El Presidente de la República 1826-2026

Alejandro San Francisco | Sección: Historia, Política

Este miércoles 8 de julio se han cumplido 200 años desde la creación del cargo de Presidente de la República. Un aspecto clave de esas primeras décadas del siglo XIX fue la búsqueda de caminos y la formación de instituciones, para permitir dar vida a un gobierno republicano que contribuyera al progreso de Chile a través de un sistema de gobierno libre y con participación de la ciudadanía.

No debe llamarnos la atención la aparente paradoja de que Chile haya vivido en aquella época un tiempo de anarquía mezclado con el progreso institucional. Es verdad que el país vivió años de inestabilidad, cambios repetidos de Constituciones y caídas de gobiernos fuera de los plazos establecidos, además de una continua presencia militar en las definiciones políticos. Pero paralelamente existió “aprendizaje político”, como ha señalado Julio Heise, y una de sus manifestaciones fue el desarrollo de ciertas instituciones, como el Congreso bicameral, los tribunales de justicia y, por cierto, la Presidencia de la República. Contra lo que algunos pudieran pensar –más desde la ilusión que del realismo–, no es fácil dar vida a una república, como tampoco lo es crear instituciones duraderas. Pese a ello, en años de contradicciones y en medio de un proceso federalista fallido, surgió una institución que esta semana ha cumplido 200 años de vida.

En una visión tradicional de la trayectoria de Chile republicano, Alberto Edwards distingue tres etapas relevantes: de 1831 a 1861, con una clara supremacía del Presidente de la República sobre el Congreso Nacional, luego una etapa de equilibrio y disputas entre el Presidente y los partidos que actuaban en el Congreso entre 1861 y 1891, y finalmente la etapa de dominio de los partidos durante el parlamentarismo chileno, con un Presidente sin mayor poder de acción. En la práctica, todo ello ilustra que, bajo una misma carta fundamental, la Constitución de 1833, la institución Presidente de la República podía experimentar diversas interpretaciones y modos de funcionamiento.

Con todo, de esa primera época republicana viene el prestigio de la Presidencia de la República, de su majestad, mayor poder y capacidad de conducir al país por la ruta del orden y el progreso, como dos grandes bienes anhelados por el republicanismo chileno. Es probable que también haya heredado parte de imagen y simbolismo de la monarquía, aunque en un nuevo esquema de organización. Pese a ello, muchos percibieron que sus excesivos poderes no respondían a la lógica de un sistema republicano, sino que podría ser una dictadura disfrazada o un autoritarismo casi monárquico. La lucha por disminuir sus poderes, que dio paso al parlamentarismo, se explica precisamente por la libertad política, electoral y el deseo de avanzar en un camino diferente.

El Presidente de la República tiene gran relevancia en la institucionalidad chilena y también en la trayectoria política del país. Las Constituciones de 1833, 1925 y 1980 han definido la misma línea de acción: el Presidente de la República administra el Estado y es el jefe supremo de la nación. Puede nombrar y remover a voluntad a los ministros de Estado y dirige las relaciones internacionales. Además de las facultades propias, tenía otros atributos, que eran tanto legales como simbólicos, políticos e incluso espirituales. En la práctica, el Presidente se transformó en el eje político de la república.

Se pueden hacer muchos análisis sobre los gobernantes. Hubo varios presidentes que lideraron el país en dos ocasiones: Joaquín Prieto, Manuel Bulnes, Manuel Montt y José Joaquín Pérez, todos los cuales gobernaron dos periodos consecutivos de cinco años cada uno, dando vida a los decenios. En otras coyunturas, en el siglo XX dirigieron los destinos de Chile en dos oportunidades cada uno Arturo Alessandri Palma y Carlos Ibáñez del Campo, los “caudillos” en la tipología de Mario Góngora. En este siglo XXI han tenido igual honor Michelle Bachelet y Sebastián Piñera.

En otro plano, ha habido casos en que padre e hijo han ocupado la Primera Magistratura del país. Fueron los casos de Francisco Antonio Pinto y Aníbal Pinto; Federico Errázuriz Zañartu y Federico Errázuriz Echaurren; Arturo Alessandri Palma y Jorge Alessandri; Eduardo Frei Montalva y Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Hubo presidentes que murieron durante el ejercicio de su cargo, como fueron los casos de Federico Errázuriz E. (falleció en 1901, poco antes de terminar su mandato); Pedro Montt, quien murió el año del Centenario; los radicales Pedro Aguirre Cerda y Juan Antonio Ríos, y por cierto el socialista Salvador Allende, derrocado el 11 de septiembre de 1973, y que luego se suicidó (como antes lo había hecho José Manuel Balmaceda en 1891, tras culminar su periodo constitucional).

Casi todos los gobernantes han sido civiles, aunque ha habido importantes uniformados que han dirigido los destinos del país, muchos de ellos surgidos después de una crisis institucional, como Joaquín Prieto (después de la guerra civil de 1829), Jorge Montt (tras su victoria en la guerra civil de 1891), Carlos Ibáñez (producto de los golpes militares de 1924 y 1925) y Augusto Pinochet (tras el 11 de septiembre de 1973), a los que se puede sumar Manuel Bulnes, el vencedor de la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana. Ha habido gobernantes casi octogenarios, como Ramón Barros Luco y Carlos Ibáñez en su segunda administración, y otros tan jóvenes como Gabriel Boric, que asumió con 36 años la jefatura del Estado. Han gobernado presidentes de las más diversas colectividades, no siempre del partido que en su minuto fuera el mayoritario. Han existido sorpresas y la mayoría de las veces no es previsible quién gobernaría solo unos años más tarde. Muchos líderes llegaron a La Moneda después de perseverantes candidaturas (como ilustran los casos de Ibáñez, Allende, Piñera y Kast, por ejemplo). Algunos gobernantes han escrito sus memorias: en el último siglo destacan Arturo Alessandri, Gabriel González Videla, Eduardo Frei Montalva, Augusto Pinochet, Patricio Aylwin y Ricardo Lagos, aunque otros han hecho algo parecido a través de entrevistas acerca de su vida. En fin, podrían buscarse muchas características, anécdotas y perfiles de los presidentes de la República en estos dos siglos de vida republicana.

Pese a su relevancia y primacía en el sistema político chileno, para los gobernantes ha sido muy difícil dar continuidad a su presencia en La Moneda. En el último siglo la discontinuidad ha sido la regla y la repetición de gobernantes del mismo sector o partido ha sido la excepción. Entre 1932 y 1973, con ocho presidentes, solo los radicales pudieron elegir a alguien de sus filas como sucesores, como ocurrió con Aguirre Cerda, Ríos y González Videla. En las últimas décadas eso solo fue posible para los gobernantes de la Concertación: los democratacristianos Patricio Aylwin y Eduardo Frei R-T, y los socialistas Ricardo Lagos y Michelle Bachelet (en cualquier caso, los cuatro fueron miembros de la Concertación de Partidos por la Democracia).

Un último comentario. En La Moneda, los gobernantes combinan dos atributos: primero, lo que serían las características personales del líder, como su oratoria, estudios, perfil intelectual o práctico, su trayectoria, países donde ha vivido, si es soltero o casado, con o sin hijos, creyente o no y tantas cosas más. Pero hay un segundo aspecto muy relevante: es la majestad del cargo, es lo que implica ser Presidente de la República, el carácter que imprime dicha responsabilidad y el sentido que tiene dentro de la institucionalidad chilena. Al Presidente se le respeta por su cargo, por el sentido republicano de su responsabilidad, por la institución que representa y porque en muchos aspectos es un símbolo de unidad. Entre otras cosas por eso ha sido tan valiosa la convocatoria que ha hecho el Presidente José Antonio Kast a los distintos gobernantes para conmemorar los doscientos años de la institución, y la foto que incluía al propio Kast y a los presidentes Gabriel Boric y Eduardo Frei es sin duda una buena noticia, como lo fue en su momento esa foto en que estuvieron los presidentes Frei, Aylwin, Lagos, Bachelet y Piñera, en el año del bicentenario con banderas chilenas al viento. Todo ello no resta la posibilidad y el deber de discrepar, ni disminuye la legitimidad de la oposición y la posibilidad de ponderar con justicia los méritos y defectos de una administración.

Han pasado doscientos años y eso es toda una historia para una institución como la Presidencia de la República. Para la mayoría de los chilenos del presente, más que la historia, eso ha sido parte de sus vidas y han podido sufragar, celebrar o lamentar los resultados en las elecciones. Para muchos, será parte de las definiciones futuras y de la evolución de nuestra democracia.

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Líbero el domingo 12 de julio de 2026.