El síndrome Hubris

Hernán Felipe Errázuriz | Sección: Política, Sociedad

Parlamentarios y autoridades de la salud sufren del síndrome Hubris, desorden de personalidad de los empoderados. Se caracteriza por una extrema valoración de sí mismos, desprecio por la opinión de los demás, impulsividad, búsqueda de protagonismo y convencimiento grandilocuente de su poder, importancia y misión para cambiar la sociedad. Este síndrome ha sido materia de un estudio reciente, publicado en el Journal de Neurología, Brain , de la Universidad de Oxford. El documento de David Owen, ex canciller y ministro de Salud británico, y Jonathan Davidson, del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Duke, señala los riesgos para la sociedad de esta patología (mucho mayores que los causados por los fumadores y los gordos), y asegura que los diagnósticos, nosología y tratamientos son universales.

El síndrome se presenta en iniciativas legales como las prohibiciones al consumo de alimentos y cigarrillos. Los afectados por él creen ser omnipotentes para imponer sus gustos y entrometerse en los hábitos de los ciudadanos; tener autoridad para reprimir placeres legítimos y para negar a los adultos y a la sociedad el derecho a asumir los riesgos de sus decisiones. En esto no tienen límites, discriminan, acosan, censuran y persiguen. Seguramente se divierten leyendo “prohibidos perros, obesos y fumadores”. Quieren imponernos dietas, prohibir a los fumadores reunirse en restoranes, incluidas sus terrazas; impedirles asistir a estadios y conciertos en espacios abiertos (aunque sí a manifestaciones políticas en esos lugares); destruir construcciones que obligaron a habilitar; facultar a los alcaldes para prohibir a fumadores en plazas y parques; regular los aromas y saborizantes, y llegan al disparate de proponer censurar películas, literatura, pinturas, canciones, óperas y expresiones artísticas que puedan interpretarse como publicidad encubierta del tabaco.

Como en la Inquisición, se podrían prohibir obras maestras de Thomas Mann, Heinrich Böll, Stephan Zweig y Yasukata Tsutsui, y películas como “Avatar”, “Sin aliento”, “Mentes peligrosas” y “Casino”, y proscribir a Sigourney Weaver, Sharon Stone, Audrey Hepburn y Rita Hayworth. Pinturas de Picasso, Van Gogh , Brueghel y tantos otros podrían ser retiradas de los museos. La ópera “Carmen” no podrá exhibirse, al menos su primer acto, con cigarreras extasiadas y muchachos seducidos por el humo. ¿Y por qué no prohibir a los gordos –como Falstaff y Sancho Panza– y gordas de las pantallas, literatura y obras de arte? Serán alegres, pero son testimonios del consumo de alimentos prohibidos.

En cambio, tendremos que consumir los lomitos con los componentes preferidos de los senadores Girardi y Chahuán; comprar los cigarrillos que tengan los sabores y aromas que gustan al ministro Mañalich; los hediondos cigarrillos de marihuana que promueve el senador Rossi; fumar en los lugares que autorice el alcalde de Lago Ranco, y ver las películas, las pinturas y las óperas que agraden al senador Ruiz Esquide.

Podrían recapacitar los parlamentarios y el ministro; liberarse del síndrome Hubris; repudiar el paternalismo, rechazar aberraciones legales; creer en el libre albedrío y en la madurez de sus electores y de la sociedad, y dedicarse a legislar sobre las verdaderas prioridades nacionales.

 

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio de Santiago.