La necesidad de una formación humanista

José Tomás Hargous Fuentes | Sección: Arte y Cultura, Educación, Historia, Política, Sociedad

La semana pasada escribí sobre la polémica desatada en torno a la duración de las carreras universitarias. En la línea de los rectores Juan Carlos de la Llera y Francisco Covarrubias, sostengo que no es cierto que éstas sean largas en comparación con otros países OCDE como Estados Unidos, España o Italia, y que el cuestionamiento a la supuesta extensión de los programas universitarios desvía la atención de la discusión de fondo, que es cómo debemos formar a los futuros profesionales. 

Normalmente este dilema se enmarca en torno a dos posibles opciones contrapuestas: por un lado, quienes creen que la formación técnica o tecnológica es la que debe priorizarse, y por otro, quienes postulan que lo más conveniente es ofrecer a los estudiantes una formación centrada en los fundamentos de la profesión y su participación en la vida social. Dicho de otra forma, una preparación práctica orientada a adquirir conocimientos y habilidades tecnológicas, versus una formación general en torno a las preguntas fundamentales de la vida social y de la profesión que elegimos.

Es probable que el problema principal de optar únicamente por la primera alternativa es que la tecnología es por definición cambiante, lo que es particularmente cierto en la actualidad. La tecnología avanza a pasos agigantados, de manera que una formación tecnológica concreta está destinada a quedar añeja en pocos años. Por el contrario, una formación general se centra en las cosas que permanecen, por lo que dura más, y por eso también es más fiel al espíritu fundacional de la institución universitaria, una obra de la Edad Media. Naturalmente, no podemos optar completamente por una descartando la otra. No es lo mismo una formación universitaria orientada a la carrera académica (licenciatura, magíster y doctorado), que por naturaleza es teórica, que una formación profesional, orientada a incorporarse al mercado laboral. Pero la formación profesional sin conocer sus fundamentos no puede ser llamada verdaderamente universitaria.

Mientras no optemos por un sistema como el alemán que distingue claramente entre ambos tipos de formación, separándolas en instituciones distintas, tendremos que combinar ambos modelos. Ésa es la apuesta de las universidades norteamericanas, que en los primeros años ofrecen a los alumnos una formación general en humanidades o ciencias, y sólo después de dos o cuatro años adquieren una preparación profesional, que en algunos casos es de posgrado.

La incorporación de una formación humana y humanística en las carreras profesionales ofrece a los futuros trabajadores del país una comprensión más adecuada de su actividad, que no es puramente técnica, sino que es una instancia de crecimiento personal y de servicio a la sociedad. De esto se dieron cuenta hace más de 2.000 años los griegos, en concreto, la propuesta de Aristóteles de distinguir entre tres tipos de actividades: la especulación (theoria), la acción (praxis) y la producción (poiesis). Si bien las carreras profesionales tienen mucho de poiesis –al tener un producto externo–, corresponden fundamentalmente a una forma de praxis, al tratarse de actividades exclusivamente humanas, donde entra en juego su libertad y su capacidad de adquirir virtudes. Una formación integral, que aborde todas las dimensiones de la personalidad, ofrecerá en el futuro ciudadanos capaces de contribuir al mayor desarrollo de una sociedad que necesita personas virtuosas sirviendo en la familia, el trabajo y la política.