Al fin llegamos al aula
Pedro Gandolfo | viernes 2 de septiembre de 2016
El contenido y la metodología de enseñanza, el qué y el cómo educaremos a las generaciones futuras, no pueden ser resueltos por una unidad burocrática del Mineduc.
El contenido y la metodología de enseñanza, el qué y el cómo educaremos a las generaciones futuras, no pueden ser resueltos por una unidad burocrática del Mineduc.
¿Hasta qué punto nos someteremos al arbitrio de la simple subjetividad? ¿Cómo podemos salir al encuentro del otro sin la mínima disposición a dar razones de la propia interioridad?
¿Se trata de una motivación político-populista-oportunista, o de introducir una ideología profunda, en que flora y fauna no estarían al servicio sustentable del hombre, sino que al mismo nivel?
Somos la primera generación de seres humanos que, cuando asistimos por primera vez a un portento, estamos en realidad viviendo una experiencia de segunda mano.
El populismo, como la violencia, se sabe dónde comienza, pero no dónde termina. Cual espiral viciosa, va envenenando un país, al incitar el descontento por lo que sea y a la vez, ilusionar con promesas irrealizables.
No hay ninguna razón para pensar que el Estado, por una parte muy politizado, por otra, incapaz de cumplir funciones básicas como controlar la delincuencia, sería un buen administrador de fondos de pensiones.
El problema no está en la voluntarista e imposible “humanización” de los animales, sino en la tendencia paralela que necesariamente la acompaña: la animalización de los humanos.
La discusión sobre una nueva Carta Magna es un artificio, creado para esquivar los problemas de fondo, haciéndonos creer en fórmulas mágicas capaces de obrar milagros.
Si no queremos vivir sintiéndonos defraudados y criando hijos malagradecidos es hora de que les demos más responsabilidades, menos privilegios y bastantes exigencias.
El mal ejemplo cunde, fascina, lo anormal se puede ir convirtiendo en deseable primero, luego en moralmente neutro y finalmente en normal. “Lo hacen todos”, ese es el lema.