Espíritu
P. Raúl Hasbún | Sección: Historia, Religión, Sociedad
En una óptica humana resulta incomprensible el interés que despierta la elección de un nuevo Papa. Es el Jefe de un Estado minúsculo en territorio y habitantes, carente de poder económico y militar. No se aprecia cómo el nombre y bagaje del elegido pudieran alterar los equilibrios geopolíticos de uno o varios continentes ni incidir en los cruciales temas de la justicia, paz y desarrollo de las naciones. El Obispo de Roma es sólo eso, Pastor de una diócesis italiana. Al ser investido como tal pasa a presidir esa comunidad de creyentes bautizados en Cristo que llamamos Iglesia Católica, lo que le confiere autoridad espiritual sobre mil doscientos millones de habitantes de un planeta que se acerca a los 7 mil millones. Pero el solo anuncio de que va a elegirse un Papa convoca a decenas de miles de periodistas en Roma, y la atención privilegiada del mundo se concentra indefinidamente en la vigilante espera de una fumata bianca.
No hay necesidad de argumentar. Los porfiados hechos, reiterados e incrementados en cada elección, demuestran por sí solos que existen realidades y autoridades espirituales, y que las fuerzas de atracción y transformación inherentes al espíritu superan en mucho a la lógica y eficacia propias de lo esencialmente temporal. El Obispo de Roma no comanda escuadrones de combate ni dispone de misiles con poder disuasivo o destructivo. Ninguna decisión suya tendría poder vinculante sobre las transacciones bursátiles, el valor del euro o del yen, la producción y precio de los alimentos, la consolidación o debilitamiento de las facciones usufructuarias del poder. Y el mundo se queda en suspenso, especulando sobre quién será el elegido y aguardando, con extático arrobamiento, la primera palabra, el primer gesto de quien sigue siendo, para la óptica humana, un simple hombre ahora vestido de blanco y con un nombre nuevo.
Han pasado dos milenios y la realidad del Papado sigue siendo la misma: no hay lógica. ¿Alguien podría explicar cómo un pescador artesanal de la despreciada Galilea, que en su patria no tenía apoyos políticos ni recursos financieros y que tampoco exhibía singulares dotes de liderazgo, fortaleza y consecuencia en la pequeña comunidad de fe que presidía, llegó a instalarse en el corazón de la Roma Imperial y convertir, esa sede del absolutismo político-militar y centro neurálgico de la deificación del César, en la cátedra de una verdad religiosa que en pocos lustros cambiaría para siempre la visión del ser humano y la estructuración de la sociedad?
Lo que hemos visto y oído esta semana, lo que veremos y oiremos cuando el Papa se encuentre con los jóvenes en Brasil, hace superfluo todo discurso apologético y vano todo ejercicio de la pura razón. El Papa, la Iglesia sólo se comprenden a partir de la existencia y superioridad del espíritu.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Revista Humanitas, www.humanitas.cl.




