El furor y el delirio
Gastón Escudero Poblete | Sección: Historia, Política
El estudio de la historia a través de la lectura se puede realizar en dos planos: “desde arriba” y “desde abajo”. El primero está conformado por aquellas obras escritas por profesionales de la historiografía en las que se presentan los hechos del pasado acompañados de detalles, fechas, nombres, en fin, datos de todo tipo. El segundo consiste en escritos de carácter vivencial (biografías, memorias) en que los fenómenos históricos se nos muestran, por decirlo así, “hechos carne” en personas cuyas vidas son dramáticamente afectadas por los acontecimientos.
“El Furor y el Delirio” (TusQuets eds.) es un libro que se inscribe en la perspectiva vivencial. Su autor, Jorge Masetti, fue un guerrillero hijo de guerrillero nacido en Argentina a mediados de los años ´50 y criado en Cuba. El padre participó en la revolución cubana y desapareció tempranamente de la vida del muchacho, incluso antes de su muerte, pues impulsado por su compromiso con la causa revolucionaria y por la falta de compromiso con su esposa y madre del autor, vuelve al país natal en calidad de guerrillero y muere como tal: haciendo guerrilla. La madre, sola y enferma, vuelve a Argentina en busca del apoyo de la familia, pero no pudo darle al muchacho el sólido anclaje de una sana estructura familiar, lo cual inevitablemente hizo mella en la psiquis del hijo.
Marcado por la vida y ausencia del padre, en 1972 Masetti se integra al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), movimiento político argentino de inspiración marxista. Un tiempo después de su ingreso al ERP Masetti vuelve a Cuba para recibir formación militar, la que usará en su participación en actividades subversivas en Panamá, Nicaragua, México, Chile y Argentina hasta fines de los años ´80, época en que el régimen cubano le encomienda la realización de negocios en Angola. Es entonces cuando conoce a su tercera compañera y segunda esposa, hija y sobrina de dos destacados militares cubanos, hermanos de apellido “de la Guardia”, compañeros de Fidel desde los inicios de la revolución.
A los pocos meses la tragedia se cierne sobre la familia. El suegro y su hermano, junto con otro prócer de la revolución ‒Arnaldo Ochoa‒ son acusados por el régimen castrista de tráfico de drogas y otros negocios ilícitos, hechos reales pero que los acusados (más tarde condenados y dos de ellos fusilados) habían desarrollado con el consentimiento y conocimiento del propio gobierno cubano con el fin de obtener divisas para el país y recursos para financiar la guerra angoleña. Había llegado el momento en que Masetti culminara un largo proceso de desengaño con la causa que se había convertido en el sucedáneo de la familia que nunca tuvo de verdad. El hombre que encarnaba esa causa, el comandante idolatrado por muchos jóvenes latinoamericanos izquierdistas, no era más que un ególatra dispuesto a eliminar a cualquiera ‒incluso de entre sus propios partidarios‒ que cometiera el crimen de atreverse a pensar por sí mismo, más aún en una época en que la perestroika había derrumbado a la URSS, Nicaragua dejaba atrás el régimen sandinista y la economía cubana daba signos de definitivo fracaso, circunstancias que amenazaban con llevar la Revolución Cubana al mismo fin de los regímenes comunistas de Europa Oriental.
La huida de Cuba junto a su esposa para radicarse en Europa da paso a la reflexión y cuestionamiento acerca de la veracidad de la causa y lo hecho con la vida: “Cuando observo la que fue mi vida… y la de tantos otros, caigo en la cuenta de que la revolución ha sido un pretexto para cometer las peores atrocidades quitándoles todo vestigio de culpabilidad. Nos escudábamos en la meta de la búsqueda de hacer el bien a la humanidad, meta que era una falacia, porque lo que contaba era la belleza estética de la acción”. La autocrítica es salvaje, despiadada: “Éramos la avanzada de la revolución cubana, los niños mimados de Fidel Castro… que no fuimos elegidos ni por nuestra inserción en las masas ni por nuestro espíritu de sacrificio cotidiano. Éramos elegidos por no pertenecer a nada, sin religión ni bandera, con una capacidad de aventura muy desarrollada, y con un grado de cinismo no menos importante”.
La causa revolucionaria queda, en estas reflexiones finales, despojada de todo su ropaje romántico: “Hoy puedo afirmar que por suerte no obtuvimos la victoria, porque de haber sido así, teniendo en cuenta nuestra formación y el grado de dependencia con Cuba, hubiéramos ahogado el continente en una barbarie generalizada. Una de nuestra consignas era hacer de los Andes la Sierra Maestra de América Latina, donde, primero, hubiéramos fusilado a los militares, después a los opositores, y luego a los compañeros que se opusieran a nuestro autoritarismo; y soy consciente de que yo hubiera actuado de esa forma”.
Llegado a este punto, Masetti, en un acto de verdadera valentía ‒que contrasta con la impulsividad con que se lanzó tantas veces a cometer atentados contra la vida y propiedad de otros‒ desgarra su alma de modo que al fin puede arrojar la podredumbre en la que años de práctica marxista la habían sumido: “Es muy cómodo contentarse con la excusa de haber actuado siempre con honestidad hasta darnos cuenta de la verdad; es muy cómodo invocar el argumento de haber sido manipulados, como es muy cómodo, también, escudarse detrás de la lucha contra las dictaduras militares para justificar los abusos. Es necesario revelar la parte oscura, esa parte inconsciente relacionada con la fascinación por el poder, vecina de la tendencia a practicar la crueldad, porque no sólo tratamos de destruir a nuestros enemigos, sino que destruimos a nuestras compañeras, a nuestros hijos, a colaboradores; en realidad, durante esos años de lucha, destruíamos sin construir nada”.
Espero y pido a Dios que la catarsis de Masetti que se tradujo en este libro lo haya redimido a tiempo para hacer del resto de su vida algo digno de ser vivido. En lo que a mí respecta, el relato de su experiencia motiva algunas reflexiones:
– El poder destructor del marxismo no debe ser subestimado, y no me refiero a lo que le hace a la convivencia nacional, a los países, sino a las personas individuales que lo abrazan. Ningún ser humano merece ser llevado a la sima de odio, resentimiento y depravación que obra el marxismo en el alma humana.
– Tampoco se debe subestimar el peligro que vivieron los países latinoamericanos en los años ´70 de haber caído en el comunismo. El propio Masetti describe lo que pudo haber sido, por ejemplo, de Chile, en caso de ellos triunfar: “…no deja de ser doloroso constatar que Cuba, que se enorgullecía de haber erradicado la prostitución, hoy la practica masivamente… Hoy Cuba es un país destruido, una sociedad humillada. Al cubano que no recibe dólares del exterior no le queda otra opción que prostituirse”.
– La crisis a la que el gobierno marxista de la Unidad Popular condujo a Chile no podía sino resolverse de modo violento. Las palabras de Masetti no dejan lugar a dudas. El levantamiento armado de 1973 fue, entre otras cosas, un enfrentamiento entre, por una parte, hombres de bien que alguna vez abrazaron la carrera de las armas llevados por el afán de servir a la Patria y, por otra, hombres como Masetti que, enceguecidos por su ideología, “destruían sin construir nada”.
– El que hoy en Chile políticos de derecha, jueces, periodistas y tantos ciudadanos ‒incluso militares (¡ay!)‒ se rindan ante la revisión histórica izquierdista formando coro para condenar a nuestros hombres de armas, desconociendo intencionalmente las circunstancias bajo las que debieron actuar para salvar a Chile de la amenaza comunista, aceptando que muchos de ellos, siendo inocentes, sean condenados mediante procesos judiciales sesgados, con resultados determinados de antemano y con desconocimiento de principios jurídicos universales, constituye una opción a favor de los Masetti y en contra de nuestros soldados, error imperdonable que me avergüenza como chileno. A esos soldados, sus esposas, sus hijos, mi más sentido respeto y mi oración. Hago mío su dolor ante tamaña injusticia.




