puede ser rector, cómo alguien preocupado de las cosas inútiles puede ocuparse del gobierno de una institución. Paradójicamente, no hay nadie mejor que un filósofo –o un humanista– para asumir el timón de una institución universitaria. Incluso en épocas como la actual, en que tenemos desafíos tecnológicos de envergadura.
Es justamente en momentos como éste, en que tendemos a olvidar los fundamentos de nuestra actividad es que necesitamos el revoloteo de las avispas, analogía que usaba Sócrates para explicar la función del filósofo. Con independencia de si les encontramos razón en todo o en algunas cosas, los filósofos tienen la misión de iluminar, de informar, con su auctoritas, el pensamiento de la sociedad, llamando la atención para que se vuelva a poner el foco en lo importante y en lo trascendente, y no sólo en lo urgente o en lo útil.
Los clásicos consideraban a la filosofía como la ciencia de la totalidad de las cosas, y a la filosofía política como la rectora o coordinadora de las ciencias prácticas. El profesor Llano cultivó ambas: por un lado, sería catedrático de Metafísica; por otro, fue un gran promotor de lo que él llamó humanismo cívico. Como decano de la Facultad de Filosofía y Letras y como rector de la Universitas Studiorum Navarrensis se encargaría de crear y potenciar diversas iniciativas destinadas a poner en el centro de la actividad universitaria la reflexión propia de las humanidades.
En sus palabras en su Toma de Posesión como rector magnífico resumió muy bien la misión de la Universidad: “la elaboración de una nueva síntesis de los saberes, la formación armónica de los estudiantes y el servicio a su entorno social. Tales finalidades presentan ahora, en el claroscuro de este fin de siglo, una renovada actualidad. Hoy es necesario y posible intentar que el humanismo de raíz clásica se dé la mano con la ciencia más avanzada y con la tecnología de vanguardia. Cabe empeñarse en la formación de profesionales que sean eficaces, precisamente porque tienen una visión unitaria y global de la realidad, porque son personas cultas. Mientras que servir a la sociedad no equivale a sucumbir ante las rutinas del pragmatismo, sino que implica la audaz anticipación de un futuro más justo”.
Como decano (1981-1989), sería uno de los fundadores del Seminario Permanente Empresa y Humanismo (1986), el que al término de su período como rector (1995-1996) se convertiría en Instituto. Allí, junto a los también filósofos Rafael Alvira y Leonardo Polo, ingenieros como Juan Antonio Pérez López, y empresarios como Enrique de Sendagorta o Tomás Calleja, promoverían el humanismo empresarial, que no es un oxímoron, sino que una tarea necesaria y aún incompleta: que el buen gobierno de las organizaciones se fundamente en una reflexión humanística. También fue presidente del Instituto de Antropología y Ética para dar formación general a los alumnos de pregrado.
Para Llano, el humanismo empresarial era parte de lo que él llamaba humanismo cívico, en sus palabras, “Al consistir en una indagación de filosofía práctica, no permanece en la región de lo puramente doctrinal, sino que se compromete con orientaciones y proyectos que implican tendencialmente cambios radicales en los planteamientos de la cosa pública, sobre la base de una activación de la conciencia ciudadana”. Alejandro Llano expresa en carne propia las reflexiones que abordamos en nuestra columna anterior. El profesor Llano dedicó su vida a la formación humanística, no como erudición, sino para tener criterio y así decidir mejor. Su ejemplo debe inspirarnos para que el humanismo siga vigente.




