La gran decepción
Joaquín García-Huidobro | Sección: Historia, Política, Sociedad
“Te voy a decepcionar/ te voy a herir”. Nuestras AFP podrían cantar en estos días lo mismo que Johnny Cash.
Ellas han sido, por años, el símbolo del modelo. Los sistemas previsionales de todo el mundo están quebrados y todo el mundo sabe que, con la baja de la natalidad, están echando sobre los hombros de las nuevas generaciones una carga imposible de llevar. Nuestras AFP, en cambio, permiten que cada palo aguante su vela y, en ese aspecto, son más compasivas con los que vienen que los sistemas de reparto.
Además, como acumulan unos capitales gigantescos, sus inversiones han sido en estos años un poderoso motor para la economía.
Es verdad que existe el movimiento “No+AFP”, pero, aparte de que sus razones no parecen convincentes, el episodio de los retiros les mostró a los chilenos que ellos eran realmente dueños de su plata. De este modo, aunque el patrimonio de las administradoras resultó mermado, su prestigio salió fortalecido de ese asunto.
Así las cosas, durante estos años los expertos chilenos han recibido invitaciones para ir por todo el mundo a explicar este sistema que muchos quieren adoptar. Cuando algún crítico les decía que, a pesar de todo, nuestras pensiones eran bastante malas, ellos respiraban hondo y respondían con aire condescendiente:
“Nuestro sistema previsional es bueno, pero no milagroso. Él multiplica los fondos; sin embargo, si alguien no cotiza todos los meses no hay nada que hacer. Además, nuestras administradoras de pensiones nacieron en una época en que las expectativas de vida de los chilenos eran relativamente bajas; hoy, en cambio, superan a las de los estadounidenses. Se debió retrasar la edad de jubilación y subir el monto mensual de cotización, pero los políticos son irresponsables y nunca tomaron esas necesarias medidas que nosotros, los economistas, les indicábamos”. De esta manera, el público asentía y despedía al expositor con aplausos.
A veces aparecía una pregunta más incómoda: “Si el sistema es tan bueno, ¿por qué las AFP no se preocuparon de explicarlo, de modo que todos los chilenos estuvieran convencidos de su legitimidad?”. Aquí el expositor se complicaba un poco, pero al final también podía salir jugando si le volvía a echar la culpa a los políticos. Su respuesta para esa emergencia era: “La tarea de persuadir a los ciudadanos les corresponde a los gobernantes y parlamentarios, la de las AFP consiste en administrar nuestros fondos previsionales y eso lo han hecho bien”. Así salía del paso.
A lo largo de 45 años, nuestro sistema de pensiones parecía ser una muestra perfecta de la intuición que está detrás del capitalismo y su éxito. “No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de la que esperamos nuestra comida, sino de la consideración de su propio interés”, decía Adam Smith en La riqueza de las naciones. Si las administradoras buscan su interés y nosotros el nuestro, al final todos ganamos. Así, las principales interesadas en que nuestros fondos rindan serían las mismas AFP, de modo que no deberíamos preocuparnos.
Para quitarnos todo motivo de inquietud, las administradoras nos encuestaban para conocer nuestra aversión al riesgo y según ella realizaban sus inversiones. Y para que la seguridad fuera completa la propia ley intervenía y a partir de cierta edad nos quitaba la libertad para arriesgar y exigía que se pusieran todos nuestros ahorros previsionales en el más seguro de los fondos. El fondo E era el fondo aburrido.
Todo parecía muy bien hasta que hace unos días nos encontramos con la gran sorpresa, que vino de donde menos podíamos esperarlo. El fondo que no podía fallar tuvo pérdidas millonarias. Como consecuencia, Chile entero quedó en shock. Mejor dicho, casi todo Chile, porque hubo dos sectores que reaccionaron de inmediato. De una parte, el PC volvió a sacar sus banderas contrarias a las AFP. De otra, los liberales ortodoxos nos dicen que el problema fue creado, precisamente, por una regulación. En efecto, como la legislación castiga a las AFP que obtienen una rentabilidad que es un 2% inferior al promedio del resto, todas tienden a comportarse de la misma manera para evitar una sanción en caso de quedar descolgadas. Es el “efecto manada”.
¿Qué pasó? ¿Por qué las administradoras de pensiones desoyeron las reiteradas advertencias de las autoridades, que les decían que estaban tomando riesgos desproporcionados? ¿Hubo simplemente errores o también frivolidad en esas decisiones? ¿Qué papel habrán jugado los bonos que reciben los ejecutivos, que quizá han llevado a nublarles el juicio y no adoptar a tiempo las resoluciones adecuadas? ¿Conocían los directorios lo que estaba ocurriendo? Hasta ahora estas preguntas no han encontrado una respuesta adecuada.
Mientras tanto, el resto, es decir, nosotros, el común de los mortales, estamos heridos y decepcionados. Parece que no basta con que cada uno maximice su interés. Queremos que las AFP nos hablen de verdad, que no recurran a esos cuentagotas de información banal, y nos digan lo que queremos saber. Pedimos una explicación, aunque sea dolorosa, porque el problema de la legitimidad política de nuestro sistema de pensiones nos afecta a todos. También a quienes pensamos que la posibilidad de que nuestras jubilaciones vuelvan a depender del Estado es una muy mala idea.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio el domingo 25 de octubre de 2026.




