Por qué Milei nunca terminó de gustarnos

Álvaro Vergara | Sección: Política, Sociedad

En los últimos años surgió una derecha que confundió la defensa de convicciones y valores con el histrionismo. El payaseo, los gritos y las pachotadas, siempre desde una posición inamovible, generaron réditos en espacios que sobreviven por el escándalo en una sociedad morbosa.

La venta de consignas prefabricadas y de poses de “duro” y de “facho” tuvo tanto éxito que, en un momento, hasta conceptos que pudieron haber tenido cierta dignidad, como “batalla cultural”, terminaron convertidos en eslóganes para recibir donaciones de empresarios.

Era, más o menos, esperable. En el barrio latinoamericano, el chileno suele ubicarse dentro del grupo de bajo perfil. Nuestros conciudadanos, aunque no todos, están preocupados por satisfacer sus necesidades materiales básicas.

Octavio Paz intentó explicar, en El laberinto de la soledad, cuánto de la personalidad mexicana provenía de las heridas de la colonia. Este carácter fue el fruto de la mezcla entre el indígena sujeto a los encomenderos y el español que fue pisoteado en su propia patria hasta que salió a buscar oro por el mundo.

Sin trasladar su tesis por completo a Chile, algo parecido podría preguntarse sobre nuestra personalidad. El chileno se moldeó en un proceso similar: pica carbón, planta semillas o va a la oficina para traer pan a la mesa y gas a la cocina. Sueña con mejorar las cosas, pero su vida rutinaria y pacífica le agrada, y mucho.

Parte de la nueva derecha, fundada en este histrionismo y en el diseño de la new right gringa (con gorros de campaña trumpistas, estrategias digitales a lo Steve Bannon y mucho flood the zone), estaba construida en una especie de contradicción: pretendía representar al pueblo mediante fórmulas importadas desde el país del norte que fueron replicadas en comunas periféricas.

La estrategia funcionó cuando se mezcló con la demanda por seguridad y economía (las dos preocupaciones más urgentes), pero no por su propio valor. El histrionismo, dicho de otro modo, se colgó de las demandas.

Por los motivos anteriores, figuras como Javier Milei nunca terminaron de convencer en nuestro país. Son atractivas y, al mismo tiempo, miradas con desconfianza. Aunque algunos puedan reivindicar su manejo económico (que aún está en juego) y su capacidad para aprobar proyectos de ley con minorías legislativas, probablemente solo a una minoría ideologizada le entusiasme su estilo frontal y barbárico.

A pocos les agradan los garabatos y las obscenidades en el almuerzo, y menos todavía cuando se trasladan a los espacios institucionales.

No sorprende, entonces, el poco apoyo que tuvieron sus declaraciones y su pobre análisis de lo ocurrido con Salvador Allende y el golpe de Estado en su charla del Foro Madrid en Santiago.

Más allá de las diatribas de ese momento complejo, al chileno le gusta criticar él (y solo él) a sus autoridades. Pese a sus dotes de cahuinero, es mal mirado que alguien despotrique contra el país afuera y en público.

Ese exceso verbal, común en la derecha histriónica a nivel internacional, es lo que ha llevado también a que ciertos sectores argentinos hayan usado el tema de la soberanía para levantar apoyos, controlar la agenda y sacar dividendos internos (al igual que Trump con Canadá). Es la jugada del enemigo externo, compartida por todos aquellos que reemplazaron su identidad por la new right con cara de dólar.

En esa línea, el presidente Kast ha podido alejarse de estas formas, como corresponde a un jefe de Estado. Kast, en efecto, está lejos de ser Milei: es más sofisticado, institucional y republicano. Poseen algunas causas comunes, como la lucha contra el avance cultural del progresismo. Pero difieren en su propio ethos y en su estilo: nuestro presidente convencería poco si saliera a decir “zurdos mugrosos”, porque es empaquetado y respetuoso de las formas. Su ascendencia alemana se combina con el bajo perfil nacional y la mirada obediente de la ley.

Por otro lado, el presidente es cauto. Pese a los errores que pueda cometer a veces en sus declaraciones, tiene claro que sus dichos pueden dañar los pilares de un edificio delicado llamado República. La tradición de la UDI noventera moldeó su manera de hacer política, a diferencia de la nueva derecha que hemos descrito aquí.

Muchos de estos personajes observan cómo sus espacios y frases ya no rentan como antes. Pancho Orrego ahora aburre: saturó con su única tecla, y algunos de los diputados UDI y republicanos más conflictivos se han controlado.

Todo lo anterior puede ser positivo para el Presidente pues, aunque su coalición esté rodeada de sujetos que replican estrategias extranjeras, que se agote el rédito por llamar la atención puede hacer que cambien de estilo a la larga. Menos histrionismo, más seriedad.

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Ex-Ante el lunes 14 de septiembre de 2026.