La herencia del populismo
Orlando Sáenz | Sección: Historia, Política, Sociedad
Es muy probable que dentro de varias décadas, todavía existan en Venezuela estatuas, escuelas o plazas que recuerden a Hugo Chávez. Pero mucho más seguro que eso es que el desdichado hermano país caribeño demore décadas en superar el deterioro económico e institucional que será, en última instancia, la principal herencia del fallecido caudillo.
El populismo es un fenómeno político, endémico en las democracias debilitadas, que se caracteriza por dos hechos fundamentales: la destrucción o banalización de las instituciones regulares del Estado y por la adopción de ruinosas y utópicas políticas redistributivas que paralizan el crecimiento económico.
Los países que sufren las consecuencias del flagelo populista enfrentan un implacable fenómeno de decadencia que puede durar varios decenios. Un ejemplo es Argentina, que a principios del siglo XX era, indiscutiblemente, la primera potencia de América Latina y una de las economías más prósperas del mundo. Su producto per cápita era superior al de Estados Unidos y sus exportaciones sumaban más que las de Canadá y Australia juntas. Tenía, además, una riqueza natural imponderable y una población de pujanza y calidad, incomparables con cualquier otra de la región. Hoy, Argentina es un país casi carente de prestigio y peso internacional, y hasta su vecino, enormemente más pobre y despoblado, supera su ingreso per cápita.
¿Qué ocurrió que pueda explicar tan increíble cambio? Lo que sucedió fue la revolución populista del general Perón, que dañó de tal modo la institucionalidad argentina, que de allí en adelante –y por más de medio siglo– reinan el desorden, el despilfarro, la corrupción y la zigzagueante trayectoria de políticas económicas en cuya estabilidad nadie cree.
Y es que el populismo se caracteriza porque transfiere una parte sustancial del poder de las instituciones del Estado a la masa desorganizada, lo que rápidamente se traduce en su acaparamiento por directivas pequeñas pero bien movilizadas que se transforman en factores no regulados de poder que, de allí en adelante, impiden la acción coherente y estable del Estado.
Nosotros los chilenos tenemos la obligación de tomar debida nota de estas nefastas consecuencias del populismo. Si es que hay algo que por sobre cualquier otro factor explica la prosperidad chilena y su gran avance comparativo, es nuestra fortaleza institucional. En Chile, hasta ahora, las instituciones formales son mucho más poderosas que las personalidades, y eso nos otorga una base de estabilidad, de seriedad y de compromiso que todo el mundo respeta.
No obstante, existen claras señales de que no es imposible que el populismo irresponsable se apodere del país, en la medida en que las instituciones formales se debilitan, dejan de cumplir sus funciones y los propios partidos políticos sufren una erosión de su influencia como nunca antes en nuestra historia.
Pero todavía estamos a tiempo para evitar que Chile siga el nefasto ejemplo de varios otros países hermanos que, víctimas del populismo, corren tras de quimeras y huyen del único camino que conduce a la prosperidad y que pasa por el orden, el trabajo, la disciplina ciudadana y la institucionalidad fuertemente establecida.
Está en nuestras manos ese trascendental logro.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio de Santiago.




