Agresividad virtual, violencia real
Pilar Guembe y Carlos Goñi | Sección: Familia, Sociedad
En los últimos años ha aumentado preocupantemente la violencia que ejercen los hijos sobre sus padres. Como pone de manifiesto el Informe Menores violentos, realizado por el Instituto Internacional de Estudios de la Familia, entre 2007 y 2014 los casos de violencia filioparental han crecido un 223% en España, sobre todo, en familias de clases medias y altas. El Informe ha puesto además de manifiesto que el abuso de las TIC juega un papel “dinamizador” de las nuevas conductas violentas: así, por ejemplo, estilos punitivos del tipo “te quedas sin” (ordenador, móvil…), usados como medida educativa habitual, pueden ser en ocasiones el detonante de un acto violento.
Una de las claves del aumento de este tipo de violencia es la falta de atención de los padres al tiempo de ocio de sus hijos. En muchas casas se permite que los menores monten su particular botellón electrónico, que se atrincheren entre pantallas y que se desentiendan del resto de la familia. Esta actitud puede llegar a transformar las relaciones familiares en un campo de batalla cuando la intervención de los padres se interpreta como un asalto al campamento tecnológico que tiene instalado un hijo o una hija en su habitación.
Sin darnos cuenta, hemos convertido las pantallas en ositos de peluche: las utilizamos para que nuestros hijos se tranquilicen, para que les hagan compañía, incluso les permitimos que se las lleven a la cama, como si fuera su talismán preferido, para que puedan conciliar el sueño. ¡Cuántos niños y adolescentes duermen con su teléfono móvil! Y cuando, por la razón que sea, el peluche tecnológico queda fuera de funcionamiento (como cuando un bebé pierde el chupete), entonces se desvanece el efecto tranquilizador y la agresividad contenida da paso a la violencia. No digamos nada si son los padres los que se interponen entre los hijos y las pantallas. Entonces saltan chispas.
Para hablar de esta nueva violencia filioparental, tenemos que hablar de una mala gestión de la agresividad. La agresividad la componen un conjunto de emociones, como la ira, el enfado, la rabia, que tiene la función de ponernos en guardia ante un ataque exterior y posee un importante valor adaptativo. La agresividad no es mala si está bien encauzada. Si no lo está, genera violencia. Pensamos que las pantallas no solo alimentan la violencia, sino que convierten la agresividad en algo virtual, ya que en vez de purgarla la rebotan, y vuelve al usuario; es decir, que, al igual que un espejo, la pantalla en vez de absorberla, la refleja. El resultado de esta agresividad virtual es una violencia real.
¿Qué podemos hacer? Algunas ideas:
- Nunca debemos usar las nuevas tecnologías (el móvil, el ordenador, la tablet…) como premios o castigos. Si lo hacemos, les estaremos dando un valor que no tienen.
- Controlemos el tiempo que dedican a jugar o a estar en Internet o con el móvil y los contenidos a los que acceden. Si perdemos el control sobre ambas cosas, hemos perdido mucho de la autoridad que nos corresponde ejercer.
- No permitamos que nuestros hijos conviertan sus habitaciones en un búnker tecnológico. Tengamos, por ejemplo, zonas comunes para utilizar Internet. Por supuesto, no se duerme con el móvil (existen los despertadores).
- Evitemos el uso temprano de las nuevas tecnologías. Es la mejor forma de prevenir el abuso.
- Demos ejemplo. No caigamos en contradicción. No podemos exigir si no nos exigimos. Sería como mandarles un WhatsApp para que desconecten el móvil.
- Planteemos otras alternativas: salidas, deporte, aficiones, actividades con amigos…
La tecnología es un sustituto demasiado frío del calor que necesitan nuestros hijos.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por los autores en su blog Familia actual, https://blogs.aceprensa.com/familiaactual/.




