La tiranía de la democracia
Juan Pablo Zúñiga Hertz | Sección: Arte y Cultura, Política, Sociedad
“Cuidemos la democracia”. “Eso o aquello es antidemocrático”. “Usted es un tirano, usted es antidemocrático”. La democracia aquí, la democracia allá. Después de mucha reflexión, me he dado cuenta de que lo que hoy llamamos democracia, ya no lo es. No es más que un membrete o un título ficticio para un sistema de gobierno que dista mucho de lo que fue originalmente.
Para llegar a esa conclusión hay que simplemente mirar la realidad. El primer indicio de que la democracia ya no es lo que fue es el hecho de cómo las izquierdas –antidemocráticas por naturaleza– hacen grandes apologéticas por ella pero en un total y completo contrasentido. Defienden a Irán, caen rendidos a los pies de China, mandan cartitas de amor al hombrecillo de Corea del Norte, ponen los ojos en blanco por Rusia y ahora coquetean de lo lindo con el BRICS. Sin embargo, vamos hablando de democracia miércale! Bueno, entendámoslos, la democracia le ha venido tan bien a sus cuentas corrientes que cómo no defenderla.
El segundo indicio de la falla de la democracia me lo trajo a tona una relectura de un clásico de C.S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino (The Screwtape Letters). Si no lo ha leído, se lo recomiendo. Permítame citar aquí un fragmento de una conversa ficticia entre el diablo y su aprendiz:
“Quiero centrar su atención en el vasto movimiento general hacia el descrédito, y finalmente la eliminación, de toda clase de excelencia humana: moral, cultural, social o intelectual. ¿Y no es hermoso observar cómo la democracia (en el sentido mágico) está haciendo ahora por nosotros el trabajo que antaño realizaban las dictaduras más antiguas, y con los mismos métodos? Recuerden cómo uno de los dictadores griegos (entonces los llamaban ‘tiranos’) envió un enviado a otro dictador para pedirle consejo sobre los principios de gobierno. El segundo dictador condujo al enviado a un campo de maíz, y allí cortó con su bastón la punta de cada tallo que sobresalía unos dos centímetros del nivel general. La moraleja era clara: no permitan preeminencia entre sus súbditos. Que nadie viva que sea más sabio, mejor, más famoso o incluso más guapo que la masa. Reduzcan a todos a un mismo nivel; todos esclavos, todos ceros, todos don nadie. Todos iguales. Así, los tiranos podían practicar, en cierto sentido, la ‘democracia’. Pero ahora la ‘democracia’ puede realizar la misma labor sin otra tiranía que la suya. Ya nadie necesita recorrer el campo con una vara. Los tallos pequeños, por sí solos, arrancarán las puntas de los grandes. Los grandes están empezando a arrancarse las suyas en su deseo de ser como tallos”.
Francamente, creo que la democracia tal y como está, no solo no está funcionando, sino que nos está haciendo daño, por lo tanto, hay que cambiarla. En tiempos de la república romana, existía la forma legal del dictator, un oficial designado quien gozaba de poder supremo por un período determinado con el fin de resolver graves estados de crisis. Tal vez necesitamos una figura parecida en nuestro país, pero dentro de los marcos que nuestra ley permite. En otras palabras, lo que se necesita es un hombre fuerte que no dude en hacer lo que sea necesario para sacar a nuestro país de la senda destructiva en que se encuentra y reencauzar la nación.
La democracia hoy tal y como está no es más que un título agradable y paladeable para lo que es lisa y llanamente una tiranía que nos ha asfixiado como país, que está castrando las mentes llevándonos a la mediocridad, a la nivelación hacia abajo, al contentamiento con la pobreza moral y espiritual y al disfrute de lo que Joaquín Edwards llamaba del invunchismo o el culto a lo feo y a lo grotesco.




