El alma telúrica de Chile

Enrique Subercaseaux | Sección: Educación, Sociedad

#04-foto-1 “El hombre es una cuerda tendida sobre el abismo. Es peligroso pasar al otro lado, peligroso permanecer en el camino, peligroso mirar hacia atrás: peligroso pararse y peligroso temblar”.

Así hablaba Zaratustra, Friedrich Nietzche

 

Chile, país de desastres naturales. Cordillera, mar y aire se embravecen a la menor provocación subjuntiva. Nadie sabe ni siente, y se desata la calamidad. Estas vicisitudes tremendas son absolutamente incontrolables. Acaecen y el daño está hecho. Claro que leyendo a los “líderes” de opinión, de hoy, pero también a los de ayer, pareciera que “ellos” lo tienen todo bajo control.

Vano engaño. El factor sorpresa es el que más nos afecta, y ha ido dotando al chileno de una reserva y de una reticencia porque, en el fondo, se da cuenta que lo esencial y lo importante está totalmente fuera de su control. Y es así que con el paso de las generaciones, todas van dejando su huella imperceptible dentro de nuestro ser y de la sociedad, el alma del individuo, a la par que el alma de la sociedad (que no es más que la sumatoria de las individualidades) luce heridas profundas que afloran de tarde en tarde, suscitadas (nadie puede estar seguro) por eventos, ideas e influjos que no parecen tener explicación inmediata.

El Alma es el núcleo vital del individuo: no parece tener ni principio ni fin. También, al parecer, nos precede en nuestra existencia, y se proyecta más allá de nuestra muerte. Es decir, no tenemos seguridad de sus dimensiones, ni tampoco podemos dominar ni su ámbito ni sus contenidos. La mayor parte de ellos pertenecen a la esfera del subconsciente, el cual aflora, se proyecta y actúa sobre nosotros y nuestra voluntad en los instantes menos sospechados. De allí la importancia del autoconocimiento, y poder alimentar el alma a través de nuestras relaciones afectivas, nuestra interacción social y nuestro proceso educativo.

Ello trae, como extensión, que al ser éste un esfuerzo colectivo (esto del desarrollo del alma) la proyección social de la misma tiene una importancia fundamental.

De allí la necesidad de encaminar bien el debate de los temas centrales de nuestra sociedad (que no son exactamente la reforma tributaria) y reconocer cuales elementos deben cuidarse y privilegiarse con el objeto de lograr un desarrollo individual y colectivo.

Hechos como las olas de solidaridad ante las catástrofes naturales muestran que el Alma está atenta y se expresa cuando las fuerzas de la naturaleza desplazan las placas que recubren y protegen las esferas más recónditas del colectivo. O cuando, como en días recientes, una victoria deportiva lleva a la masa a expresarse de manera descontrolada y violenta: es la desmesura de nosotros mismos la que no se contiene y aflora en momentos de emociones que son capaces de remover nuestro buen criterio.

Muchos autores señalan que el chileno es gris y chato, y que tiene dificultades en expresar adecuadamente su yo íntimo. A muchos se les olvida que la “expresión” es fundamental en la vida de una persona. Para expresar debe existir un conocimiento, y poseerse unos códigos sociales que permitan la comunicación creativa y sincera. Algo que, lamentablemente, adolece de fallas cuando existe un sistema educativo que no logra estándares mínimos en la expresión del lenguaje oral y escrito.

No es solo culpa de los colegios y los profesores, sino también de las familias y del propio individuo quien, en último término es responsable de adquirir habilidades que son vitales para su desarrollo personal, como individuo y como actor social. Estudiar y crecer son en primer y último término una responsabilidad propia.

Así, asoma la importancia de un correcto enfoque en la educación y la proyección de esta en el individuo y en la sociedad. Porque ¡ojo!, la sociedad es la sumatoria de individualidades, y cuando se ha querido anularlas, el péndulo de la historia, invariablemente vuelve y con redoblada fuerza. Es iluso querer controlar y minimizar a un individuo desde el momento en que el núcleo vital del mismo tiene no solo vida propia, sino que domina la razón y la pasión de su envase terrenal.

Existe, en toda esfera de la política, una voluntad por controlar y por normar. Generalmente se cae en excesos. Pero hay ciertas áreas especialmente sensibles y delicadas, ya que no hay mayor conocimiento de las mismas. Ni de sus razones ni de sus imprevisibles consecuencias, dominadas por dinámicas muy difíciles de desentrañar. Ocuparse de ellas, desde el ámbito político, es no solo contraproducente sino que negativo. Coarta libertades explicitas e implícitas del individuo. Al final, se coarta la posible búsqueda de la expresión vital, sin la cual, las sociedades se empobrecen a pasos agigantados.

Chile es un país individualista. El fenómeno esta latamente estudiado, por lo que no hay que ejemplificarlo. Este individualismo es uno de los factores que impiden la adecuada construcción del alma individual y colectiva, ya que en el proceso se requieren altas dosis de generosidad desinteresada, solidaridad y amor. Empatía y compasión son los conceptos claves. El individuo, al ignorar parte importante de su yo interior, mal puede ser consciente de los instantes exactos en que emprende el desarrollo interno de su ser. Y, por extensión, termina ignorando la necesidad y los beneficios de esta creación colectiva y solidaria.

La cultura juega un rol fundamental. Y aquí Vargas Llosa en un reciente ensayo arremete, con toda razón y documentación, contra la “cultura del consumo”, aquella de gratificación instantánea. Cuando, es precisamente los ecos de la experiencia cultura lo que nos hace pensar y crecer como individuos. Es, en síntesis, una cuestión de frivolidad ambiental.

#04-foto-2Y volvemos a lo telúrico. Así como no conocemos, ni podemos prever la frecuencia y magnitud del desastre, tampoco podemos conocer y dominar nuestro yo interno, con lo que la vida se nos hace más pobre, con menos sentido y con menos posibilidades de recoger los frutos de la vida. Quizás podríamos intentar canalizar las fuerzas subconscientes de la naturaleza en nuestro propio provecho. Para ello se requiere valentía, curiosidad vital y un enorme sentido de autocompasión: entender que, al final todo nace y termina en nosotros mismos, pero que, al estar insertos en una dinámica social, son los derechos y obligaciones (por igual) los que determinan cual es nuestro verdadero sitial dentro de un grupo humano.