Conversación truncada
Antonio Correa | Sección: Historia, Política, Sociedad
Ya sea reunidos en torno al fuego primitivo o a una cómoda mesa del siglo XXI, la necesidad de hablar para comunicarnos con otros ha estado invariablemente presente en la historia del hombre, no sólo para relatar historias y dar cuenta del mundo que nos rodea, sino también para expresar ideas y opiniones, es decir, justificar y dar razones de nuestras decisiones. Está en nuestra esencia la posibilidad de expresarnos para comunicarnos, y así poder dialogar con otro.
Sin embargo, en el Chile de hoy se hace cada vez más difícil entablar discusiones reales (es decir no solo comunicar, sino que dialogar) incluso entre cercanos, ¡cuánto más entre desconocidos!, sobre cualquier tema que alcance cierta profundidad argumentativa. En vez de diálogos, se generan intercambios que tienden a decantar en peleas en las que el peso se lo lleva la denostación, por sobre la argumentación. Los medios para comunicarnos, aún estando desarrollados como nunca (quizás por eso mismo), han impuesto una rapidez que no permite detenerse a considerar razones más allá de 140 caracteres ¿Es acaso posible argumentar en ese espacio? No pretendo que cualquier conversación de amigos, o el almuerzo del domingo, se transforme en una discusión entre poetas o filósofos, pero es verdad también que no solo a ellos está reservada la reflexión sobre nuestras inquietudes más profundas.
Hay un problema educacional, por cierto, detrás de la anorexia argumentativa: poco se promueve en la educación escolar la discusión, la escritura de ensayos argumentativos, o incluso de columnas (es cuestión de mirar los comentarios en los medios digitales en que se insulta, increpa, alega o sostiene un punto pero en los cuales se dan pocos argumentos en general).
Paralelamente a la pobreza de ideas, corre una razón no menos grave. En una sociedad como la nuestra, volcada a la interioridad de cada cual, ha dejado de ser necesario dar razones o explicar nuestras decisiones pues ellas son manifestación de un espacio interior que bajo los parámetros actuales debería ser intocable. Así, no es raro ver que alguien al ser requerido de los argumentos que sostienen su posición respecto a diversas materias, responda simplemente “no importa por qué, yo lo creo así”. Lo que importa es mi justificación individual, independiente de todo marco moral común. Esta negación total a al dialogo, corta cualquier posibilidad de descubrir puntos de encuentro, ámbitos comunes. Corta la posibilidad de encontrar al otro en sus aspiraciones y preocupaciones más profundas, en definitiva, no hay posibilidad de encuentro real.
El derecho refleja esta capacidad del hombre para dar razón de sus propios actos, exigiendo siempre, motivos, circunstancias o acciones. Por lo mismo se dice que el derecho es una razón. Es por ello tan extraño, y al mismo tiempo un giro tan grande, que se haya establecido en nuestro ordenamiento jurídico la posibilidad de renunciar por pura voluntad, sin razones, a obligaciones contraídas (como en el caso del divorcio unilateral) o también que se pretenda el reconocimiento jurídico a ciertos hechos sin mayor testimonio que el de la pura voluntad (se pretende permitir, en la discusión sobre el derecho a identidad de género, a los niños cambiarse de sexo sin la intervención de sus padres y sin consulta a un médico psiquiatra; o, por otro lado, hoy se permite a algunos reconocerse como indígena sólo por el hecho de manifestarlo, como lo establece la Ley No 19.253).
En síntesis, la tendencia legislativa y social nos muestra que nuestra nación se ha encaminado hacia un trance donde poco importa cómo justificamos nuestro actuar, ni qué razones damos para sostener lo que creemos. ¿Hasta qué punto nos someteremos al arbitrio de la simple subjetividad? ¿Cómo podemos salir al encuentro del otro sin la mínima disposición a dar razones de la propia interioridad? ¿Cómo podemos reconstruir ese dialogo perdido?
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Tercera.




