Humanitarismo versus multiculturalismo

Michael O’Shea | Sección: Sociedad

En un reciente artículo publicado en The Economist, en el cual se examinaba si los inmigrantes ucranianos se quedarían en Polonia, el autor se quejaba afirmando: “Las clases de literatura versan, abrumadoramente, sobre escritores polacos. Las clases de historia, sobre las luchas de Polonia con Rusia, Alemania y Austria-Hungría… Ucrania, una nación que careció por mucho tiempo de un estado formal, ‘se pierde entre Polonia y Rusia”. El artículo concluye: “el gobierno actual de Polonia ha dado la bienvenida a los ucranianos de todo corazón; sin embargo, abrazar el multiculturalismo puede ser una exageración”.

Es el apogeo de la arrogancia y la presunción globalistas que uno podría examinar en la guerra en curso en Ucrania y la respuesta de Polonia a esta. Bajo cualquier definición, los estados de la Unión Europea que limitan con Ucrania (Hungría, Polonia, Rumania y Eslovaquia), han superado con creces la prueba de compasión humana durante el año en curso.

Lo vi personalmente mientras vivía en Budapest, tiempo durante el cual los húngaros iban en masa a la estación de Keleti con donaciones de recursos que tanto trabajo les costó adquirir. Las donaciones fueron tan abundantes que carros motorizados eran necesarios para transportarlas por la estación. Multitudes de personas esperaban por los trenes internacionales que muy probablemente transportarían ucranianos que escapaban de la guerra. Señaléticas en ruso y ucraniano, marcadas con una bandera de Ucrania, ofrecían direcciones en la estación. Médicos, asistentes legales y personas ofreciendo un lugar para vivir, ofrecían su ayuda. Esa visión de humanismo puro y duro fue inolvidable.

Este nivel de generosidad no fue solo un fenómeno temporal después del impacto inicial de la guerra. Una vez que el gobierno y otras organizaciones tuvieron tiempo para adaptarse, el centro de estas actividades humanitarias se trasladó a un gran almacén cerca del estadio nacional de futbol.

Esta efusión no se limitó a Hungría. Durante mis viajes por Polonia y Eslovaquia, noté en las estaciones de trenes, hoteles y otros lugares, letreros semejantes que indicaban a los ucranianos los recursos que podrían necesitar. (Este fue el caso incluso en la alejada ciudad de Olsztyn, donde era poco probable la llegada de refugiados). Así, las letras en cirílico eran omnipresentes al igual que las banderas de Ucrania, sea lo que fuese que pudiesen lograr.

Las cifras oficiales del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados confirman la efusión de lo que presencié. Más de 6,2 millones han cruzado a Polonia desde el inicio de la guerra. Así mismo, las cifras correspondientes son de 14,5 millones hacia Hungría, 1,25 hacia Rumania y 798.000 hacia Eslovaquia.

Estas naciones del borde este de la Unión Europea han brindado seguridad, libertad, comida, ropa, refugio, transporte, lo que sea. Entonces, ¿cuál es el problema para los críticos como nuestro amigo de The Economist?

Considero que para algunos no se trata de personas necesitadas, sino de rehacer la sociedad. En otras palabras, los fanáticos de la religión secular del multiculturalismo pretenden imponer sus doctrinas a todos. Intentan desdibujar las definiciones de “humanitarismo” y “multiculturalismo”. En este caso podemos observar claramente cómo estas naciones de primera línea están cumpliendo con el primer imperativo, sin una conexión necesaria con el segundo.

Desde la perspectiva del derecho migratorio, el Reglamento de Dublín establece que el primer Estado miembro de la Unión Europea en el que se registran las huellas dactilares de un inmigrante o en el que se presenta una solicitud de asilo, debe gestionar el proceso de asilo de la persona. Esto, claramente lo han hecho los países de primera línea. (Tenga en cuenta que no fueron puntos iniciales de entrada en 2014-2016). El Tribunal de Justicia de la Unión Europea confirmó esta regulación en 2017.

Sin embargo, antes de marzo de este año, los observadores acusaban a las naciones centroeuropeas de mostrar un trato preferencial a los ucranianos, en comparación con las anteriores oleadas migratorias, porque los ucranianos eran blancos y cristianos. No importa el Reglamento de Dublín o el hecho de que entre el 65-70% de los inmigrantes en 2015 eran hombres (jóvenes en su mayoría), mientras que durante este episodio ha ocurrido lo contrario: las mujeres y niños huyen de la guerra y los hombres ucranianos se apresuran al frente. Tampoco importa que un dictador bielorruso importó peones humanos a la ciudad de Minsk y los dejó caer en las fronteras polaca y lituana en una maniobra política.

Más aún, antes de la guerra, a los ucranianos ya se les permitía ingresar al territorio de la Unión Europea sin visa, a diferencia de la gran mayoría de los que llegaron a Europa entre 2014 y 2016, o cualquiera que intentara llegar a través de suelo bielorruso. A pesar de todos estos factores y del estallido de la guerra, los multiculturalistas predicaron en todos los rincones de los medios de comunicación.

En el ámbito de los que han llegado a Europa, según el artículo 34 de la Convención de Refugiados de la ONU de 1951, el país receptor “deberá, en la medida de lo posible, facilitar la asimilación y naturalización de los refugiados”. Por lo tanto, en lugar de llamar al “multiculturalismo”, la convención insiste en lo contrario. Cualquier ucraniano que se quede permanentemente tiene derecho a ser absorbido por completo en el país de acogida.

Durante gran parte de los siglos anteriores, los pueblos de Europa Central lucharon por preservar sus identidades a pesar de las guerras. A veces sus países fueron borrados de los mapas. Así, sus lenguas y banderas, su literatura e historia, son particularmente sagradas. No corresponde a los forasteros de ninguna nación o posición imponerles un arreglo diferente.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por The American Spectator, el domingo 25 de septiembre de 2022. La traducción y la edición ha sido gentileza de nuestro autor Juan Pablo Zúñiga H., PhD.