La cuestión mapuche: ¿causa o problema?
Joaquín Muñoz López | Sección: Arte y Cultura, Historia, Política, Sociedad
Con motivo de un nuevo Día Nacional de los Pueblos Indígenas, es imposible dejar de reflexionar sobre el porqué de esta efeméride y sobre la “cuestión mapuche”, que es el principal ámbito de las relaciones del Estado chileno con un pueblo indígena.
Entre los muchos y variados “ismos” de moda, está el indigenismo. Su influencia logró que por ley se estableciera el “Día Nacional de los Pueblos Indígenas” y que, además, fuera un día feriado. El DS 158 del 24 de junio de 1998 lo instituyó, luego la Ley 21.357 del 17 de junio de 2021 declaró feriado legal el día del solsticio de invierno, que generalmente ocurre entre el 19 y el 22 de junio. Este acontecimiento astronómico marca el “Año Nuevo Indígena”, de ahí que se le haya elegido como festividad.
Hasta aquí todo bien en apariencia, ¿pero será así en la realidad? No, porque la mayor influencia que ha ejercido el indigenismo ha sido ilegítima. Se ha valido especialmente de la “violencia rural”, eufemismo usado para no hablar derechamente de “terrorismo”. La quema de casas, maquinaria, infraestructura productiva, escuelas, iglesias y postas; las tomas y explotación de predios, los robos, los cortes de caminos e, incluso, asesinatos conforman parte del listado de los actos terroristas que afectan por igual a particulares y a entidades públicas y a winkas y mapuches.
Que exista una cuestión mapuche no quiere decir necesariamente que exista una “causa mapuche”. Debido al tema pendiente de la posesión de la tierra y la pobreza crónica de la mayoría de las comunidades mapuches, es innegable la existencia de una cuestión mapuche, es
decir, ésta es un “problema”, que no es ajeno a otros chilenos –debemos recordar que los mapuches también son chilenos–.
Hablar de una causa mapuche es un error si tomamos el término tal como lo usan los grupos indigenistas radicalizados y revolucionarios. Estos grupos tienen como bandera de lucha el supuesto anhelo del pueblo mapuche de constituirse en una entidad independiente, distinta del Estado chileno. Sin embargo, este fenómeno es muy curioso, puesto que los mapuches nunca han conformado una entidad política propiamente tal. Sólo en teoría este planteamiento suena lógico, pero llevado a la práctica se cae a pedazos. Dicho de otro modo, mal podría un grupo humano desear independizarse del Estado en que vive si nunca ha sido una entidad política de verdad.
No obstante, la sociedad mapuche sí es una entidad cultural, lo que utiliza el indigenismo radical como pretexto para sus fines malsanos. El argumento es simple: si somos una entidad propiamente tal, debemos autogobernarnos. Pero este argumento esconde el hecho de que una entidad cultural no es lo mismo que una entidad política. Se trata de una postura voluntariosa e inventada. Prueba de esto son sus vínculos comprobados con las FARC y con el narcotráfico, o sea, “echar mano a lo que sea para alcanzar el objetivo”, aunque se aleje de la forma de vida que se dice defender. Lo que sucede es que este indigenismo representa otra herramienta de la deconstrucción neomarxista, cuyo fin es generar conflictos para poder imponer sus cambios al orden social.
Son muchas las muestras de que la etnia mapuche históricamente no ha ido al unísono en una dirección, más bien ha sido la diversidad la constante en su actuar. Partiendo por el “levo”, su mayor estructura social, que estaba conformado por entre 1.500 a 3.000 miembros y constituía una unidad política, pero hay que tener presente que la población original mapuche era de varios cientos de miles de individuos, es decir, el levo era una unidad política que atomizaba la sociedad mapuche (Al respecto, José Miguel Pozo Ruiz “El conflicto mapuche: mito o realidad”, p. 35).
Otro punto importantísimo es el nombre usado. Por ejemplo, el insigne abate Molina menciona en su “Compendio de Historia Civil del Reyno de Chile” (1787) a “copiapinos, coquimbanos, quillotanos, mapochinos, promaucaes, cures, cauques, pencones, araucanos, cuncos, chilotes, chiquillanos, pehuenches, puelches y güilliches”, cuando se refiere a los pueblos que habitaban Chile a la llegada de los españoles, no habla de mapuches, no porque ellos no existieran, simplemente porque el término no era conocido. Consta que los mapuches se hacían llamar “reches”, hasta la segunda mitad del s. XVIII, este término significa “gente verdadera” y pretendía marcar la diferencia entre los habitantes auténticos y los extranjeros. Luego, con la llegada de los españoles, los reches empezaron paulatinamente a autodenominarse “mapuches”, es decir, “gente de la tierra”, así denotaban su pertenencia a la tierra que habitaban. Fue el etnógrafo alemán Rodolfo Lenz quien impuso este término en la bibliografía etnográfica recién a fines del s. XIX (Al respecto, José Miguel Pozo Ruiz, “El conflicto mapuche: mito o realidad”, pp. 33 y 42). También se les llamaba “moluches” –gente del oeste– a los mapuches que vivían en la costa. El término “araucano” quedó finalmente para quienes vivían entre el Biobío y el Toltén, la provincia de Arauco, pero también se ha generalizado, lo han usado desde la Corporación Araucana a la Coordinadora Arauco-Malleco, es decir, el más amplio espectro político.
Otro ámbito medular en la cuestión mapuche es la posición política de esta etnia. Simplemente, no la hay, algo de suyo lógico si no existe una entidad política aglutinante. Lo más curioso e ilustrativo sobre la supuesta causa mapuche es que los sectores de derecha son los más contrarios a ésta y, no obstante, son los más votados en La Araucanía, especialmente en las comunas con mayor porcentaje de población indígena, por ello, no sorprendió que la Junta General de Loncos y Caciques de Nueva Imperial nombrara al presidente Pinochet “Ulmen Futa Lonco” (Jefe Máximo o Gran Autoridad) el 20 de febrero de 1989, reconocimiento que hasta la fecha sólo se ha otorgado esa única vez. Siguiendo con la posición política, cabe mencionar que desde siempre las comunidades mapuches han tenido diferentes posturas, así, por ejemplo, durante la Colonia algunas pactaban la paz con la Corona y otras no. Esto trajo como consecuencia que, durante la Guerra de la Independencia, hubiera una división entre los mapuches, pues, quienes pactaron con la Corona fueron leales a ésta y quienes no, estuvieron con el bando patriota. Muy pocos fueron neutrales.
También está el tema de la representatividad de quienes se autodesignan representantes de la causa mapuche. En la actualidad, los principales grupos que han optado por la vía armada son: Coordinadora Arauco-Malleco (CAM), Weichan Auka Mapu (WAM), Resistencia Mapuche Lafkenche (RML) y Resistencia Mapuche Malleco (RMM); sólo cuatro organizaciones frente a cerca de 1.500 comunidades, cifra verificada por la Comisión Presidencial para la Paz y Entendimiento, creada en junio de 2023 por el presidente Boric. Vale decir, que de representativas dichas agrupaciones no tienen nada o casi nada; además, la mayor parte de los mapuches vive en la Región Metropolitana.
Junto con lo anterior, está presente saber cuántos son los mapuches. Aunque los censos son exactos al dar una cifra, ésta no necesariamente es la correcta, pues, se pregunta a los encuestados si se consideran pertenecientes a una etnia en particular, no si son de una etnia determinada. La pregunta deja espacio para que cualquiera se considere mapuche y haga aumentar la población artificialmente. El censo de 2017 arrojó la cifra de 1.754.147 personas que se consideran mapuches, cifra concordante con la de los censos anteriores. Tal vez la cifra real sea la mitad (al respecto, Alejandro Saavedra Peláez, “Notas sobre la población Mapuche actual”, Revista Austral de Ciencias Sociales N°4, 2000).
Con lo ya expuesto, queda más que claro que no existe una entidad política mapuche, ni menos aun un deseo generalizado de una aventura independentista o separatista. Lo que hay es una gran pobreza como lo muestran las estadísticas. La Araucanía es la única región que no avanza o, cuando mucho, la que menos avanza. En los sectores rurales, la situación es peor debido al terrorismo que impide o dificulta todas las actividades productivas e incluso la prestación de servicios básicos, lo que redunda en un círculo vicioso de pobreza que genera más pobreza por la falta de oportunidades e inversión. La población mapuche ha optado por trabajar decentemente, por esforzarse y aprovechar las diversas instancias públicas creadas para tal efecto, como lo hace cualquier chileno de bien, pero debe enfrentarse muchas veces con el terrorismo y con los prejuicios que éste ha ido sembrando. Desgraciadamente, ya muchos hablan de “mapuches y chilenos”, como si los mapuches no fueran y no se sintieran chilenos en su inmensa mayoría.
Al abordar el tema con seriedad, uno se percata de que la cuestión mapuche no es una causa, es un problema y se llama pobreza.




