Ciento veinte años de Raza chilena: un mensaje siempre vigente
Joaquín Muñoz López | Sección: Arte y Cultura
Este pasado 9 de septiembre se cumplió un aniversario más del natalicio del gran patriota Nicolás Palacios, nació en 1854 en Santa Cruz. Dejó sus estudios de medicina con el fin de enrolarse en el Ejército para ir a la Guerra del Pacífico, contraviniendo una orden paterna en una época en que las órdenes del padre se cumplían incuestionablemente: pudo más su compromiso con Chile que con su familia. Una vez en el Ejército, ingresó al cuerpo de médicos con el grado de capitán.
Su experiencia de vida, primero en un ambiente rural, luego en una guerra y, finalmente, en el duro mundo de las salitreras, lo hizo testigo de las distintas facetas del chileno común y corriente, es decir, de gañanes, soldados y mineros, llevándolo sus observaciones a proponer una tesis sobre el origen racial del pueblo chileno. Esta tesis fue expuesta en su ensayo “Raza chilena”, obra muy extensa y sumamente documentada, escrita con gran rigor y pasión. Publicó su ensayo en 1904, es decir, cumple ciento veinte años. Fue el primero en tratar de definir qué es ser chileno. Da inicio a un movimiento intelectual verdaderamente nacionalista, que serviría de base a algunas corrientes políticas. Todas con una visión crítica y pesimista de la realidad nacional.
Expuso su tesis argumentando desde numerosos ángulos y trató no sólo de temas raciales, sino también políticos, económicos y sociales. He aquí el gran legado del dr. Palacios, pues, al tratar estas materias nos dejó un mensaje, por desgracia, siempre vigente.
En el ámbito social, Palacios denunció el abandono de los sectores más humildes por parte de la élite gobernante, por ello, llamó “el gran huérfano” al hombre de los sectores populares. Sin embargo, su preocupación fue más allá de los sectores más vulnerables. También abarcó el desarrollo del país en su conjunto, único medio para mejorar las condiciones de vida de todos sus compatriotas y lograr la grandeza de Chile, que él creía merecida.
Denunció Palacios un sinfín de situaciones que impedían un desarrollo económico, social, educacional y moral, simplemente un desarrollo integral que llegara a todos quienes se esforzaran.
Sólo por nombrar algunas de sus críticas tenemos que abogaba por la protección de la industria y el comercio nacionales; por el derecho preferente de los chilenos a beneficiarse de las riquezas mineras y de los planes de colonización de la zona sur; por una educación más accesible para los sectores medios y populares y que respondiera a las reales necesidades del país, expresado esto especialmente en más becas para estudios técnicos; por una administración más eficaz y proba de los cuantiosos recursos dejados por el salitre; por un mejoramiento general de las condiciones de vida, por ejemplo, en salud; por políticas más duras contra la delincuencia, y por una adecuada selección de los inmigrantes para evitar malos hábitos ajenos a nuestra identidad nacional. Con todo esto no es de extrañar su preocupación por la soberanía y seguridad nacionales y por la familia como piedra angular de la sociedad. Criticaba Palacios la falta de decisión al momento de defender los intereses nacionales, por ejemplo, la cesión de territorio. Por otra parte, también se lamentaba del rompimiento de numerosas familias por falta de oportunidades laborales para los jefes de hogar, de la desnutrición causante de una gran mortalidad infantil, entre muchos otros males. Obviamente, el sistema parlamentario con sus incalculables vicios no se escapaba de sus críticas, abogaba por un Estado portaliano.
¿Por qué un mensaje siempre vigente?
Es cuestión de sumar 2 + 2. Cada vicio de aquella época tiene su vergonzoso equivalente en el Chile de hoy. Aunque los motivos de los respectivos vicios sean en ocasiones distintos, el resultado es el mismo. Tenemos como primer ejemplo un hecho simbólico: a comienzos del siglo XX, la desidia de la élite gobernante frente al trabajo era tal que sus miembros preferían la vida social, al extremo de que Chile llegó a tener el mayor consumo per cápita de champaña en el mundo. Su contrapartida actual es la vergonzosa marca parlamentaria de ser el Congreso con los mejores sueldos del mundo, sueldo bien poco merecido al tenor de la gran cantidad de leyes sin tramitar o sin proponerse, leyes para el Chile real, no el de las pequeñeces de los partidos políticos.
En economía, actualmente las empresas llevan sendas mochilas que dificultan el desarrollo nacional. Esto se debe a una visión ideológica izquierdista de la economía y no a una técnica. La rigidez laboral asfixia a las pymes, las que dan la mayor cantidad de puestos de trabajo. Pasa lo mismo con los impuestos innecesariamente altos, los que también llegan directamente a toda la población, dificultando todo tipo de iniciativa empresarial y dañando el poder adquisitivo. No es necesario hablar de la mala administración, la gran corrupción y la burocracia omnipresente. En los tiempos de Palacios, las empresas nacionales se enfrentaban a una asfixiante burocracia estatal, lo que se traducía en un poder extremo de los grupos políticos, y a beneficios entregados a sus competidores extranjeros. El aparato estatal crecía y crecía, al igual que hoy.
En lo social, hacen lo suyo las interminables listas de espera de los hospitales públicos, la gran preocupación por destruir las isapres, en vez de mejorar Fonasa, que atiende a la mayor parte de la población. La falta de apoyo a la niñez de aquel entonces –con su consecuente desnutrición infantil– bien podría ser su equivalente a lo que ocurre el día de hoy.
En educación, nuevamente la ideología izquierdista hace estragos. Ahora con una reforma marxista que castiga el mérito, perjudicando principalmente a los estudiantes de familias de menores ingresos, dejándolos sin opción de asistir a un buen colegio. La principal víctima es el Instituto Nacional. Los buenos colegios particulares subvencionados también han sido víctimas de esta nefasta reforma. En 1904, las políticas educacionales eran pensadas para la élite, no para los sectores más vulnerables o para el país en su conjunto. La escasez de obreros calificados se suplía, en parte, con mano de obra inmigrante, en vez de invertir en capital humano, otorgando más becas para estudios técnicos. Hoy innecesariamente en numerosos casos, se reemplaza al trabajador nacional con inmigrantes. El pensamiento del dr. Palacios se puede sintetizar en su máxima: “¡Dennos escuelas. Instruyamos al pueblo!”. Hoy están las escuelas, pero no la calidad necesaria, curiosamente están los recursos.
La moral debe ser el ámbito más perjudicado. Con la campaña antifamilia, la autonomía progresiva y el mantra del “interés superior del niño”, ya hay un golpe demasiado fuerte a nuestra sociedad. La llegada en masa de pornografía fue en su época un ataque a la moral nacional, al igual que el excesivo alcoholismo, fomentado por el gran número de tabernas de inmigrantes. Hoy ocurre algo parecido con la droga.
Esto ha provocado una carencia de sentido y respeto a todo tipo de autoridad que ha originado dos generaciones de personas mayoritariamente intocables, sin hábitos de disciplina ni cultura cívica. Hoy todo el mundo hace lo que quiere, cero disciplina en cualquier ámbito.
La delincuencia surgida de la mala política de inmigración actual también guarda similitud con lo denunciado por Palacios. El sicariato es un buen ejemplo de las malas consecuencias de esta política.
Por todo lo anterior, Palacios es particularmente crítico de la élite. Todos los males ya mencionados se originan en decisiones políticas, surgidas de la falta de patriotismo y por el desprecio hacia sus compatriotas, beneficiándose de esto –según él– los inmigrantes que son preferidos frente a los connacionales. Esto ocurre hoy en muchos casos, por ejemplo, en la preferencia que se les da a los hijos de inmigrantes frente a los chilenos cuando escasean las vacantes en un colegio o jardín infantil.
La situación de la soberanía y la seguridad nacionales que criticaba Palacios tiene su símil en los arbitrajes y tratados que nos han hecho perder territorio y en los tratados y convenios con organismos internacionales que prácticamente están cogobernando Chile. Las mejores pruebas de esto son los procesos constitucionales destinados a crear un “país globalista por decreto”, haciéndonos perder soberanía.
La partitocracia actual es una “buena reemplazante” del parlamentarismo lleno de vicios. ¿Por qué el Estado debe financiar elecciones primarias cuando los partidos no son capaces de llegar a acuerdos? ¿Es lícito el cuoteo por partido en la asignación de cargos sin considerar del todo el mérito de los “postulantes”, despreciando así a los funcionarios de carrera? Tampoco resulta lícita la asignación de cuantiosos recursos a fundaciones de familiares y amigos, recursos obviamente mal empleados.
Como era de esperar, la crisis denunciada por Palacios abarcaba el debilitamiento de la identidad nacional. La inmigración sin ninguna selección y la sofisticación de la élite dieron paso al desprecio por lo chileno, incluido una propuesta de cambio de los símbolos patrios. Hoy tenemos que en muchos colegios no se conmemora el 21 de mayo o no se celebra Fiestas Patrias para no molestar a los estudiantes inmigrantes.
Juzgue usted, estimado lector, si sigue o no vigente el mensaje del dr. Palacios, un chileno de excepción.




