Las instituciones permanentes de la historia de Chile

José Tomás Hargous Fuentes | Sección: Arte y Cultura, Historia

Empezamos el mes de septiembre, y nuestro país se tiñe de blanco, azul y rojo, nuestros colores patrios, para conmemorar el aniversario de Chile. Si bien el 18 de septiembre no es la fecha de nuestra emancipación del Reino de España, ni de la Fundación de Chile –ambas se recuerdan el 12 de febrero–, septiembre es un momento de particular unidad del país en torno a los valores patrios, en contraposición, por ejemplo, al de octubre, que en los últimos cinco años representa la división y la destrucción creativa ejercida por un movimiento revolucionario. El mes de septiembre es cuando más unidos nos encontramos, mejora la convivencia y reflota el ambiente festivo en nuestras Fiestas Patrias. Por eso, si bien no es el verdadero “cumpleaños de Chile”, es un momento propicio para reflexionar sobre nuestra historia y futuro.

En diversas columnas en los últimos años, en esta tribuna he querido referirme a la hibridez de nuestra historia, marcada por la continuidad y el cambio. Chile, a diferencia de las otras naciones desmembradas de la Corona Española, es más expresión de la permanencia en el tiempo de diversas instituciones que del cambio propiciado por las revoluciones. Así, pese a los intentos de reforma o revolución, Chile ha permanecido prácticamente sin cambios radicales por cinco siglos de historia, viviendo una verdadera “reforma en continuidad”, si se me acepta lo impropio del término.

Esa continuidad es expresada a través de lo que hemos denominado, inspirados en el Premio Nacional de Historia Bernardino Bravo, las instituciones permanentes de la Historia de Chile, antes y después de 1810: la Presidencia, el Ejército, la Iglesia, la Judicatura, la Universidad, la Hacienda o Carabineros, pese a los cambios de nombre, han podido sobrevivir a lo largo de los siglos, acompañando el devenir histórico del país –desde sus inicios como reino hasta su actual forma republicana– y custodiando su esencia como nación desde el siglo XVI o XVII, lo que hoy llamamos chilenidad

Muchas de las actividades folklóricas que revivimos en el mes de septiembre, son expresión de esas notas fundamentales de la chilenidad. Por ejemplo, el tan vilipendiado rodeo –paradójicamente uno de los deportes más populares del país– nace de las labores propias del campo, realizadas por el huaso, arquetipo del chileno profundo, que derivaron en un deporte que se ha mantenido vigente por casi cinco siglos. Como el rodeo, muchas costumbres y tradiciones que para quienes vivimos en la ciudad son anecdóticas, en el campo son prácticas cotidianas –considérese a modo de ejemplo la diferencia entre “disfrazarse de huaso” y “vestirse con el traje de huaso”–, que pudieron permanecer intactas gracias al aislamiento de la hacienda, que según historiadores como Alfredo Jocelyn-Holt mantuvo el “Antiguo Régimen” mucho más allá de 1810, hasta la reforma agraria de los años 60 y 70.

Como sostiene Bernardino Bravo (“Los estudios sobre la judicatura chilena de los siglos XIX y XX”, Revista De Derecho Público Nº19/20 (diciembre de 2014), 89-116), esa permanencia de instituciones políticas, sociales y culturales, tanto en la ciudad como en el campo, muestra cómo “Chile aparece, según la conocida expresión del historiador brasileño Pedro Calmón como el país de la historia cuerda, pese a su loca geografía”. La larga semana de Fiestas Patrias que comienza en unos días –marcada por el Día del Huaso y la Chilenidad, el aniversario de la Primera Junta de Gobierno y las Glorias del Ejército– nos invita a celebrar, pero también a reflexionar y agradecer nuestra historia patria.