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Barroco (y II)

Otra de las calumnias circulantes sobre el Barroco, reveladoras de la falta de sentido de lo sacro propia de nuestra época, es presentarlo como un movimiento pesimista. El arte barroco puede, desde luego, señalar que en la belleza de las cosas anida su decrepitud, pero sin olvidar que esa decrepitud es semilla de inmortalidad. Frente al idealismo renacentista, que exaltaba la belleza de la materia, el realismo barroco no deja de recordarnos que esa belleza es pasajera y accidental, apenas una fugitiva apariencia en la que late secretamente la fealdad, un falso esplendor en el que palpita la gangrena del tiempo, heraldo del dolor y de la muerte. De este modo, la fugacidad de la vida, que para el Renacimiento había sido un opíparo botín que debía ser urgentemente apresado, se convierte en el Barroco en objeto de meditación y melancólica gravedad. El Barroco no niega la belleza del mundo, pero la juzga fungible y, por lo tanto, insuficiente para colmar los anhelos humanos; de ahí que cada júbilo porte una semilla de desengaño, de ahí que cada instante nos recuerde que somos ‘presentes sucesiones de difunto’, de ahí que las pompas mundanas se tiñan de postrimería.

Pero esta inquietud, que se plasma en un arte convulso y desgarrado, no es ni mucho menos desesperada; junto a las formas que pesan y arrastran al hombre hacia la tierra, el Barroco celebra las formas que vuelan e impulsan al hombre hacia el cielo. Y ambas formas entablan un combate desgarrador: el hombre está lastrado por las consecuencias del pecado original; pero para superar esa condición frágil cuenta con una inyección de sobrenaturalidad, cuenta con la acción de la gracia peleando con el barro con que ha sido modelado. En el arte barroco lo sacro y lo profano entablan un combate formidable: el pecado y la conversión, la carnalidad más escabrosa y el misticismo más sublime disputan el protagonismo, haciendo del ser humano y de la naturaleza entera una enconada palestra que parece a punto del rompimiento. Frente a los arquetipos idealizados del Renacimiento, el Barroco fija su atención en cada figura humana, en cada acción humana, en cada gesto humano, con exagerada minucia. Sabe que en el libre albedrío de cada hombre se dirime su destino; sabe que en las más asquerosas realidades de la vida puede anidar la Redención, sabe que en la gusanera está prefigurada la gloria.

Esta concepción de la vida es el alma del Barroco. El ser humano abandona los ropajes arquetípicos del Renacimiento para convertirse en criatura perecedera que, sin embargo, vivirá eternamente después de la resurrección, ser libre cuyo destino está en sus manos y cuyo ideal supremo es la salvación personal. El Barroco no es, como lo percibe torpemente D’Ors, un ‘estilo’ que florece en los finales de los períodos clásicos –alejandrino, plateresco, churrigueresco, etcétera–, sino la profunda raíz humana de las formas expresivas españolas, que traslada una emoción religiosa a la materia, que inunda la literatura y el arte del desgarro y la tensión que anidan en la salvación de cada individuo. No es un mero estilo superador de las formas renacentistas, no es un estilo ostentoso o exaltado contrapuesto al estilo equilibrado o sereno del clasicismo, no es un cambio de las formas lineales a otras más libres o recargadas.

Mucho menos es vértigo ante el vacío, como pretenden tratadistas huérfanos del sentido de lo sacro. El Barroco es un impulso ascendente, contrastado sin embargo con la sensación de ser arrastrado hacia abajo. Su esencia última es un anhelo de infinito concebido desde la conciencia de nuestra finitud y debilidad terrenales; y esta contradicción aparente se resuelve a veces de forma tremenda y desaforada –sólo a veces, pues el arte barroco tiene sobrados exponentes de equilibrio, desde Lope a Murillo– en una especie de sublime locura que aspira a fundirse con la eternidad. El Barroco nos muestra, en fin, que una conciencia desgarradamente carnal de finitud y fragilidad puede sin embargo albergar un ansia de abrumadoras grandezas; y este contraste entre la realidad terrena y la realidad sobrenatural –ofrecido a veces en medio de una turbamulta confusa, otras a través de una serena gravedad– crea una majestuosa tensión que el arte nunca había sido capaz de plasmar antes. El Barroco es un arte espiritualizado que trata de alzarse sobre la mera materia sin renunciar a ella, sin prescindir de ella, como tantas veces habían probado antes (y probarían después) las más diversas corrientes estéticas idealistas.

El Barroco, en fin, es el signo de la genialidad española. Llamadme, pues, escritor ‘barroco’; no se me ocurre otro elogio más encendido.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por ABC-XL Semanal, el sábado 07 de mayo de 2022.