El sufrimiento en Semana Santa
Gonzalo Carrasco | Sección: Religión, Sociedad
Probablemente la mayor parte de quienes han alcanzado una madurez más o menos plena han debido sobrellevar el dolor que en ocasiones, por diversas circunstancias, nos entrega la vida. Es que el padecimiento, paralizante en momentos, tomado con alegría y entrega, nos hace madurar más que muchas otras situaciones de nuestra vida.
El sufrimiento interior, afectivo, es una de las características más propias del hombre, es eminentemente humana. Es difícil imaginar a un perro o a un insecto sufrir por amor o por la soledad. Somos nosotros los que debemos aprender a convivir con el dolor. Esto nos demuestra que aunque parezca antinatural sufrir, es una particularidad muy propia de la persona y que nos distingue de los demás seres.
Lamentablemente, aun cuando el dolor sea algo muy propio del ser humano, son pocas las personas que se detienen a interiorizarse en el significado y sentido de ese sentimiento en nuestras vidas. Es un problema similar al amor, que a pesar de ser tan patente en la vida diaria y que tanta felicidad o desdicha trae, pocos lo estudian de manera detenida.
La gente que es más propicia al sufrimiento, que sufre con mayor intensidad, es porque del mismo modo ama con gran intensidad. Pero el peligro radica en no saber controlar el sufrimiento de manera que nos ahogue dejándonos inertes, perdiendo una de las cualidades esenciales que debe tener todo cristiano, que es la alegría en el dolor ¡cómo cuesta esta forma de actuar, pero qué sana es!
La educación del corazón, de la afectividad, se hace crucial en los momentos dolorosos. Es aquí, cuando subimos aquel cerro empinado con dificultad, en que debemos transformar en hechos la teoría, aunque sea difícil.
Los afectos se deben cultivar desde siempre, y en su inicio tiene gran relevancia la educación de los padres para con sus hijos. Son ellos quienes deben fomentar los afectos, los sentimientos, para evitar una frialdad en los niños que más adelante puede traer serios problemas en la vida adulta al momento de relacionarse con los demás.
Es el dolor el que nos da una posibilidad de poner en práctica a virtud de la fortaleza, que tan necesaria es para seguir adelante con la vida. Vemos hoy en nuestra sociedad una gran cantidad de personas que acude a psicólogos o extraños chamanes espiritualistas para superar aquellos episodios penosos: ¿no será esto una consecuencia de que no practicamos bien la virtud aristotélica de la fortaleza?
El dolor, por muy hondo que sea, cuando vulnera a una persona con virtudes bien desarrolladas, con un manejo de la voluntad más fuerte, puede enaltecerlo experimentándolo con cierta “elegancia”, permitiendo de esa manera ser un sujeto más sensible, más fijado en el dolor del prójimo para así comprenderlo y acogerlo de mejor manera, porque ese sujeto por experiencia propia y de buena voluntad, ha pasado por situaciones similares.
El dolor humano, además de la posibilidad que da de poner en práctica la virtud cardinal de la fortaleza, nos da también una posibilidad más bella aun, que es poder identificarnos con Cristo en la Cruz. El cristiano debe darle un significado penitente al sufrimiento, por sí mismo y por el mundo, ya que es una gran oportunidad que no se debe desaprovechar. No debemos derramar ninguna lágrima sin aprovechar su sentido ofreciéndolo por diversas circunstancias, es un convertir el dolor en oración y reflexión.
Por tanto, el sentido penitente del dolor nos ayuda también a la educación de los afectos. Es como decía J.M. Martín “El hombre necesita de los afectos, pues son un poderoso motor para la acción. Cada uno tiende hacia lo que le gusta, y la educación consiste en ayudar a que coincida con el bien de la persona. Cabe comportarse de modo noble y con pasión: ¿qué hay más natural que el amor de una madre por su hijo?, ¡y cómo empuja ese cariño a tantos actos de sacrificio, llevados con alegría!”. Buscar esta armonía afectiva engrandece el espíritu.
Sentir, y sentir de manera profunda refleja nobleza y perfección, por ello san Josemaría Escrivá decía “Hacen falta corazones enamorados de las cosas que valen realmente la pena; enamorados, sobre todo, de Dios”. (Surco, n. 795.)
El hombre maduro entonces sabrá cómo reaccionar frente a las pasiones y a ese dolor poderoso que a veces nos puede invadir, será un momento de reflexión, una invitación a mirar dentro de nosotros mismos, ya que es la “actitud” frente al sufrimiento lo que nos hace crecer y ser más perfectos, y esto no quita que suframos con menor intensidad. Aprovechemos por tanto estos días de Semana Santa para meditar en el dolor, físico e interior que Cristo sufrió por nosotros.




