La política de las organizaciones estudiantiles
Alejandro San Francisco | Sección: Educación, Política, Sociedad
Una de las ideas más discutidas en la acción pública chilena es la labor de los movimientos sociales. Suele señalarse que, ellos de alguna manera, representan la voluntad de la sociedad, lo que quiere “el pueblo”.
Todo esto tiene algo de cierto, aunque en realidad su tarea primaria es representar las ideas e intereses de un grupo específico de la sociedad: un gremio, un sindicato, una universidad, un conjunto de empresarios, los estudiantes u otras instituciones que tengan alguna relevancia pública. Sin embargo, de ninguna manera reemplazan lo que es el pueblo, que en la democracia lo expresa –aunque no sea la única fórmula– la ciudadanía formalmente y de manera pública, secreta e informada, en los procesos electorales a nivel municipal parlamentario o para elección de Presidente de la República.
La pregunta que debemos hacer es si los movimientos sociales son eso y nada más que eso –es decir, organizaciones de la sociedad civil con fines propios acotados– o bien representan alguna cuestión más amplia, por ejemplo, una posición política, una convicción ideológica o alguna definición coyuntural en un momento determinado de la historia de Chile.
Si miramos hacia atrás, es claro lo que ha ocurrido en el pasado: por ejemplo, no es otra cosa lo que representó el nacimiento de la Central Única de Trabajadores (CUT) en 1953, cuando la organización se definió en un doble sentido por un lado para defender los derechos de los trabajadores, lo que es obvio dentro de su definición programática y organizativa pero también era para luchar por la transformación radical de la sociedad, para la construcción del socialismo, lo que claramente era una definición de carácter político.
Se podría decir que no hay separaciones radicales entre ambas cosas, con lo cual habría que decir algo de inmediato: siempre que hay un movimiento social organizado, con propuestas y con luchas, hay también potencialmente un movimiento político. Hay circunstancias que son coyunturales: por ejemplo, la lucha contra la Unidad Popular la dieron algún minuto los camioneros, en otro momento los estudiantes, incluso los mineros de El Teniente. Contra Pinochet es evidente que en la última etapa de su gobierno hubo grandes protestas sociales, masivas y populares, pero a ellas se sumaron también organizaciones de trabajadores, gremios de distinto tipo agrupados en otras agrupaciones, y ello continuó durante mucho tiempo hasta la desmovilización de los años 90. Sin embargo, a partir del 2006, con la llamada revolución de los pingüinos, y el 2011 cuando irrumpió el movimiento estudiantil principalmente universitario, pudimos ver que en las organizaciones de federaciones –agrupadas en la Confech– hubo repetidas movilizaciones que no eran exclusivamente por una reivindicación particular de dichas organizaciones, sino que era una crítica al sistema educacional en su conjunto y en buena medida contra el sistema político nacional. Todo ello representaba evidentemente un cambio, no respecto a lo que habían pensado antes, sino en el orden práctico y en la masividad de las protestas.
Posteriormente, el movimiento estudiantil tuvo consecuencias políticas que se manifestaron, por ejemplo, en la formación y crecimiento del Frente Amplio e incluso en la llegada de Gabriel Boric a La Moneda. Por lo mismo, no es contradictorio que las organizaciones estudiantiles no hayan realizado mayores protestas contra dicho gobierno, sea por razones de carácter social o particular de esos grupos. Por el contrario, comenzado el gobierno del Presidente José Antonio Kast, la situación ha cambiado en forma clara: por una parte, porque hay un gobernante de derecha (como antes lo había sido Sebastián Piñera en 2011 y 2019); porque en la comprensión de las organizaciones estudiantiles, de la CUT y de otras organizaciones, es evidente que Kast es percibido como un adversario político, no porque ocupe la Presidencia de la República, sino porque sus ideas son consideradas contrarias a aquellas que promueven o defienden los dirigentes estudiantiles o sindicales. A lo anterior se suma un segundo aspecto: si observamos en los últimos meses lo que han sido las federaciones estudiantiles, lo que se está produciendo en ellas, en las agrupaciones intermedias, donde han triunfado fundamentalmente liderazgos de izquierdas y partidos que representan a la izquierda –al Partido Comunista, por ejemplo– de manera tal que desde el comienzo hay una definición ideológica y política en las posiciones que adoptan estas organizaciones. Es evidente que ellas están alineadas con la candidatura de Jeannette Jara y no con lo que representó la de José Antonio Kast. Finalmente, me parece que un tercer aspecto decisivo es de carácter histórico relativamente reciente: sabemos, por ejemplo, que la CUT no invitó a participar a Kast dentro de sus foros políticos en periodos electorales presidenciales, precisamente porque no representaba las ideas que ellos querían escuchar o promover.
De esta manera, una vez iniciado el gobierno de Kast se produjo claramente un cambio y muchas de estas organizaciones –sean ellas estudiantiles, feministas o profesionales– ya se han manifestado contra el nuevo gobierno y sus políticas, han organizado paros y movilizaciones y es seguro que seguirán en los próximos meses y años. ¿Qué hay detrás de esta posición que adoptan el Colegio de Profesores, las federaciones estudiantiles y otras organizaciones? La cuestión es muy clara: dichas organizaciones evidentemente tienen una representación, un compromiso y una definición social, pero de igual manera es claro que tienen también un compromiso político. En el último número del periódico El Siglo (reaparecido en forma impresa en junio de este año), el presidente del Partido Comunista Lautaro Carmona se refirió a una larga historia de colaboración: “Las y los militantes comunistas, del Partido Comunista y de las Juventudes Comunistas, están en disposición de contribuir en forma activa, consciente e inteligente en los movimientos sociales”.
Así será esta disputa social y la lucha por el poder de control del Estado, de construcción de mayorías en el Congreso Nacional o para llegar al gobierno. Esa es la definición política de los movimientos sociales y no habrá cambios al respecto, porque responde a convicciones profundas y a una historia larga. Se puede aceptar o rechazar esa visión, pero existe, es relevante y consistente. Se puede mirar esa realidad con desconocimiento o indiferencia –como ocurre con bastante frecuencia– o bien se puede enfrentar con trabajo y voluntad de victoria, como por lo demás ha ocurrido en otros momentos de la historia.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Líbero el domingo 7 de junio de 2026.




