La lección de la humildad de Benedicto

Dom Louis-Marie Geyer d'Orth OSB | Sección: Religión

No estábamos poco orgullosos del hecho de que el elegido del cónclave hubiera elegido como patrono a San Benito, el gran patriarca de Occidente. Pero nosotros debemos reconocer que Benedicto XVI nos ha dado una buena lección: la de la verdadera humildad.

Esta es una virtud rara. La humildad es rara, muy rara, incluso entre la milicia benedictina. De hecho, es fácil confundirla con el pauperismo y la cobardía. Benedicto XVI ha logrado los doce grados de la humildad descritos en el Capítulo VII de la Regla de san Benito [1]. Es el capítulo más largo, porque la humildad es el fundamento de la vida cristiana. Jesús mismo es maestro frente a sus discípulos como el que es dulce y humilde de corazón. Charles Péguy (1873-1914) ha percibido bien la importancia de esta virtud cuando ha escrito en “Un nouveau Theologien”: «Esta religión, que ha puesto el orgullo en la cima de los pecados capitales, que ha hecho de la humildad quizás más que una virtud: su estilo propio y su ritmo, su gusto secreto, su actitud exterior y profunda, carnal y espiritual, su postura, sus costumbres, su experiencia perpetua, casi su propio ser.»

Pero ¿qué es la humildad? En primer lugar, es vivir constantemente bajo la mirada de Dios. Benedicto lo ha mostrado a través de la conciencia con la que llevó a cabo su propia función. Es un hombre concienzudo que vive a partir de ese lugar secreto del corazón donde se oye la voz de Dios. Lo ha demostrado con sus valientes tomas de posición, especialmente en Ratisbona, en el Bundestag, en Westminster, y con actos fuertes, como el motu propio Summorum Pontificum.

La humildad significa obedecer, incluso en condiciones difíciles. Benedicto XVI lo ha demostrado al aceptar la pesada tarea de soberano pontífice a la edad de 78 años. Por otra parte, él lo ha demostrado no imponiendo su propio programa sino siguiendo al Espíritu Santo según la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio anterior. Él ha seguido la fe de la Iglesia, tema recurrente en su enseñanza, en particular en su último discurso al clero de la diócesis de Roma. Él habla del «grannosotros” de los creyentes.»

Y aún más, ¡qué humildad en la simplicidad con que cuenta sus recuerdos! Se tiene la sensación de que no tiene nada que ocultar. Sabemos que su vida y su juventud han pasado por el tamiz de la inquisición mediática. Pero el papa que venía de Alemania ya lo había dicho todo. Ese es el quinto grado de humildad, que consiste para el monje en no ocultar nada a su abate.

Ha demostrado la virtud de la humildad en su dimisión, sin duda alguna. No se ha sentido en absoluto necesario. Ha evaluado en conciencia que la tarea lo superaba, superaba sus fuerzas físicas y personales. Ha logrado, una vez más, el sexto y el séptimo grado de humildad. «La Iglesia ya no me necesita.» Si él no hubiera dado ejemplo de valor y trabajo duro, se habría podido pensar en una debilidad de carácter, pero su vida entera ha estado consagrada en cuerpo y alma al trabajo en la viña del Señor. Todo su trabajo intelectual y sus cargos pastorales lo demuestran.

Finalmente, Benedicto XVI ha logrado alcanzar los últimos cinco grados de humildad, que se refieren a las actitudes exteriores: la reserva y el dominio de su comportamiento, las palabras, las risas, la manera misma de hablar y caminar. Todas las personas que han tenido ocasión de saludarlo, incluso brevemente, afirman unánimemente que tiene en la mirada algo serio, simple y feliz. San Benito decía que el monje que pasa a través de los doce terribles grados de humildad adquirirá una caridad que elimina todo temor. Nos olvidamos de los gestos ceremoniales de respeto, pero nunca nos hubiéramos permitido cualquier familiaridad con él.

El último signo de su humildad: la tierra entera parece haberse detenido de estupor ante su dimisión. Como los apóstoles ante Jesucristo transfigurado en el Tabor. Jamás un hombre público de nuestra época ha tenido tanta autoridad como él en este momento. Como si, a través de él, hubiera aparecido al fin la verdadera humildad y hubiera resonado al menos por un breve instante en el corazón de los hombres. Ha mostrado así la verdad de la palabra de Nuestro Señor Jesucristo: “El que se ensalce será humillado y el que se humille será ensalzado.” Gracias Santo Padre, gracias desde el fondo de mi corazón.

 

 

Nota:

[1] Regla de San Benito: El capítulo 7, el más largo de nuestra Regla, está consagrado a la humildad. San Benito nos presenta una escala de humildad compuesta de doce grados que, de hecho, «son menos unos escalones que hay que subir uno tras otro que signos de virtud que pueden y deben mostrarse simultáneamente». Con santo Tomás de Aquino, ordenaremos estos diferentes escalones como sigue: el primer grado, la reverencia hacia Dios, el sentido de la presencia de Dios (RB 7, 10-30), es como el fundamento de la humildad; los cuatro grados siguientes regularán la voluntad humana; el segundo nos invita a no seguir nuestra propia voluntad (RB 7, 31-33); el tercero a ajustarse al sentimiento de los superiores (RB 7, 34); el cuarto, a obedecer aún en las molestias  (RB 7, 35-43); la humildad debe también regir nuestro intelecto, así debemos reconocer nuestros defectos (5º grado, RB 7, 44-48); nos debemos considerar servidores indignos y malos (6º grado, RB 7, 49-50); y poner a los demás antes que a nosotros mismos (7º grado, RB 7, 51.54); finalmente, la humildad debe extenderse a nuestras actitudes exteriores: procurar no distinguirse de los demás (8º grado, RB 7, 55); a moderarse en la palabras (9º y 10º grados, RB 7, 60-66).