Se desgrana el choclo
Juan Ignacio Brito | Sección: Política, Sociedad
Cuando Jaime Guzmán fundó la UDI como movimiento hace más de tres décadas, propuso una renovación “tanto en las personas como en los estilos”, un “nuevo modo de hacer política” donde “no haya soberbia” y “las decisiones políticas se asuman como fruto de estudios serios”. Más tarde sostendría que el proyecto político de la UDI “apunta a una sociedad libre, justa y basada en sólidos valores morales”, añadiría que “nunca caeremos en el oportunismo acomodaticio” y escribiría que el partido “es y será siempre confiable para quienes se mueven por principios y convicciones”.
Durante un tiempo, la UDI fue eso. Sin embargo, hace años que ya no lo es. El espectro de Guzmán se diluye y en su lugar emergió una máquina de poder obsesionada con ganar a toda costa. ¿Resultados? Éxito momentáneo y confusión duradera, quizás terminal. Hoy, la UDI es el partido más grande, pero también el más aproblemado. Sigue siendo gobernada en los hechos por la generación que la vio nacer, la misma que acaba de bloquear la candidatura a dirigir el partido de un diputado joven e inspirador; varias de sus figuras históricas han sido acusadas ante tribunales por corrupción; perdió la presencia activa que tuvo en sectores populares; ha confiado su campaña municipal a Joaquín Lavín, probablemente el líder que mayor responsabilidad tiene en el extravío doctrinario de la UDI, merced a su promoción del cosismo como vía política y a genialidades como el “bacheletismo-aliancismo” que alguna vez dijo profesar.
Así, no cuesta simpatizar con la decisión del diputado José Antonio Kast de abandonar una UDI manejada demasiado tiempo por controladores, cansado de esperar una oportunidad para él y su generación, consciente de que el partido “necesita una renovación” y desilusionado porque la agrupación se alejó de su proyecto fundador y está dominada por el afán de “ser el partido más grande a cualquier costo”.
La directiva ha respondido a la salida de Kast diciendo que está empeñada en la renovación y en un “proyecto modernizador”. ¿Alguien le cree? Al continuar aferrados a sus cargos y posiciones de influencia, los antiguos dirigentes conducen al partido hacia el colapso. Si no sueltan pronto, alejarán a los mejores y se van a quedar en mala compañía. Peor aún, terminarán hundiendo el proyecto que muchos de ellos ayudaron a fundar cuando eran jóvenes y todavía sentían en el pecho el fuego del llamado al servicio público y la voluntad de cambiar el país.
Hay un consuelo: esto también ocurre en otras tiendas, por lo que las afectará a todas por igual y no habrá un efecto electoral considerable. Pepe Auth renunció al PPD porque era incapaz de seguir militando en un partido que le provocaba rabia y decepción, mientras René Saffirio dejó la Democracia Cristiana después de calificarla como “mafia”. Todo lo cual sugiere que la enfermedad es, en realidad, una epidemia y que el contagio del virus recorre las venas de nuestro sistema político. Puede ser, pero vale la pena recordar que el mal de muchos es consuelo de tontos.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Tercera.




