El dopaje de género
Ignacio Aréchaga | viernes 18 de marzo de 2016
No deja de ser paradójico que lo mismo que se prohíbe para garantizar la verdad de la competición, se permita para trastocar la realidad del sexo biológico.
No deja de ser paradójico que lo mismo que se prohíbe para garantizar la verdad de la competición, se permita para trastocar la realidad del sexo biológico.
No se puede educar a granel, al por mayor, en general; solo se puede educar en la intimidad: de persona a persona. De la primera forma se adiestra, pero para educar hace falta una conexión personal.
El caso pone a la luz los daños que se pueden ocasionar a la persona humana con motivo de la investigación, cuando ella no es respetada en su dignidad.
La estrategia argumental de Carlos Peña para legitimar el aborto es persuasiva, pero no novedosa. Los liberales la emplean cada vez que desean que la ley no respalde valores morales que ellos no comparten. Transforman esa conducta en algo loable pero demasiado bueno como para exigírselo jurídicamente al simple ciudadano.
El embarazo es una manifestación palpable de que el ser humano no es un ente autónomo que puede determinar totalmente su existencia sino que nace, vive y se constituye dependiendo de otros.
Ya sabemos que cuando los políticos esconden la cabeza, son luego los jueces los encargados de tomar las decisiones relevantes: en rigor, el debate solo se traslada desde la política a la judicatura.
Y usted, que pide mano dura pero mira para el lado cuando procesan a un carabinero, ¿también opina que hay que pasarle el bulto a un conscripto, declarando un estado de excepción?
Como era de esperar, el proyecto de ley de aborto ha dado un paso más en el Congreso, con lo cual dentro de poco, el útero materno podría ser el lugar más peligroso para vivir.
Peña argumenta sofísticamente, al estilo contractualista de Glaucón. Y asume el papel de una suerte de Herodes criollo que no sólo aboga por el asesinato de los inocentes, sino por el de los propios hijos.
Como toda categoría de razonamiento moral, la ética de la empresa no es una ciencia consistente en provocar preguntas que no tengan respuestas fáciles, sino un arte en el que uno triunfa por el ejemplo.