¡Pero si va desnudo!

Mauricio Riesco V. | Sección: Política

En el resultado del reciente plebiscito hay un aspecto que escapa de lo inmediato, que anticipa un efecto más trascendente en el tiempo; su desenlace fue mucho más allá de lo que podría representar una disputa entre una hoy irreconocible derecha y una siempre reconocible izquierda. El triunfador fue Chile, los que anhelamos mantener nuestra identidad, esa que nos distingue como un solo pueblo soberano, un país independiente, libre. Y entre los magullados, encabeza la lista el partido comunista y detrás, todos sus devotos satélites de la extrema izquierda ansiosos por recuperar su presa perdida hace 49 años, y que hoy se les ha vuelto a escapar.

Tristemente, el partido comunista, esforzado aspirante a ser el astro rey de la política chilena estos últimos años, se ha aprovechado de una “oposición” que, aunque envuelta en un manto de patriotismo, ha sido entreguista y pusilánime, que es feliz dando un paso adelante aunque eso signifique dar dos atrás. Tiempo hace que esa oposición que antes, al menos formalmente, no lo fue y que ahora no lo parece, ha estado dando tantas facilidades a la izquierda que terminaron por coincidir en el más grave de sus objetivos comunes: cambiar la Constitución que ya les estorbaba, a unos para conseguir facilidades y proyectar en el tiempo su ideología y a otros por conveniencia en sus cálculos inmediatos y no evitar dar esos conocidos dos pasos atrás. Fue, por lejos, la aventura política más peligrosa y extremadamente costosa emprendida en los últimos años en Chile. Pero la cosa fue peor aún, porque habiendo acordado unos y otros que el proceso terminaría con la elección de una de las dos alternativas bien definidas: Apruebo o Rechazo, hoy, cuando luego de ganar el Rechazo por un amplísimo margen y se suponía cerrado el proceso, buscan -juntos nuevamente- otra salida distinta para consensuar una nueva Constitución ¡Otra más! ¿Buscarán la unanimidad de los casi 15 millones de personas habilitadas para votar un nuevo texto? “Derecha e izquierda unidas, jamás serán vencidas”, decía N. Parra.

La Constitución que un mes atrás se nos propuso para votar, fue hecha y redactada por una mayoría zurda y revanchista de la Convención Constituyente y sin tener el contrapeso suficiente y necesario. Pero fue, además, monitoreada y respaldada abiertamente por el gobierno y por la extrema izquierda. Aunque el inesperado resultado hizo que al señor Tellier, consejero espiritual de esa constelación de asteroides marxistas que dos días antes de la votación había llamado a las calles “a defender el triunfo”, nadie lo siguió; nada tuvo que defender; su triunfo se esfumó. Con aires de profeta, había pronosticado también que este plebiscito sería “la batalla de las batallas”, y en esto ¡sí acertó!; solo que al fragor del combate al vidente le fueron saliendo los tiros por la culata. Goloso, erró su cálculo. Creyó haber visto tiempo atrás un platillo demasiado seductor en aquella sorprendente mayoría que en el plebiscito de 2020, de buena fe y con atendibles razones, votó por cambiar la Constitución de Lagos. Por eso, él y sus hormiguitas no perdieron tiempo buscando saciar su glotonería, en la seguridad de ganar fácil esta última batalla. Pero esta vez, humillados, tuvieron que ver la otra cara de la tortilla; casi 8 millones de ciudadanos (62% de los que votamos), rechazó la propuesta de nueva Constitución. Ahora sí, ¡Chile despertó! como ellos mismos decían antes. La iniciativa partió como un engaño para algunos y terminó como un desengaño para la inmensa mayoría. Fue la frustración de quienes en 2020 vieron la oportunidad de un cambio en las políticas sociales de salud, educación, vivienda, de previsión, de seguridad y, especialmente, por estar ya hartos de politiquería, personalismos, corrupción, demagogia, ideologías, violencia, delincuencia, inmigración descontrolada, terrorismo, narcotráfico, etc., pero que jamás imaginaron que a un grupo de revanchistas (ni perdón ni olvido) miembros de la Convención Constitucional se les pasaría la mano de la forma como se les pasó. El hambre de venganza los envenenó, a ellos y a la izquierda dura del país; todos sufrieron los sinsabores de la democracia con la que les gusta jugar pero que aborrecen cuando pierden. Y, sorprendido también, hasta el mandatario colombiano de extrema izquierda, Gustavo Petro, sentenció a las pocas horas de conocer el resultado: “Revivió Pinochet”.

Y, es que el Rechazo fue abrumador, incluso, a pesar de la redacción capciosa y malintencionada de la pregunta que se hizo en la papeleta: ¿aprueba usted el texto de la Nueva Constitución propuesto por la Convención Constitucional? que, escrita como una consulta afirmativa y no con una redacción neutral e imparcial, pudo haber engañado a muchos. Y más destacable aún es que el resultado, a pesar de la desenfadada promoción callejera del nuevo texto constitucional que hizo el presidente y sus ministros repartiendo ejemplares a quienes pasaran por el frente, confirmó que para gobernar no sirve de nada saber gritar y tirar piedras en las revueltas estudiantiles o recibir dinero a cambio de subir la temperatura de un sillón en el congreso. La gente ratificó que para conducir un país se requiere poseer, al menos, algo de competencia, algo de experiencia, algo de conocimientos, y un mínimo de buen criterio, nada excepcional, pero suficiente como para rodearse de una administración instruida que colabore en un manejo serio y confiable del país. Y si a lo anterior agregáramos estudios, cultura, y respeto por el cargo para no avergonzar ni a los chilenos ni a países extranjeros, bueno, entonces ya nos acercaríamos a lo que se considera un verdadero estadista, pero eso quizás si fuera mucho para estos tiempos.

Con todo lo ocurrido desde el cuatro de septiembre pasado, se me ha estado figurando que al presidente del partido comunista le ocurrió algo similar a lo que el escritor Hans Christian Andersen narraba en uno de sus cuentos infantiles, “El Emperador va Desnudo”. Con algunas licencias, podríamos resumirlo así: Resulta que, hace muchos años, existía en un lejano país un rey engreído, jactancioso, y ufano de su astucia (empoderado lo llamarían ahora). Y, aprovechándose de eso, unos pícaros le confidenciaron que tenían a la venta una vestimenta confeccionada con una tela mágica que era invisible a los ojos de las personas; pero lo más extraordinario de ésta, le dijeron, era que únicamente la podían ver los estúpidos, y vistiéndola él podría descubrir quiénes eran los más cándidos de su reino. Y si fueran suficientes, él lograría convencerlos fácilmente de la necesidad de contar con un emperador déspota, que era su inconfesado anhelo. Parecía interesante el asunto. Y ya ante el mágico atavío, el rey y sus súbditos, a riesgo de ser etiquetados como idiotas, aseguraban no poder verlo. El hecho es que el monarca, entusiasmado, pagó el alto precio que le cobraban por el traje, se desnudó, fue “vestido” con él por los embaucadores, y luego salió a la calle a ver el resultado. En el pueblo ya todos estaban enterados del engaño, aunque nadie se atrevía a reconocerlo por temor a que se molestaran unos a otros diciéndose que eran tarados. Pero ocurrió que al ver pasar al soberano, un niño gritó con fuerza ¡el rey va desnudo! Y la gente, ya sin temor, empezó a reír y repetir lo mismo que vio el inocente niño, hasta que el gobernante tuvo que reconocer haber sido víctima de un alevoso embuste. Y, bueno, tuvo además que correr a vestirse. Lo que el autor quiso dejarnos como moraleja es que cuando, a pesar de la evidencia, cualquier verdad obvia es ignorada o silenciada por la mayoría, sigue siendo verdad. Y el comunismo seguirá siendo perverso, aunque no todos lo quieran reconocer.     

Esta vez quizás si los bolcheviques criollos se confiaron demasiado en que muchas personas no reconocerían la desnudez de Tellier y su séquito; éstos deben haber pensado que una tela mágica, léase piel de oveja, ocultaría sus intenciones. Es cierto que el resultado del plebiscito también dejó en evidencia que aún hay en el país de esos que aparentan no ver aquel suave cuerito con que otros se cubren; pero lo hacen, está claro, para no pasar por estúpidos o perder alguna oportunidad… la que sea, aunque, por fortuna para Chile, están muy lejos de ser mayoría. Ese contundente resultado del plebiscito demostró que el panfleto que se nos estaba proponiendo aprobar como nueva Constitución, autorizaría al aspirante a monarca a quedarse con el control absoluto de los hilos de la política que se mueven al interior del palacio de la Moneda. Y a todo pulmón Chile gritó ¡el comunismo se pasea desnudo! Y es que, apenas a los seis meses de gobierno, éstos han quedado trasquilados.  

Moraleja: para ser confiable no hay que usar pieles de ovejas. 

(Desconozco si en Chile Vamos saben de proverbios pero quizás si fuera bueno soplarles que estos enseñan mucho; que sería urgente ir, aunque fuera poco a poco, aprendiendo de ellos… para que contengan los Desbordes y se alejen de las curtiembres).