Subsidiariedad y socialismo
Jorge Andrés Pérez | Sección: Historia, Política, Sociedad

En algunos países no es tan difícil encontrar infraestructura muy antigua que todavía opera con su funcionalidad original. Por ejemplo, en Europa uno puede encontrar en uso puentes romanos y casas medievales. La vida útil de estas inversiones del pasado se ha extendido en el tiempo por una mezcla de un mantenimiento regular y reparaciones oportunas. Pero también hay inversiones del pasado, como las pirámides egipcias, que han sobrevivido formalmente hasta el presente sin cumplir su función original.
Heródoto decía que Egipto era el milagro del Nilo. Pero ese milagro natural no se podía materializar sin la magia cultural del ser humano que, con su ingenio y sus herramientas, transformaba con su trabajo la tierra seca de un desierto en un paraíso agrícola.
La riqueza del Egipto antiguo era el resultado de una agricultura intensiva que, año tras año, producía cosechas abundantes que llenaban graneros capaces de alimentar una población numerosa. El estado faraónico canalizó este potencial productivo para desarrollar grandes obras de infraestructura monumental pensadas para glorificar el poder absoluto del estado. En el antiguo Egipto, la sociedad terminó concentrando el poder político para invertir los recursos económicos de la sociedad en una infraestructura monumental, que buscaba exaltar el poder absoluto del faraón y su casta de administradores del estado.
Este estado faraónico era eficaz construyendo pirámides eternas, como hoy el estado socialista crea empresas que nunca quiebran; pero, era ineficaz reparando de manera eficiente los sistemas de regadío después de las inundaciones del río Nilo, como hoy las empresas del estado socialista no son capaces de hacer inversiones oportunas.
El estado faraónico era en su esencia un estado socialista, que canalizaba la inversión de la sociedad a través de la burocracia del estado, que tenía el carácter ritual de una casta sacerdotal. La transaccional magia de la burocracia buscaba en la construcción de pirámides el trascendente milagro del poder del estado absoluto. Con su arquitectura monumental la pirámide inspiraba un respeto religioso por la autoridad del estado.
El estado social y democrático de derechos abre la puerta del estado a la lógica del estado faraónico, que convierte el poder absoluto del estado en una religión popular. El estado socialista como estado faraónico, va a buscar expropiar el capital económico del mercado, para invertirlo en obras que concentran el poder político en el estado. El estado socialista es un muy mal inversionista económico en términos de rentabilidad social, ya que es un inversionista político que tiene como referente el poder absoluto del estado. El problema es que eventualmente el estado socialista se come toda la riqueza de la sociedad, invirtiendo en pirámides costosas y poco rentables, y en la sociedad sólo queda la escasez y el hambre.
Es muy difícil reconstruir mercados institucionalmente formales que sean morales (permitan la confianza) y socialmente funcionales (hagan un buen uso de los recursos de la sociedad) después de destruirlos con un estado socialista, ya que los únicos inversionistas en el mercado que sobreviven estos golpes son aquellos que pueden sobrevivir compitiendo con el crimen organizado.
El estado socialista realmente no cree en la competencia política en el estado, y menos en la competencia económica en los mercados. En su esencia el estado socialista quiere controlar los recursos productivos de la sociedad sin competencia, para controlar el estado. Pero con esa lógica los precios en la economía se van rigidizando en función de las necesidades políticas del estado, y así la economía progresivamente se va disociando de la realidad de la oferta y la demanda de los mercados honestos y transparentes. No es sorprendente que entonces los precios terminan confundiendo a los agentes económicos, que no se pueden organizar de una manera racional.
La subsidiariedad promueve los mercados competitivos que seleccionan precios. El socialismo promueve el estado planificador, que elige precios.
El estado subsidiario busca reducir la pobreza en la sociedad fomentando la inversión de la riqueza privada en el crecimiento del mercado. Este crecimiento aumenta la riqueza en la sociedad, y con ello aumentan los niveles de desigualdad.
El estado socialista busca reducir la desigualdad en la sociedad fomentando la inversión de la riqueza privada en el crecimiento del estado. Este crecimiento disminuye la riqueza en la sociedad, y con ello aumentan los niveles de pobreza.




