Uno de los congresos nacionales de más larga duración de la historia

José Tomás Hargous Fuentes | Sección: Arte y Cultura, Historia, Política

El pasado 4 de julio se conmemoró un nuevo aniversario de una de las instituciones permanentes de la historia de Chile: el Congreso Nacional. Con una existencia prácticamente ininterrumpida entre 1811 y 1973, y desde 1990 a la fecha, durante 215 años el Congreso ha contribuido al desarrollo político e institucional del país desde los albores del Proceso de Emancipación. El Congreso chileno es realmente notable entre sus equivalentes. Por de pronto, es el de más larga trayectoria de Latinoamérica, superando a los parlamentos argentino, mexicano, peruano o colombiano, ninguno de los cuales superó las ocho décadas de desarrollo institucional ininterrumpido. Incluso, de bastante mayor estabilidad que el poder legislativo español desde la creación de las Cortes de Cádiz. Éste ha sido uno de los principales argumentos de la historiografía conservadora para explicar la excepcionalidad chilena, que incluso puede considerarse una razón más fuerte que la continuidad constitucional.

El Poder Legislativo chileno se encuentra entre los tres de mayor duración de todo el continente americano. El Congreso de los Estados Unidos, decano de América, con 237 años de vigencia ininterrumpida desde 1789, puede considerarse el cuarto de mayor duración de la historia, por debajo del Parlamento inglés y luego británico (731 años desde 1295 a la fecha), las Cortes de Castilla (604 años de vida entre 1230 y 1834) y el Gran y General Consejo de San Marino (426 años desde 1600 hasta la actualidad). Y el Parlamento de Canadá, tiene 159 años (1867 hasta hoy). Si bien el Congreso chileno estuvo 16 años y medio suspendido de sus funciones, hasta ese momento ostentaba la sorprendente cifra de ¡162 años! (1811-1973), que puede aumentarse a 198 si se considera el actual Congreso restaurado en 1990. 

Si uno ve el listado de los congresos más duraderos de la historia, los dos primeros –líderes indiscutidos– son de origen medieval –Inglaterra y España–, los dos siguientes son anteriores al siglo XIX, y la mayoría son de regímenes monárquicos. Si se consideran estrictamente los que fueron instituidos durante las revoluciones liberales o con posterioridad a ellas, el chileno se encuentra entre los diez más antiguos, con países como Estados Unidos, Noruega, Países Bajos y Bélgica con parlamentos de mayor antigüedad –nótese que entre ellos sólo Estados Unidos es una república–, a los que deben agregarse Islandia (181 años), Suiza (178 años), Luxemburgo (178 años) y Dinamarca (177 años) como los congresos de mayor duración, a continuación de los cuales viene nuestro Poder Legislativo.

De esta manera, el congreso chileno no sólo fue “el Parlamento de más larga vida del mundo hispánico” –posterior a 1810–, según Bernardino Bravo, sino que también uno de los de más larga trayectoria a nivel mundial. La estabilidad de nuestro parlamento fue tal que sobrevivió golpes de estado, revoluciones, guerras civiles, cambios de constitución e incluso de régimen de gobierno. Si bien hubo algunos momentos en que el Congreso fue cerrado, fueron de menor brevedad que un año. Sólo una crisis como la de 1973 pudo dar término a una historia casi bicentenaria. Por eso, puede decirse sin exageración que el Congreso es una de las instituciones permanentes de la historia de Chile, uno de los pilares de su estabilidad institucional y garante de su continuidad histórica con posterioridad a 1810, o incluso anterior a ella, dado que fue creado por mandato de la Junta de Gobierno, nacida para relevar a Fernando VII durante su cautiverio. Siguiendo al Premio Nacional, “la historiografía está en deuda con el Congreso chileno”. En el aniversario de su fundación, es bueno honrar su memoria.