Binominal: ¿El problema de fondo?
Matías Petersen | Sección: Política
Nuestros políticos han enfatizado, transversalmente, la urgencia de reformar el sistema binominal. Muchos de ellos se muestran incómodos con el rechazo de la Cámara de Diputados al proyecto de reforma constitucional que buscaba aumentar el número de diputados de120 a150. De hecho, ya se han propuesto nuevas iniciativas para llevar adelante estas reformas. Cabe preguntarse, sin embargo, ¿por qué tanto interés en impulsar este tipo de iniciativas? ¿Son creíbles nuestros políticos cuando afirman que estas reformas son indispensables para el buen funcionamiento de la democracia? ¿Se encuentra realmente nuestra clase política preocupada de fomentar la participación ciudadana? Parece que no.
La sociedad chilena no está tan aburrida del sistema binominal en sí mismo, sino de un determinado modo de entender la política, que no es el único, ni el mejor, y que se ha instalado en nuestro mundo político. En efecto, una de las causas fundamentales del malestar ciudadano con nuestro sistema político proviene del modo en que funcionan los partidos. Estos, actualmente, son grupos de poder con escasa democracia interna y procedimientos dudosos en su toma de decisiones. Parece ser que las “grandes reformas” deben apuntar, en primer lugar, a devolver esa confianza que la misma ciudadanía ha perdido en los partidos: repensar su rol público y exigir una mayor transparencia en sus procedimientos internos.
Sin embargo, las actuales propuestas de fomento a la participación consisten, simplemente, en ampliar el número de diputados para que quede “espacio” para las fuerzas nuevas que no están representadas en el sistema binominal. Es decir, la idea es agregar más cargos para que puedan ser otorgados a más partidos, o a más facciones dentro de los mismos partidos.
Sin embargo, hay un problema más de fondo. Lo que realmente ha deteriorado a nuestra clase política es que hay una clara falta de liderazgos, los que, como muestra la historia, no pueden venir sino de una mínima cuota de identidad “doctrinal” que permita a los votantes discernir la conveniencia de preferir a un representante en lugar de otro. Sin propuestas coherentes que se deriven de los principios que deberían promover nuestros “líderes”, la pregunta que nos hacemos a estas alturas es, ¿qué los distingue a unos de otros?
Ejemplos de esta falta de identidad a nivel de principios tenemos de sobra: ¿con qué fin el ministro Andrés Chadwick se ha arrepentido de su antigua defensa del gobierno militar? ¿Qué distingue, en materia económica, a Andrés Velasco de los actuales economistas del Gobierno? ¿Qué queda de la distinción entre conservadores y liberales cuando una senadora de la UDI presenta un proyecto que autoriza el aborto eugenésico junto a un senador socialista? Si no existen principios que orienten la acción de los partidos, la identidad de los mismos se disuelve y su capacidad de ofrecer un relato que motive la participación política se vuelve inexistente.
Un poco más de competencia entre los partidos podría atenuar el “poder de mercado” que puede provocar el sistema binomial. Pero, ¿es esta la solución? Parece que no. La solución va por la línea de hacer política con principios. Y esto no implica descuidar la practicidad de esta noble actividad humana, ya que ella misma no está exenta de ser guiada por principios que permitan mantener una cierta coherencia entre “relato” y “obras”.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Segunda.




