El aborto, la mayor tragedia de nuestros días
P. Juan Moya | viernes 7 de junio de 2013
Es necesario reconocer que no somos dueños de la vida, sino administradores y que hemos de respetarla y protegerla en todos los momentos de su existencia.
Es necesario reconocer que no somos dueños de la vida, sino administradores y que hemos de respetarla y protegerla en todos los momentos de su existencia.
Esta pintura sirve para recordarnos que no es cierto aquello de que los seres humanos no tenemos elección, que no somos libres y que vivimos en una cáscara flotante a la deriva hacia los abismos de la nada.
El salir de sí al encuentro del otro se resuelve en cercanía, en actitudes de proximidad. Nuestra mirada siempre tiene que ser salidora y cercana. No autorreferencial sino trascendente.
El aborto es el resultado de un plan de marketing a gran escala para moldear nuestras conciencias. Los servidores de la Cultura de la Muerte conocen muy bien las técnicas de manipulación y control de masas.
De revolucionaria, marxista y feminista, a conversa católica. La figura de su abuelo católico y de la Virgen, cuando peligraba su vida, la hicieron dejar de promover el aborto en la ONU y ser pro-vida.
El Papa Francisco ha puesto el foco sobre el novelista al que era aficionado Pablo VI, que supo plasmar el espíritu de una sociedad que había hecho tabla rasa de toda la cultura anterior a la Revolución Francesa.
Asoma la espiritualidad ignaciana en el Papa Francisco: “Con el príncipe de este mundo no se puede dialogar”; es imposible el entendimiento con quien sólo busca nuestra perdición.
Si la Iglesia viene de Dios, lo lógico no es pedirle que cambie, sino que somos nosotros los que tenemos que acoger lo que ella nos transmite como enseñanzas y como mandatos de Cristo.
Los criterios fundamentales que marcan la diferencia entre lo que significa una secta y una religión son la juridicidad, la racionalidad y la libertad, sin estos elementos una religión es en realidad una secta.
La humildad es una virtud rara, muy rara, incluso entre la milicia benedictina. De hecho, es fácil confundirla con el pauperismo y la cobardía.