Humanidades en tiempos de miseria

Diego Croquevielle Rendic | Sección: Arte y Cultura, Educación, Política, Sociedad

A propósito de la discusión en torno a la necesidad de reducir el número de años que duran las carreras en la Universidad, el rector de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Juan Carlos de la Llera, planteó en una columna publicada en El Mercurio (4 de mayo) la  inconveniencia de hacerlo, considerando que para una auténtica y completa formación universitaria es necesario dedicar tiempo y recursos a la formación humanista de los jóvenes, además de la estrictamente técnica y profesional que  se les entrega. Según de la Llera, “el pensamiento crítico, la ética, la filosofía, la teología y las humanidades son claves”. El obispo de Melipilla, Monseñor Cristián Contreras, envió poco después una carta al mismo medio, en donde  celebró sus palabras destacando que “el rector nos invita a reflexionar en esas  dimensiones humanistas que son tan necesarias para el Chile de hoy y de los  jóvenes universitarios”.

La columna del rector me trajo a la memoria la propuesta del economista Sebastián Edwards, de hace unos años, que consistía en reducir a cero las  Becas Chile para el estudio de posgrados en Humanidades durante los siguientes 10 años. En su opinión, lo que Chile necesitaba para retornar a la senda del progreso económico era contar con más científicos aplicados, ingenieros, diseñadores y arquitectos. Recordé su propuesta porque muestra  el enfoque exactamente contrario del asumido por el rector. En la visión de  Edwards, lo que debemos privilegiar es aumentar nuestra productividad y  mejorar la eficiencia de nuestros procesos; y por lo menos mientras vivamos  momentos de fragilidad económica y recortes presupuestarios, ahí deben  concentrarse los esfuerzos. En el fondo, parecía preguntarse Edwards, ¿para qué humanistas en tiempos de déficit económico?

Hablando sinceramente, es probable que este planteamiento refleje la  inquietud de muchas personas que, genuinamente, no ven el valor agregado que puedan aportar las humanidades a la sociedad. Aunque no lo publican en columnas por los diarios, así lo piensan. Son personas que día a día constatan los problemas que en el plano material quedan por solucionar y los desafíos pendientes en materias urgentes como salud, alimentación, educación, transporte… En un contexto así, no es raro que nos surja la pregunta de si acaso no podremos dejar las humanidades para más adelante.

Por lo demás, no es una pregunta sólo de nuestro tiempo: ha surgido en todas las épocas y lugares, aunque quizás la formulación más famosa (y al mismo  tiempo estremecedora) siga siendo la del poeta europeo de la primera mitad del siglo XIX, Friedrich Hölderlin: ¿para qué poetas en tiempos de miseria?

Al hacer una revisión histórica, sin embargo, no deja uno de sorprenderse de cómo ha operado el hombre en la realidad. Se constata fácilmente que, incluso  ante las circunstancias más adversas y en los momentos de más fragilidad, no hemos dejado nunca de buscar el refugio existencial de las humanidades y de acogernos a él. Han sobrevenido toda clase de desgracias al hombre: enfermedades, guerras, escasez y muchas otras calamidades, pero no por ellas  hemos dejado de cultivar la literatura, la música, la filosofía. Tal como nos enseña C.S. Lewis, en su conferencia Aprender en tiempos de guerra, de 1939, “nunca han faltado razones plausibles para posponer todas las actividades culturales hasta que el peligro inminente haya sido evitado o alguna injusticia clamorosa corregida. Pero los seres humanos hace largo tiempo eligieron descuidar esas razones plausibles: ellos querían conocimiento y belleza ahora, y no esperarían el momento adecuado que nunca llega; esto no es garbo: es nuestra naturaleza”.

Al contrastar el enfoque de Edwards con el de Lewis, surgen algunos  elementos relevantes. El razonamiento del primero, directa o indirectamente, tiende a reducir nuestra existencia a un intento, más que nada, por sobrevivir; y si bien parte de una premisa correcta (necesitamos producir), no se hace  cargo de una pregunta aún más profunda ¿por qué producir?

Los franceses suelen decir vivre plutôt que survivre (vivir más que sobrevivir), y me parece que con esta frase rescatan un punto relevante: nuestra existencia no se trata tanto de sobrevivir, sino de saber vivir, de vivir en plenitud la vida  que se nos ha regalado. En este punto, el estudio y la cultura, las humanidades en suma, tienen un rol preponderante, según el enfoque de San Agustín: “¿Por qué debo estudiar las letras? Para ser hombre…”. Y de acuerdo con Goethe: “Estudiar lo más alto es vivir lo que tiene más vida”.

Con sus matices, encontramos la misma idea nuclear en el mensaje que transmite Mr. Keating a sus alumnos en la película La Sociedad de los Poetas Muertos: “No leemos y escribimos poesía porque sea tierno. Lo hacemos porque somos miembros de la humanidad, y la humanidad rebosa pasión. La medicina, las leyes, la administración, la ingeniería: son muy nobles y necesarias para sostener la vida. Pero la poesía, la belleza, el amor. Es por eso que vivimos”.

De ahí que no debemos (ni podemos) postergar el cultivo de las humanidades, ni recortarlas del plan de formación de nuestros estudiantes, y esto es válido incluso en momentos de ahorro y ajuste fiscal. Es al contrario: se deben potenciar, porque es en ellas donde respondemos las preguntas fundamentales que nos comprometen existencialmente y por las cuales cobra un sentido todo lo que hacemos. Y, aunque esencialmente improductivas e inútiles, en ellas  encontramos el impulso vital que nos lleva a buscar la belleza, la verdad y la bondad.

¿Por qué cultivar las humanidades en tiempos difíciles? A decir verdad, son ellas las que nos entregan todo aquello por lo que vale la pena seguir viviendo. Para resumirlo en una palabra, nos enseñan cómo vivir. Y cómo morir.

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Suroeste el jueves 28 de mayo de 2026. La ilustración fue realizada por José Ignacio Aguirre para Revista Suroeste.