Acerca de la duración de las carreras universitarias

José Tomás Hargous Fuentes | Sección: Arte y Cultura, Educación, Política, Sociedad

En las últimas semanas se ha desarrollado una fuerte discusión respecto de la duración de las carreras universitarias en el país. En realidad, se trata de la reapertura de un debate que lleva varias décadas, pese a que las cosas siguen siendo más o menos iguales. Pese a que la postura mayoritaria en la opinión pública es la de acortar las carreras, creo que el debate está mal enfocado . Como Jack el Destripador, vamos por partes. 

Prácticamente todos los que han intervenido en la controversia –como siempre hay gratas excepciones, como la reciente columna del rector Juan Carlos de la Llera– han centrado su mirada en el costo económico que implica financiar carreras largas. Esto es especialmente relevante en un contexto de gratuidad universitaria financiada por el Estado –en realidad, parcialmente financiada, dado que el Estado sólo aporta el monto asociado al arancel de referencia, que es mucho más bajo que el real en prácticamente todas las universidades–.

El argumento, no obstante, se sostiene en un mito. Se nos dice que nuestras carreras son muy largas para los estándares OCDE. Y eso sólo es una media verdad. Primero, en nuestro sistema se distingue entre la licenciatura y el título profesional. La primera es el primero de los grados académicos –licenciatura, magíster y doctorado– y tiene una duración mínima de cuatro años. Los títulos profesionales, que pueden ser impartidos tanto por universidades como por institutos profesionales, tienen también una duración mínima de cuatro años. 

En el caso de los títulos profesionales universitarios, generalmente se adquieren entre un semestre y un año después de la licenciatura, luego de concluir un examen, proyecto de título o práctica profesional que habilite para el ejercicio profesional. Además, en nuestro sistema de educación superior existen las carreras técnicas, que tienen entre dos y tres años, y pueden conectarse con las carreras profesionales como opción de continuidad. En el caso de las universidades, la tendencia ha sido bajar considerablemente la duración de los programas, pasando de un promedio de cinco años –con siete como la duración más alta– a un promedio de cuatro –con 6-7 como la duración más alta–.

En cuanto a la experiencia comparada con los demás países OCDE, en principio es cierto que las carreras son más cortas que las chilenas, pero las complementan con otros estudios que llevan a estudios de hasta seis o más años en algunos casos. Por ejemplo, es verdad que las carreras en Estados Unidos duran cuatro años, pero la realidad es que muchas profesiones requieren estudios de posgrado y no son suficientes los cuatro años de Bachelor. En el caso de los abogados, en Estados Unidos estudian 7 años, prácticamente los mismos que en Chile –5 de licenciatura más aproximadamente siete meses de examen de grado y seis de práctica profesional–. Lo mismo ocurre con otras profesiones, especialmente en el ámbito de la salud, que son las más largas también en nuestro país. A esto hay que agregar que la mayoría de los estadounidenses estudia dos años en los community college, donde adquieren un Associate Degree general que lo complementan con el Bachelor y en algunos casos también con el Master.

En Europa, por su parte, aunque es verdad que la tendencia –a partir del Plan Bolonia– ha sido la de bajar la duración de las carreras a 3-4 años, en países como España se ha bypasseado el sistema al crear los másteres de acceso o habilitantes, que agregan 1-2 años a los años de grado para algunas profesiones, como ingeniería, arquitectura, derecho y educación, tras finalizar el grado, como derecho, arquitectura, ingeniería, psicología o pedagogía. Algo similar ocurre en Italia, famosa por sus carreras cortas, de tres años (laurea triennale), que exige en algunas profesiones el estudio de dos años de magíster (laurea magistrale), totalizando al menos cinco años de estudio en algunas áreas, y en otras se estudia una única laurea de 5-6 años.

Dando por supuesto que fuera verdad que nuestras carreras fueran más largas que el promedio OCDE, como se ha dicho –pero que no es exactamente cierto–, y aunque suene de Perogrullo, es razonable querer acortar las carreras para alivianar la carga al fisco. Sin embargo, se olvida que hay muchos más factores en juego que no han sido considerados con la suficiente relevancia. De hecho, el gran problema de nuestro sistema universitario es que se le exige ser un preparador de profesionales y no un formador cultural. 

En Estados Unidos, por ejemplo, el foco es exactamente ése: los primeros años de estudios –que en algunos casos son los primeros cuatro años– no son para la formación profesional sino para el aprendizaje de las llamadas artes liberales, siguiendo el modelo de core curriculum que en Chile ha replicado la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI). La premisa de fondo es la contraria del sistema chileno: que es más importante la formación general –que no cambia– para decidir mejor en un entorno altamente cambiante –la especialización profesional–. 

Otro tanto pasa en Alemania, que la preparación de profesionales y la formación universitaria están estrictamente separadas: por un lado están las Universitäten (Universidades), que forman futuros académicos y generan investigación, impartiendo licenciaturas, másteres y doctorados; las Fachhochschulen (Universidades de Ciencias Aplicadas), que imparten formación técnica para insertarse en el mercado laboral; y las Kunst- und Musikhochschulen (escuelas de arte y música). En la práctica, el sistema chileno es una fusión entre los dos primeros.

En fin, la discusión da para largo. Lo que sí está claro es que debemos poner el foco en el tema de fondo y no concentrarse en la duración de las carreras porque es más caro que duren cuatro o más años. El debate entre formación general y entrenamiento tecnológico o profesionalizante, con sus ventajas y desventajas para cada modelo, no se ha abordado en Chile con la suficiente profundidad. Es justamente esa ausencia de decisión la que nos mantiene en el limbo de los sistemas educativos a nivel global, con un modelo antiguo y –paradójicamente– altamente profesionalizante al mismo tiempo que altamente teórico, que nos aleja de las tendencias internacionales, contexto en el que –sin exagerar– se puede decir que es justamente la alta duración de las carreras la que ha mantenido más competitivos a los profesionales chilenos cuando se van a otros países a ejercer o estudiar.