Tres inseguridades, un solo desafío

Álvaro Pezoa Bissières | Sección: Política, Sociedad

La discusión pública nacional ha ido adquiriendo un tono más áspero, exigente y de creciente urgencia. Este es consecuencia de la convergencia de tres inseguridades que, al entrelazarse, configuran la actual situación que enfrenta la nación y, en particular, el Gobierno.

La primera es la inseguridad económica. La presión inflacionaria, sumada a un mercado laboral debilitado, ha erosionado de manera tangible la vida cotidiana de las familias. Cuando el ingreso deja de alcanzar y el empleo pierde estabilidad, la incertidumbre se transforma en experiencia cotidiana. Este fenómeno redefine prioridades, endurece juicios y reduce los márgenes de tolerancia social.

La segunda es la inseguridad física. La expansión de delitos violentos y la “instalación” del crimen organizado han establecido una sensación de vulnerabilidad que atraviesa el país. La seguridad, en este contexto, deja de ser un bien más entre otros, resaltando por su carácter de condición básica para la vida en común. Sin ella, todo lo demás comienza a resquebrajarse.

La tercera es la incertidumbre política. En medio de reformas estructurales y un mapa de poder fragmentado, resulta más difícil bosquejar expectativas. La complejidad para articular mayorías, la volatilidad de los apoyos y la tensión entre urgencia y deliberación configuran un escenario que obliga a que las decisiones no solo sean correctas, sino también oportunas y entendibles.

Estas tres dimensiones no operan aisladamente; por el contrario, se potencian entre sí. El resultado es un clima público más tenso, polarizado y menos paciente.

Una parte relevante de este escenario proviene de una pésima herencia, marcada por desequilibrios económicos, deterioro institucional y mala gestión. Reconocer este punto no exime responsabilidades presentes, pero permite comprender mejor la magnitud del desafío.

Para el Gobierno, el reto es tan evidente como complicado. No basta con abordar cada frente por separado. Se requiere una mirada de conjunto, capaz de reconocer que lo que está en juego no es únicamente la eficacia de políticas específicas, sino la reconstrucción de certezas básicas. Esto implica señales claras de conducción: prioridades bien definidas, decisiones expeditas y capacidad de ejecución.

Pero hay algo adicional, demasiadas veces subestimado: la necesidad de articular una narrativa clara y un propósito que otorgue sentido al conjunto de las decisiones. En contextos de alta incertidumbre, las políticas no sólo deben ser efectivas; deben ser comprensibles y coherentes con una dirección reconocible. Sin ese hilo conductor, incluso las buenas medidas corren el riesgo de percibirse como fragmentarias o insuficientes.

En el horizonte inmediato, la tarea es doble: gobernar con eficacia y, al mismo tiempo, explicar con claridad hacia dónde se quiere conducir al país. Porque cuando las inseguridades se acumulan, lo que la ciudadanía busca no es solo solución a problemas concretos, sino también razones para confiar en el rumbo. Y esa confianza es el principal activo de todo gobierno.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Líbero el sábado 2 de mayo de 2026.