Desacreditar sin base
Axel Buchheister | viernes 13 de mayo de 2016
Descalificar cuando ni siquiera se conoce el texto del fallo y las razones que tuvo el TC para acoger el requerimiento es una forma poco académica de argumentar.
Descalificar cuando ni siquiera se conoce el texto del fallo y las razones que tuvo el TC para acoger el requerimiento es una forma poco académica de argumentar.
Al igual que en España, la derecha ha de abandonar esa posición arbitral que la vacía de significados ideológicos, para participar en el debate con sus propios recursos, con sus valores específicos.
El Gobierno se empecina en sacar adelante reformas, leyes y proyectos que en realidad a nadie benefician, y hace oídos sordos a los principales y verdaderos problemas y necesidades de la población.
En los borradores que el Ministerio de Educación ha enviado a los rectores universitarios para que comenten las bases de la iniciativa gubernamental, hay dos principios, transparencia y participación, que han pasado algo inadvertidos en su gravedad.
Cuando los diputados y senadores se convierten en actores vociferantes y la política en un “reality show” de trasnoche, es señal de que el país pierde no solo sus formas, sino su forma, su fisonomía.
Éste parece ser un país dirigido por sonámbulos. Unos están programados por la ideología y la obsesión por el poder; otros viven en una realidad paralela o están invadidos por un derrotismo.
La impunidad se incrementa al fomentar insistentemente la cultura de los derechos, pero sin hablar de las responsabilidades y deberes: cada vez más exista menos respeto por nadie ni por nada.
Basta mirar la cercana realidad latinoamericana reciente y alguna etapa del pasado de la patria para darse cuenta de que lo aquí expuesto no tiene viso alguno de exageración.
Debemos regresar al espacio público, a la arena política, al conflicto social, a la tierra en la que el cristianismo, durante veinte siglos, no ha dejado de dar la voz de alarma justa, la palabra adecuada de consuelo.
Chile no es un país legalista –como se suele decir– sino “ilegalista”: se aprobó una ley de primarias y todo se hace para que no tenga ningún efecto.