El reduccionismo liberal y la politicidad de la familia

Gonzalo Letelier Widow | Sección: Familia, Historia, Política, Sociedad

Nuestros amigos liberales (y quién no es un poco liberal hoy por hoy…) están empecinados en convencernos de que las sociedades no existen. Al menos, no fuera de nuestras cabezas. En la realidad, nos dicen, sólo existen individuos y por lo tanto no existen relaciones sociales ni vínculos de justicia, sino entre individuos. La cuestión parece muy teórica, y por lo tanto inofensiva, pero es gravísima porque, llevada a la práctica, es fuente de enormes injusticias. Y lo es en primer lugar contra la primera de las sociedades, la más natural de todas, aquella que permite entender que, en estricto rigor, es el individuo el que es una simple ficción intelectual. Porque la sociedad no está hecha de individuos, está hecha de familias.

La tesis va mucho más allá del hecho casi anecdótico de que ninguno de nosotros es siquiera pensable al margen de la familia que lo formó. Todo lo que somos e incluso lo que pensamos y elegimos está profundamente condicionado por este primer vínculo social, al punto de que si renegamos de él, será a través de los instrumentos conceptuales que la misma familia nos entregó. Negar realidad a la sociedad (y en primer lugar a la primera: la sociedad familiar) es lo que algunos teóricos llaman una “contradicción performativa”, semejante a lo que sucede cuando leo la siguiente frase: “no estoy leyendo esto”. Lo que digo contradice a lo que hago.

El centro de la cuestión tampoco está donde pretende situarlo nuestro híbrido (y esquizofrénico) liberal-conservadurismo nacional. En realidad, muchos “defensores” de la familia parten del mismo supuesto que sus “opositores” progresistas: la familia es una cuestión privada y, por lo tanto, un problema exclusivamente moral. Y principalmente de moral sexual. Es cosa de considerar el contexto de las discusiones sobre la entrega de la píldora a adolescentes o la misma controversia sobre matrimonio homosexual. La familia no se defiende simplemente oponiéndose a estas deformaciones. Porque el de la familia es un tema rigurosamente político. Es, quizás, el gran tema político, porque como las sociedades están hechas de familias (y no de individuos) son las familias (y no los individuos) los directos receptores de todas las políticas públicas. En términos sencillos: ¿por qué son un problema público el sueldo mínimo, los impuestos, la vivienda, la jornada y seguridad laboral, los servicios de salud y todo ese enorme etcétera imaginable?

Nada de esto tiene sentido respecto a individuos aislados. Más allá de la mera incomodidad, ¿por qué debería ser un problema público relevante que un adulto que vive solo tenga poca plata, viva lejos de su pega, no tenga plazas en su barrio (¡qué le importa el barrio…!) o deba esperar tres horas en el consultorio? El problema del sueldo mínimo no es que sea poca plata, sino que no alcanza para una familia; el del consultorio es que durante esas tres horas (más las de la micro) los demás niños quedaron solos en la casa y el que fue con la mamá contrajo todas las enfermedades que no tenía; el del diseño urbano es que el padre que trabaja ve tarde mal y nunca a sus propios hijos, a los cuales, por lo tanto, se los “educa” el colegio no porque él no quiera, sino porque no queda otra.

La familia es la prueba viviente de la insuficiencia de la subsidiariedad “negativa” del liberalismo, que se limita a no usurpar y dejar hacer, y de la necesidad de una verdadera subsidiariedad “positiva”, que provea los medios para que cada sociedad cumpla por sí misma sus fines propios.

Dos ejemplos sintomáticos. Primero: cuando se discutió la reforma tributaria no hubo una sola voz en el parlamento que insinuara siquiera la injusticia de que un padre de familia pague exactamente los mismos impuestos a la renta que un soltero sin hijos. La objeción escandalizada que barrunta usted, lector liberal, es elocuente: ¡es problema suyo cuántos hijos tiene, nadie lo obligó! ¿A quién se le ocurre pensar que una familia sana y sus hijos son una contribución al bien común mayor que cualquier suma de dinero u obra de ingeniería?

Segundo ejemplo: hace ya bastante tiempo, cuando se constató que muchas veces en la concreta vida del chileno ordinario ambos padres deben trabajar lejos del hogar y los niños volvían del colegio a una casa vacía, nuestra brillante solución política, de la cual muchos estaban sinceramente orgullosos, fue… ¡extender la jornada escolar! Si queremos solucionar los graves problemas sociales de nuestra patria, la solución es simplemente la familia. Pero no sólo ni sobre todo por medio de subsidios, porque el problema de la familia actual no es la plata. La plata es un bien absolutamente privado; por eso, es un problema de “individuos” y los individuos son socialmente irrelevantes porque no existen.

El centro de la cuestión, el problema rigurosamente político, es hacer posible la vida familiar, aquella a la que todos aspiran en su corazón. Nadie se casa para divorciarse, nadie tiene hijos para abandonarlos en la calle, ningún padre quiere realmente pegarles y ninguna adolescente quiere abortar. La solución a estas cuestiones es también política, y no está en mostrar que todo eso es moralmente malo.

La cuestión fundamental es eliminar aquellas condiciones sociales que lo hacen prácticamente inevitable. Como nos recuerda Rerum novarum, la revolución la fomentan los ideólogos y la hacen proletarios engañados y desesperados, pero la causa el escándalo de una injusticia que se intenta ocultar tras la legítima iniciativa individual. Urge reordenar nuestras prioridades. La públicas, pero también las individuales. Señor lector liberal, ¿sabe usted cuánto tiempo pasa su nana con su familia?

 

El liberalismo es reduccionista, pero no un disparate

Nadie puede sostener seriamente  que el liberalismo niega la existencia de relaciones entre individuos (y no lo hacemos en esta columna). El liberalismo ciertamente es reduccionista, pero no es un disparate. Por eso lo suscribe y defiende gente sensata. El tema es pensar que las sociedades son sólo eso: relaciones libres entre individuos. Esto es falso por dos razones: porque hay sociedades naturales que (al menos en parte) no se constituyen mediante una elección individual (y son casi todas: nadie elige a sus hijos o a su país natal), y porque no todas las sociedades están hechas de individuos: algunas (casi todas) están hechas de sociedades.

Se trata de una simple falacia pars pro toto: como la sociedad siempre supone relaciones voluntarias entre hombres libres, la sociedad es eso. Y como es un requisito elemental de toda forma de justicia el respeto a la iniciativa personal y a los pactos, entonces la justicia se define así.

Las sociedades se forman y subsisten porque sus miembros quieren fines comunes, pero eso no significa que esa sociedad nació cuando un montón de salvajes aislados decidió elegir una misma cosa en común. Querer no es lo mismo que elegir. Las sociedades son lo que sus miembros quieren que sean, pero esta creatividad tiene sus límites. No todo es convencional. El matrimonio y la familia, como el famoso barco de Delfos, pueden asumir muchas formas y mucho en ellos puede ser modificado o sustituido. Pero cuando a punta de modificaciones el barco de Delfos ya ni siquiera flota podemos pensar que nos hemos excedido en nuestras elecciones.

El modo en que las sociedades son algo real se explica abordando la segunda objeción: las sociedades no tienen inteligencia ni voluntad. Es cierto. Pero tienen fines, y por eso es perfectamente sensato decir que (en cierto modo que pasamos a precisar) eligen y actúan. Las sociedades existen porque muchos quieren lo mismo y deben ponerse de acuerdo en cómo obtenerlo. Esos acuerdos no pertenecen a cada uno de los miembros en particular, sino al todo como tal. Es empíricamente falso que la mítica “voluntad general” es mi voluntad, pero no es falso que hay decisiones colectivas cuyo sujeto es la sociedad y que, por lo tanto, son vinculantes para todos sus miembros. Por eso, atribuirle “acciones” y “decisiones” a una sociedad no es sustancializarla, sino reconocerle su propia realidad. Es el Wanderers el que gana el partido, no cada uno de sus jugadores. Y quizás el Wanderers no es “más” que el conjunto de esos jugadores, pero ciertamente es algo distinto de su mera agregación.

Consecuencia evidente de esto es que hay cosas que se les son debidas a estos sujetos no en cuanto individuos, sino sólo en cuanto miembros de esa sociedad. Y es perfectamente congruente con la gramática de cualquier lengua occidental expresar esa realidad diciendo (no de modo impropio, sino analógico) que esa sociedad o su miembros son titulares de derechos. Es el caso de la familia.

El punto central de todas las objeciones, en el fondo, está en la idea liberal de que las sociedades no tienen fines (y por eso, obviamente, no pueden conocerlos ni quererlos): sólo los individuos los tienen, por lo tanto sólo ellos son racionales y libres, sólo ellos son agentes morales. El problema es que “en el orden práctico el fin es principio”. No hay acción, no hay praxis, sin un fin. No tener fines es lo mismo que no moverse. Una sociedad sin fines nunca llega a constituirse. Por eso, el problema de la neutralidad del Estado no es que no sea conveniente, sino que es rigurosamente imposible, como lo demuestra la experiencia. Ninguna sociedad puede ser realmente neutral respecto de los fines por lo que existe ni respecto de los medios necesarios para conseguirlos. Sobra demostrar que la familia es un medio necesario para todo fin realmente social. La familia interesa a todos no sólo porque le interesa a cada uno, sino porque es un tema público.

No se trata entonces de imponer desde arriba y por la fuerza una cierta visión de las cosas (y nadie sugirió esto). Se trata de proteger las familias reales y concretas tal como son. Protegerlas significa simplemente hacerles accesibles los medios necesarios para que ellas hagan lo que quieran, porque sólo la familia sabe qué es lo bueno para esa familia. El punto no tiene nada que ver con cuál familia es sana y cuál no (y nunca sostuvimos algo semejante); el punto es, sencillamente, que no todo es familia. La diferencia no es moral, es empírica. En primer lugar no es familia la persona que vive sola y nunca ha engendrado hijos. Tampoco lo es el grupo de amigos que arrienda un departamento para bajar costos ni la pareja (homosexual o no) que “se quiere mucho”. Es familia, de modo elemental y primario, lo que todo el mundo entiende por “su familia”: su padre, su madre y sus hermanos, en cualquiera de las infinitas formas que esto puede asumir. Todo lo demás será familia, y por lo tanto funcionará como tal y tendrá derecho a la protección de la sociedad y del Estado, en la medida en que se asemeje a esto.

Como se ve, y contra el comprensible prejuicio de nuestro interlocutor, en este discurso no hay alusión alguna a la religión o a una doctrina oficial del Estado o algo semejante. Esto es pura libertad; pero libertad de hombres que son precisamente eso: hombres. Por eso sí hay moral y, sobre todo, sí hay un discurso sobre la justicia. Porque, como recordaba un amigo, toda justicia es social.

En fin, y esto es quizás lo único importante, ninguna de las objeciones toca la tesis fundamental: toda política social, queramos o no, tiene por destinatario a la familia, y por lo tanto la “subsidiariedad negativa” no basta. Es necesario reconocer públicamente el bien social que constituyen los hijos y los padres que asumen de modo suficiente la responsabilidad de educarlos. Y como bienes sociales que son, es de justicia cuidarlos.

 

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Chile B, www.chileb.cl.