Remedios maltratadores
Juan Manuel de Prada | sábado 2 de diciembre de 2017
Los seres viles se afanan por imponer su voluntad y su deseo; los seres nobles se esfuerzan por cumplir con su deber, por aprender a donarse, por dejar de pertenecerse.
Los seres viles se afanan por imponer su voluntad y su deseo; los seres nobles se esfuerzan por cumplir con su deber, por aprender a donarse, por dejar de pertenecerse.
Parece algo ingenuo pensar que, imbuidos en un ambiente hipererotizado, ello no pueda tener efectos en la conducta de quienes se alimentan, más aún, viven dentro del mismo, lo quieran o no.
No hace falta estar de acuerdo con las ideas de Yiannopoulos –ni con las de Butler– para defender su derecho a expresarlas. Tampoco puede considerarse un caso particular y extremo.
En la sede de los derechos fundamentales, a menudo consideramos que son capaces de cristalizarse nuestras esperanzas de mayor igualdad, más progreso y más justicia.
Grave situación enfrenta Chile debido a que algunos políticos quieren normalizar un conflicto de identidad sexual, creyendo que la solución es la extirpación quirúrgica de los genitales de quien lo solicita.
Hay otra manera de pensar en la libertad, o en los derechos, que es más profunda, útil y prometedora. La libertad es, además de un derecho, una oportunidad.
Bucólicos, los frenteamplistas sabrán seguir jugando a conquistar las sensibilidades; graves y sesudos (los anteojos de Camila) los comunistas apelan a la fría razón.
El resultado es uno: la muerte. La misma muerte que, amparada en “libertades” y “derechos”, va incansable de un salón a otro en las clínicas abortistas, haciendo su trabajo.
Sinceridad e hipocresía no son en nuestra época extremos opuestos, sino dos caras de la misma moneda, dos falsificaciones cosméticas de la verdad.
El reclamante no se ve como una persona “sin género”, sino que se percibe a sí mismo como perteneciendo a un género que “va más allá” de lo masculino o femenino.