Las Tres Etapas

Max Silva Abbott | Sección: Familia, Política, Religión, Sociedad, Vida

El ser humano ha tenido siempre una curiosidad innata por el mundo que lo rodea y por sí mismo, que lo ha llevado a investigar cada vez con más ahínco estas realidades. Y hoy se abren perspectivas absolutamente insospechadas gracias a la irrupción de la inteligencia artificial (IA).

De hecho, y aunque se trate solo de una idea que no deja de resultar cautivadora –y también preocupante–, se podría decir que motivado por su afán investigador, el ser humano ha pasado por tres grandes etapas en la relación que existe entre el sujeto experimentador (él mismo) y la realidad investigada y manipulada gracias a dicha investigación.

Una primera etapa, que ha durado desde la noche de los tiempos hasta unos 50 años atrás, en la cual existía una clara diferenciación entre el sujeto investigador y la realidad indagada por él. Así, aunque con su actividad afectaba su objeto de estudio (e indirectamente a sí mismo), la línea divisoria entre ambos se mantenía nítida.

Una segunda etapa, que comenzó hace unos 50 años y continúa hasta el presente, en la cual esta división neta entre sujeto y objeto ha tendido a desdibujarse; lo cual se inició cuando empezó a manipularse la vida humana en un laboratorio, a fin de engendrarla y modificarla a voluntad. Así, sobre todo a partir de la FIV, el ser humano comenzó a experimentar sobre sí mismo (acercándose cada vez más a lo que algunos han llamado el “homo fabricatus”), de lo cual han surgido, entre otras cosas, diversas corrientes transhumanistas, que apuntan a mejorar a la raza humana por medio de la tecnología.

Finalmente, a estas dos etapas (sobre las que se ha reflexionado a propósito de la bioética) es posible añadir una tercera: una en la cual estaríamos creando un objeto (la IA), que eventualmente podría independizarse de nosotros (sobre todo si llega a adquirir conciencia de sí misma), de tal forma que le sería posible actuar por su cuenta e incluso intercambiarse los papeles: que la IA sea la que acabe manipulando al ser humano como objeto.

Surgiría así una especie de co-protagonista, e incluso un antagonista, creado por nosotros mismos, al punto que, fantaseando un poco (y de la mano del transhumanismo), podría acabar siendo ella el sujeto experimentador y nosotros el objeto experimentado.

Con todo, y aun cuando no se llegue tan lejos, lo claro es que el mundo al cual estamos acostumbrados cambiará, y muy rápidamente en los próximos años. Miles de tareas no tan simples podrán ser realizadas por la IA, dejando a millones de personas desempleadas. Así entonces, ¿cómo subsistirá esta población (en la cual podríamos estar incluidos)? ¿A qué dedicará esta enorme masa de personas ese tiempo ahora libre? ¿Quiénes querrán y podrán reinventarse para enfrentar los nuevos desafíos que surjan? ¿Será la solución a esto la llamada “renta básica universal”? ¿Podría lo anterior generar prácticas totalitarias, al depender del Estado su manutención, y si a ello se añade que gracias a la tecnología actual, la privacidad de los ciudadanos se encuentra en peligro de extinción? ¿Y quién tomará el control sobre toda esta situación? ¿Un grupo de seres humanos, la IA, o una combinación de ambos?

Son solo algunas preguntas que por ahora se hacen al voleo, para la cual no tenemos respuesta. De lo que sí no cabe duda, como se ha mencionado varias veces en este espacio, es que la realidad siempre superará a la ficción.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por el diario El Sur de Concepción. El autor es Doctor en Derecho y profesor de filosofía del derecho en la Universidad San Sebastián.