Exitismo y disculpas

Rodolfo González Gatica | Sección: Política, Sociedad

#08 foto 1A una persona que ha sido elevada a posiciones de poder, que surge gracias a sus méritos y al apoyo de un equipo, que se siente responsable de guiar el destino de otros y que comete errores en el ejercicio de su cargo o incluso en la actuación de otros roles, suele costarle aceptar públicamente el hecho de fallar y es frecuente (no normal) buscar culpables hasta donde la evidencia de la realidad le alcance. Entonces asume una postura de víctima y busca el consuelo de los más cercanos achacando la responsabilidad a los más lejanos para no tener el riesgo de ser confrontada.

A una sociedad como la nuestra, que se mueve en un entramado de éxitos de corta historia y breve alcance, con resentimientos alimentados a diario durante décadas, con inseguridades culturales y cargos de conciencia vecinales, y probablemente con varios componentes sociológicos y emocionales más, le cuesta reconocer los errores, ofrecer las disculpas y enmendar el rumbo.

Y es que el éxito –tal como lo hemos comprado– nos aleja ficticiamente de nuestra condición humana falible y nos eleva a un podio para el que no nos hemos preparado y que, estando en él, nos resulta incómodo por las envidias que genera, por los ataques que implica, por la exposición que supone. Y es que alcanzar resultados altos, legítimos y nobles exige –además de la satisfacción natural de conseguirlos– el saber entenderlos y administrarlos con madurez para evitar ser víctima de ellos mismos. “Detrás de un gran poder hay una gran responsabilidad”, solemos escuchar en películas de héroes y villanos universales.

Porque no resulta fácil triunfar es por lo que hay que prepararse para ese estado, con más razón si ha habido un empeño fuerte por alcanzarlo. Y Chile no se preparó para el triunfo, para el éxito, sino que lo alcanzó producto –indudablemente– del esfuerzo de algunos, del trabajo de otros, de la lucha diaria de muchos. Pero faltó en ese esfuerzo, trabajo y lucha incorporar la preparación para el resultado, para cuando llegara esa meta tan anhelada. Y es que la humildad, la sencillez y la austeridad son la mejor escuela para administrar el triunfo. Sus contrarios son los compañeros naturales del  mareo del éxito y los cómplices de la incapacidad de reconocer errores y fracasos.

Para edificar un ambiente de confianza –que pareciera ser en anhelo de todos hoy día–  hay que contar con la realidad, con la terca realidad, con esa señora que suele amenazar las expectativas, los sueños y los programas y que –cuando es aquélla la que triunfa– obliga al derrotado a enmendar el camino. Pero toda enmienda se construye desde el reconocimiento del error, del delito, de la falta y este reconocimiento pavimenta el camino de la confianza, al ser parte de la realidad. Así como el triunfo es una cara de la moneda, la falla es su reverso. El aplauso como manifestación del reconocimiento al triunfo exige la disculpa en la otra cara de esa misma realidad. Aplauso y disculpa, dos hermanos que acompañan siempre al éxito y al fracaso.

Y así como el triunfo aparece primero en la mente del protagonista y el aplauso surge como consecuencia de la percepción de la audiencia, la disculpa debe surgir primero en la conciencia del que falla antes que el auditorio exija su reconocimiento o la justicia presente evidencias del delito. Esa preparación le ha faltado a nuestros políticos, a nuestros empresarios, a los dirigentes de todo tipo, a futbolistas y al ciudadano de a pie, en un fenómeno que ejemplifica a diario la moral de “todo se vale mientras no me pillen”.

No sé si Chile es un país corrupto pero sí es un país de pillos. Tanto es así que se celebra la pillería mientras ésta no reciba un castigo público. Incluso en esas circunstancias solemos defendernos como gatos de espalda detrás del segundo precepto moral: “es que todos lo hacen”.

Se  ha puesto de moda, entre políticos y periodistas, hablar de “los temas país”, “aquello que tenemos que resolver como sociedad” o “deudas históricas que debemos asumir”. No me queda claro cuál es el alcance de esas expresiones. Si es algo que nos conviene a todos, que nos atañe a todos,  me parece correcto afirmar que como sociedad tenemos que aprender a administrar el triunfo y el error, con madurez y responsabilidad. Si, por el contrario, esas formas de hablar nos conducen a una irresponsabilidad colectiva que diluye el compromiso personal, entonces estamos en presencia de otra manera de escapar del reconocimiento del error, un nuevo eufemismo para decir que no hubo error personal, sino “una falla como sociedad”.

Ojalá sepamos transmitir a nuestros hijos los caminos correctos al verdadero  triunfo y la forma de vivirlo, así como la manera de reaccionar cuando éste no se alcanza o cuando el camino se pone cuesta arriba. La receta, en cualquier caso no es apelar a un problema colectivo e irresponsable, aunque muchos lo hagan y aunque a muchos ni siquiera los pillen.