Una nueva forma de buscar la libertad
Gonzalo Carrasco A. | Sección: Política, Sociedad
El hombre tiene vocación a la libertad. Digo vocación en el sentido de un llamado a ella, que en ocasiones se puede alcanzar y en otras se puede reducir, en la medida en que cumplamos más o menos nuestros fines propios de seres humanos. Y éste ha sido el esfuerzo constante que ha realizado el hombre para alcanzar su felicidad, esfuerzo deformado muchas veces, intentando crear instrumentos de organización política que hasta el momento no han podido dar aquella estabilidad.
Ciertas formas de organización política, como algunos clericalismos en el siglo XVI (sabemos que en la época medieval hubo gobiernos estupendos) en que “las monografías existentes al respecto demuestran qué adaptable era la Iglesia establecida, y qué débil la fe de los Obispos” (J. Ratzinger) o los modernos regímenes totalitarios, han buscado de forma equivocada e incluso feroz establecer un sistema en que la persona pueda desenvolverse de forma equilibrada, pero no se ha conseguido. La filosofía moderna y la sociedad actual se han divorciado prácticamente con estos sistemas políticos (aunque hay excepciones como Cuba) pero algo sigue faltando, sigue existiendo un vacío que se busca llenar.
¿Cómo se ha hecho ahora? Tirando abajo los pilares rigoristas de la libertad, en el sentido de que “el hedonismo actual ha sacudido los cimientos del orden autoritario, disciplinario y moralista” (G. Lipovetsky); dando paso a la creación de nuevos paradigmas y valores, postulando un libre despliegue de la personalidad, una completa legitimación del placer y a través de la estructuración de modelos que son base de las aspiraciones de los individuos. Esto es lo que se busca hoy en la sociedad posmoderna.
¿Tiene esto algo que ver con el sistema democrático constitucional? De forma accidental si, puesto que si bien las fallas de la sociedad no provienen en esencia del modelo de organización política, si se busca sustentar estas nuevas bases a través de la democracia, a través del voto mayoritario, dando así legitimidad a cualquier aspecto que apoye la mitad más uno. La democracia puede facilitar este proceso.
La búsqueda de la libertad por la cual el hombre siempre está sediento y tanto trata de encontrarla, hoy vuelve a ser errónea, se vuelve a mal entender y se termina por lo contrario, en una esclavitud con ropa de autonomía. Se ha querido encarnar a través de mecanismos democráticos el valor fundamental de la realización personal y la singularidad subjetiva (¡respeten mi forma de ser!) de una manera tan excesiva que se ha pasado al derecho de ser íntegramente uno mismo, a disfrutar al máximo de la vida, levantando de esta manera al nuevo ser humano lleno de libertad.
Todo esto ha terminado en la ideología individualista. Se han transformado los estilos de vida, con los postulados ya mencionados, que han terminado fundando una revolución del consumo. De esta manera, este profundo individualismo busca asegurar sus propios intereses a través del establecimiento de “derechos”. Derecho a la educación estatal y laica, derecho a la felicidad, derecho a la entretención, derecho a la gratuidad en una serie de ámbitos. En definitiva hay una especie de reflejo entre lo que los constitucionalistas llaman “derechos sociales” y la ideología individualista y hedonista.
Las recesiones económicas, la conciencia ecológica que ha surgido más tarde que temprano, las crisis energéticas, qué son sino en cierta medida, efectos de la era del consumo, en cuya lógica hoy se configura todo. Estamos destinados a consumir información, deportes, juegos, internet, médicos, viajes, formación, música y así una larga lista.
Es en definitiva el proceso de liberación del individuo frente a valores colectivos, que se concreta en la liberación sexual, la emancipación de las costumbres, incluso la ruptura del compromiso ideológico, es en otras palabras “la vida a la carta”.
La lógica del hiperconsumo ha terminado influenciando la relación de la ciudadanía con el Estado. Hoy pareciera ser que el Estado es el gran ente proveedor y los ciudadanos sus consumidores. Por eso se demandan constantemente cosas nuevas, propias del comercio, una nueva moda de consumir un nuevo producto, se exigen así nuevas caras, nuevos políticos.




