La impaciencia estudiantil

Benedicto XVI | Sección: Educación, Religión, Sociedad

Palabras de Benedicto XVI a los universitarios romanos (XII,11).

 

Queridos amigos, Santiago exhorta a imitar al labrador, que “espera con paciencia el fruto precioso de la tierra” (St 5, 7). Para ustedes, que viven en el corazón del ambiente cultural y social de nuestro tiempo, experimentando las nuevas y cada vez más refinadas tecnologías, siendo protagonistas de un dinamismo histórico que a veces parece arrollador, la invitación del Apóstol puede parecer anacrónica, casi una invitación a salir de la historia, a no desear ver los frutos de su trabajo y de su búsqueda. ¿Pero es así realmente? ¿Es acaso a destiempo la invitación de Dios a esperar? (…) En nuestra época, muchas personas, especialmente aquellas con las cuales uno se encuentra en las aulas universitarias, preguntan a viva voz si debemos esperar a alguien o algo; si debemos esperar a otro mesías, a otro dios; si vale la pena tener confianza en ese Niño que en la noche de la Navidad encontramos en el pesebre entre María y José.

La exhortación del Apóstol a la constancia paciente, que en nuestro tiempo podría dejarnos un poco perplejos, es en realidad el camino para acoger en profundidad la cuestión de Dios, el sentido que tiene en la vida y en la historia, porque precisamente en la paciencia, en la fidelidad y en la constancia en la búsqueda de Dios, en la apertura al mismo, Él revela su Rostro. No necesitamos un dios genérico, indefinido, sino el Dios vivo y verdadero, que abra el horizonte del futuro del hombre a una perspectiva de esperanza firme y segura, una esperanza rica en eternidad y que permita enfrentar con valentía el presente en todos sus aspectos. Deberíamos preguntarnos entonces: ¿dónde encuentra mi búsqueda el verdadero Rostro de este Dios? O mejor aún: ¿dónde Dios mismo viene a mi encuentro mostrándome su Rostro, revelándome su misterio, entrando en mi historia?

Queridos amigos, la invitación de Santiago, “Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta la Venida del Señor”, nos recuerda que se nos da la certeza de la gran esperanza del mundo y que no estamos solos ni nos corresponde solos construir la historia. Dios no está lejos del hombre, sino que se inclinó sobre el mismo y se hizo carne (Jn 1, 14), para que el hombre comprendiera donde reside el sólido fundamento de todo, la realización de sus aspiraciones más profundas: en Cristo. La paciencia es la virtud de quienes confían en esta presencia en la historia y no se dejan vencer por la tentación de depositar toda la esperanza en lo inmediato, en perspectivas puramente horizontales, en proyectos técnicamente perfectos, pero alejados de la realidad más profunda, aquella que otorga la dignidad más elevada a la persona humana: la dimensión trascendente, el ser criatura a imagen y semejanza de Dios, el llevar en el corazón el deseo de elevarse a Él.

Hay, sin embargo, otro aspecto que quisiera destacar. Santiago nos dijo: “Mirad: el labrador espera con paciencia” (5, 7). Dios, en la encarnación del Verbo, en la encarnación de su Hijo, experimentó el tiempo del hombre, de su crecimiento, de su hacerse en la historia. Ese Niño es la señal de la paciencia de Dios, que ante todo es paciente, constante, fiel a su amor por nosotros: Él es el verdadero “labrador” de la historia, que sabe esperar. ¡Cuántas veces los hombres han procurado construir solos el mundo sin Dios o contra Él! El resultado está marcado por el drama de ideologías que en definitiva han resultado ser contrarias al hombre y su dignidad profunda. La constancia paciente en la construcción de la historia, tanto a nivel personal como comunitario, no se identifica con la tradicional virtud de la prudencia, la cual ciertamente se necesita, pero es algo más grande y más complejo. Ser constantes y pacientes significa aprender a construir la historia junto con Dios, porque sólo edificando sobre Él y con Él la construcción es debidamente cimentada, no instrumentalizada para fines ideológicos, sino realmente digna del hombre.

 

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Revista Humanitas, www.humanitas.cl.