Público y privado
Rodrigo Pablo Pérez | Sección: Política, Sociedad
Los últimos años de la política chilena se han visto acaparados por una lucha por la delimitación de los ámbitos de lo público y lo privado. La izquierda ha entendido por lo primero un área en el cual los derechos individuales y el egoísmo no tienen lugar; en la que el Estado, distribuye los recursos a que todos tenemos derecho solo en consideración a nuestro carácter de ciudadanos. Y, por lo segundo, un ámbito de la realidad donde la única ley que impera es la del egoísmo; donde las personas pueden actuar sin respeto a ninguna norma moral que le mande a tomar cuidado de su prójimo.
Esto es, sin duda, el resultado de esa concepción del hombre que, como hemos comentado en escritos anteriores, lo concibe como la única medida de todo; como un ser independiente del resto y que en principio no debe nada a nadie, pudiendo además disponer de sí mismo a su antojo.
Ante esta realidad, la mentalidad humana que no reconoce más ley que la positiva o práctica; ve como única solución al egoísmo imperante el entregar la administración de los bienes básicos para asegurar la digna existencia al Estado. Con todo lo malo que puede tener eso, es mejor que vivir en una sociedad donde el más fuerte explota a su semejante; sostienen los grupos de izquierda.
Olvidan, sin embargo, la frase de Galbraight: “el capitalismo es la explotación del hombre por el hombre y el comunismo es todo lo contrario”. La cual nos recuerda que la avaricia puede representarse a través de la empresa privada o los poderes públicos, y que aquel hombre nuevo de la sociedad de la igualdad no existe. Además, los costos de estas ideas utópicas son enormes: se castigan las economías; la creatividad; las libertades de conciencia y de expresión, e, incluso, en último término el derecho a la vida de los disidentes es vulnerado. Todo en busca de un ideal que nunca se alcanza.
Ante este panorama desolador, debemos decir que la salida no está ni en más Estado ni en más mercado. Ni el socialismo ni el capitalismo son capaces de traer la igualdad a los hombres, ni de darle a cada uno su justa recompensa. La salida está en reponer las nociones de justicia y reciprocidad en la sociedad.
Por lo demás, ambas nociones son básicas para el buen funcionamiento tanto del Estado como del mercado. Es la noción de reciprocidad y colaboración la que nos lleva a formar la sociedad, la cual todos deseamos organizar sobre la justicia. Cuando esos principios se olvidan, sobreviene la guerra entre los distintos agentes sociales, la cual siempre termina en un daño para todos.
Recuperar esta noción pasa por llamar a los privados a colaborar con el bien común; a recordar que un buen mercado requiere de normas claras y justas que hagan que las personas se sientan percibiendo beneficios y no siendo explotados.
Para esto, no solo es importante fortalecer las iniciativas públicas que buscan proteger a los más desvalidos en contra de los más fuertes, sino que, a su vez, promover las buenas iniciativas privadas reconociendo y protegiendo sus enfoques.
De este modo, la línea argumental que se ha seguido en educación, según la cual la educación auténticamente pública es la estatal, lo único que hace es aumentar el egoísmo y la fragmentación de nuestra sociedad. Si hay grupos que desean participar a su manera del desarrollo de los demás, cumpliendo un 90% del tiempo funciones que, de no estar ellos, correspondería a un organismo del Estado realizar, deben considerarse público.
De lo contrario estaremos prohibiéndole a la gente ser generosa y de ese modo en lugar de cultivar esa virtud, daremos lugar al vicio contrario, con el que iremos incubando nuevos conflictos sociales.




