El “poder de las ideas” del izquierdismo
Sebastián Burr | Sección: Historia, Política

Llama la atención la facilidad y poder de convencimiento que poseen los ideólogos e ideologías de izquierda, (socialistas, comunistas, indigenistas, feministas, etc.) con jóvenes y grupos heterogéneos de la población, incluídos ciertos grupos ABC1. Y por otra parte, lo difícil que resulta combatirlo.
Si uno busca causas objetivas del asunto encuentra poco, más allá de ciertas situaciones circunstanciales generadas por abusadores, ignorantes, ladrones y populistas de todos los signos que han existido siempre a través de la historia.
Diría que dichas “causas”, provienen más bien de ciertos sentimientos o idealismos (exacerbación de los ideales), de frustraciones, etc.
Es frecuente verlo en personas dominadas por el rencor, baja autoestima, resentimiento, personas ingenuas, con un fuerte sentimiento de culpa e inclinación a hacer caridad con la plata “del Estado” y no con la propia. Y así “resolver de una” el problema social, pues a todos molesta la pobreza intelectual, funcional, emocional y también material.
Sin embargo las causas más profundas de este idealismo exacerbado son varias. En el plano histórico/filosófico el padre del idealismo es Platón (el mundo de las ideas perfectas) y es quien lo introdujo en Occidente a través de San Agustín en el Siglo IV. El Cristanismo de la época era platónico y gobernó Occidente casi 1000 años, suficiente tiempo para haber estructurado culturalmente el idealismo en todo Occidente.
A ese idealismo extremo de Platón se le opone Aristóteles quien funda la escuela del Realismo y la antropología filosófica. Dice que la tesis de su maestro Platón posee una falla estructural, esto es que ese mundo de las ideas perfectas necesita un correlato práctico, de otro modo nunca funcionará.
En otras palabras, dice que cualquier idea teórica no es ni será verdadera en tanto no se confirme de un modo práctico. Dicha máxima, sin duda, tiene todo el sentido del mundo.
Por razones que se desconocen, los escritos de Aristóteles se extraviaron llegando a Occidente recién en el Siglo XIII y fue Tomás de Aquino quien lo introduce en la doctrina cristiana intentando morigerar el idealismo platónico. En otras palabras el idealismo reinó en la cultura occidental nada menos que 1600 años, es decir sin competidor cultural. Esa es la base filosófico/política y estructural de Occidente. El idealismo.
El Realismo Filosófico en cambio, llega tarde a Occidente y lo hace cuando ya la filosofía del modernismo, con un fuerte contenido idealista, había penetrado Occidente y se instalaban las ideas liberales casi sin marco de referencia y contención. Había fracasado el gobierno teológico en Occidente de la mano de la iglesia, pues esta tampoco pudo dotarlo de correlato práctico y llevado a la vida real de las personas y análogamente a la estructura sociopolítica.
Latinoamérica padece de un modo más profundo este síndrome del idealismo, y esto porque abrazó el catolicismo y no otras corrientes teológicas cuyo dogma tenían mayor correlato práctico como las del norte de Europa y Norteamérica.
Esta pugna entre realismo e idealismo la trató muy bien Cervantes en su monumental Don Quijote de la Mancha, obra en la cual se aprecian las diferencias de cómo ven la realidad Sancho Panza (realista) y el mismo don Quijote, gran idealista.
Mientras don Quijote veía guerreros con lanzas en ristre, Sancho veía simples molinos de viento. Mientras el Hidalgo Caballero veía castillos y princesas “que lo requerían” Sancho veía prostíbulos y prostitutas desgarbadas.
Así la realidad parece ser “andrajosa” mientras el idealismo “majestuoso”.
El ser humano tiene mucha facilidad para teorizar y construir castillos en el aire, pues para ello no se requiere cumplir con leyes de ninguna naturaleza, además toma escaso tiempo. Así, desde la perspectiva idealista, criticar las construcciones o instituciones sociopolíticas de orden práctico que ha costado siglos desplegar es relativamente fácil, se hace desde la altura y sin tener que probar nada. Y en cambio a los constructores se les hace muy difícil su defensa porque toda construcción humana es siempre imperfecta. De hecho, el sello humano a diferencia de los “dioses” del idealismo es la imperfección. La construcción de una poesía toma tres o cuatro tardes de inspiración. Construir una catedral toma centenas de años.
Otro ejemplo es la de los artistas plásticos que plasman en sus telas realidades luminosas sin más que considerar las proporciones y la estética de colores.
Latinoamérica, particularmente, ha sido permeada por el síndrome idealista y alguno de sus íconos han sido la revolución y dictadura castrista, el intento de revolución marxista en Chile y la inmolación de Allende cuando él mismo decide salir “al encuentro” majestuoso de la eternidad. También la poesía de Neruda, el “realismo” mágico de Gabriel García Márquez, la teología de la liberación (Gutiérrez, Alves, Cardenal, etc.) se desarrollaron bajo la égida del idealismo marxista.
Dicho síndrome incluso afectó al gobierno militar, cuando este despliega una extraordinaria revolución macroeconómica pero exenta también de correlato práctico, pues no lleva adelante –simultáneamente- una muy necesaria revolución microeconómica que le hubiese dado sustento político a la economía de libre de mercado.
Siempre hay que tener presente aquella máxima filosófica mencionada más arriba; “ninguna cosa teórica será verdadera mientras no se confirme en cuanto práctica”.
Así al izquierdismo, dentro del contexto de la contingencia, se le ha hecho muy fácil dotar a ciertos conceptos de ese idealismo, muchas veces extremo, como ha sido con la igualdad, dignidad, justicia etc., y también así se aprecia estos mismos días en el contenido o propuestas de la nueva constitución, que son de un idealismo tal, que francamente cae en lo patológico.
No existe en el plano de la realidad física ni metafísica una cosa igual a otra, salvo en el campo fabril o industrial. En los seres vivos existe la semejanza pero no la igualdad; lo demuestra el ADN, ninguno igual a otro. La gran gama de cualidades, propósitos, vocaciones y biografías de las personas… todas también difieren entre sí.
Y son esas diferencias justamente las que determinan nuestra dignidad, eso único que cada uno de nosotros tiene.
Es deber del estado crear los espacios necesarios en una sociedad para que cada uno de los ciudadanos pueda desplegar libremente aquello único de su personalidad y concretar sus proyectos.
Emulando a Nicanor Parra, el izquierdismo trabaja sus “ideas” considerando un hombre imaginario, una sociedad imaginaria, igualdad imaginaria, dignidad imaginaria, estado imaginario y mundo imaginario.




