El costo de la mediocridad

Germán Gómez Veas | Sección: Arte y Cultura, Sociedad

Muchas organizaciones dedican importantes esfuerzos a promover discursos corporativos promoviendo valores como la excelencia, el compromiso y el respeto. Sin embargo, la verdadera cultura organizacional no se edita en manuales ni se sostiene en declaraciones de principios: se pone de manifiesto desde los actos cotidianos simples. Con todo, cuando el discurso directivo choca frontalmente con la desprolijidad de los hechos, tambalea la estructura entera de confianza. ¿Qué pensar de una institución cuando un directivo acuerda con su equipo un marco preciso para homenajear a los funcionarios con más años de servicio y, llegada la ceremonia, la actividad se ejecuta con desorden, arruinando la solemnidad del momento?

Lo primero que salta a la vista es que el caos en un acto de esta relevancia proyecta un desconcierto generalizado. En cuestión de minutos, la plana ejecutiva contempla cómo se desvanece un valioso patrimonio de credibilidad y confianza.

Ahora bien, ¿cómo explicar la falta de rigor y la ligereza profesional para ejecutar metas sencillas pero de alto impacto simbólico como el ejemplo mencionado? Lo cierto es que episodios como este abundan en diversos entornos y trasuntan un mismo padecimiento: la mediocridad. La desidia en los detalles no es un descuido inofensivo ni un mero problema logístico; es una manifestación de indolencia ética. Cuando quien lidera asume las tareas directivas con improvisación, transmite el peligroso mensaje de que el trabajo mal hecho es tolerable, minando el estándar de desempeño de toda la organización.

Es conveniente subrayar que la tolerancia a la mediocridad introduce costos ruinosos: el daño es devastador cuando proviene de la cúpula. Como bien planteaba José Ortega y Gasset en obras como La rebelión de las masas y El libro de las misiones, la mediocridad no estriba en la falta de aptitud, sino en la ausencia de autoexigencia: el mediocre se satisface con lo ambiguo y renuncia al deber de la excelencia. El filósofo contrapone el “hombre-masa” (satisfecho con lo mínimo) a la figura del “hombre selecto”, que es aquel profesional que busca superarse a través del rigor cotidiano.

Las organizaciones que prometen excelencia deben ser coherentes en su actuar diario y la mediocridad no puede ser una opción. Como enfatiza Santiago Álvarez de Mon, destacado académico del IESE, el trabajo bien hecho es la primera manifestación de respeto hacia la comunidad y la mayor fuente de autoridad moral en un líder.

Desde esta perspectiva, erradicar la cultura de la negligencia exige restaurar la solemnidad de los compromisos asumidos, por sencillos que parezcan. No se trata de exigir perfecciones imposibles, sino de cultivar un sentido de responsabilidad donde la prolijidad, el esmero y el respeto por el otro sean los pilares no negociables. En última instancia, las instituciones valen lo que valen sus estándares directivos. Si las jefaturas abdican del rigor en los actos simbólicos, no deben sorprenderse cuando el desencanto y la mediocridad terminen por instalarse en el corazón de toda la cultura organizacional.

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Prensa el viernes 23 de octubre 2026.