4-S, un año después
José Tomás Hargous Fuentes | Sección: Historia, Política, Sociedad

Esta semana se cumple un año de aquella histórica gesta en que el pueblo chileno, libremente organizado, rechazó un proyecto de nueva Constitución que sin exagerar podría ser calificado como totalitario. Si recordáramos en estas líneas la esencia de dicha propuesta, y cómo se expresaba concretamente en sus normas, terminaríamos espantados. Mi intención en esta columna es distinta: recordar aquella histórica jornada en que se le dijo que no al octubrismo.
De quienes encabezaron el proceso se podrían sostener muchas cosas. Partiendo, una ceguera y una soberbia intelectual y política de pensar que las mayorías son estáticas y que el “clima revolucionario” iniciado en octubre de 2019 se mantendría ¡tres años después!, pandemia mediante. Ese día, como un golpe en la cara, se dieron cuenta de que “Chile despertó”, pero de la pesadilla octubrista. Estaba claro que los chilenos querían reformas –y que parte de ellas pasaban por una enmienda constitucional–, pero no estaban dispuestos a hacer de nuevo al país que tanto quieren.
Justamente, en una columna anterior mostramos en qué medida el proyecto octubrista no se oponía sólo a “los treinta años”, sino que a “los doscientos” o, incluso, a “los quinientos”. Frente a ese espíritu revolucionario es que el pueblo chileno se alzó. Al margen de los partidos políticos, la sociedad civil organizada reclamó lo que era suyo, lo que en justicia le correspondía, porque había trabajado duramente por ello por cientos de años de construcción de la nación chilena.
La unidad nacional, el presidencialismo fuerte e impersonal, un Congreso bisecular, una valoración tanto del orden como del progreso, en fin, la fortaleza de instituciones construidas con esmero pensando en “el contrato social de los vivos, los muertos y los que han de nacer”, en palabras de Edmund Burke. No sólo la calidad de sus instituciones, sino que el “reformismo en continuidad” antes y después de 1810, sería lo que haría a Chile un país distinto a su vecindario.
El 4 de septiembre pasado no sólo fue un llamado de atención al octubrismo, el frenesí revolucionario, sino que al noviembrismo, es decir, la obsesión reformista. Como bien sostenía Juan Ignacio Brito –antes de conocer el resultado del plebiscito–, el noviembrismo se sostenía en un error de lectura de los hechos de octubre de 2019: “la realidad es más compleja: el Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución no rescató a Chile, sino que lo metió en un lío del que tardará años en salir […]”.
En una línea similar, decíamos en otra ocasión que la (centro)derecha “ha errado en el diagnóstico: que el éxito del proceso radica en aprobar una nueva Constitución”, al contrario, “es mucho más importante una carta magna que nos una que el hecho de que sea nueva”. Un año después, pareciera que la desmembrada coalición de derecha no aprendió la lección dada por el plebiscito y la elección de consejeros, que nos hicieron pasar del citado “clima revolucionario” a un “momento contrarrevolucionario”.
En un mes no sólo marcado por el primer aniversario de la derrota del octubrismo, sino que de las cinco décadas del golpe de 1973 y los 53 años de la elección de Salvador Allende, bien haríamos en reflexionar no sólo sobre la historia, sino sobre los últimos años de la política nacional, para comprender adecuadamente los desafíos que tiene la Patria en la hora presente, y no seguir insistiendo con tácticas ya probadas y que han dado muestra del desacople de la voluntad de los partidos con la verdadera intención de los votantes y la Constitución histórica de Chile. No tropecemos con la misma piedra.




