Cartagena, jevi.
Gonzalo Rojas Sánchez | Sección: Educación, Sociedad
La Municipalidad de Cartagena se negó a recibir a los estudiantes de la Universidad de Chile y de la Usach, porque “en la comunidad el impacto era más bien negativo, pues en distintos medios aparecían los jóvenes en malas condiciones etílicas, dejando a Cartagena como foco de esta situación. Por otro lado, gran cantidad de vecinos sufrían las consecuencias del consumo de alcohol y la basura que generaba este tipo de actividades”.
Contundente. El solo recuerdo de Ritoque pone los pelos de punta.
La Corporación de El Tabo, por su parte, les abrió las playas a los de la P. Universidad Católica de Chile. “El comportamiento de los jóvenes ha estado dentro de lo normal. El comportamiento ha sido correcto dentro de lo que son estos eventos”, dijo el alcalde Emilio Jorquera y agregó que hubo “vigilancia policial, personal de la Armada, de inspección ciudadana municipal, ambulancias y los propios resguardos que trae la federación de estudiantes, lo que incluye un equipo de guardias de seguridad especialmente contratado”.
Las cosas claras: en el primer caso, la experiencia acumulada ha sido tan abrumadoramente negativa que se ha preferido evitar la presencia estudiantil; en el segundo, la descripción edilicia coloca el comportamiento “normal” de los jóvenes en coordenadas de vigilancia extrema, con abundante uso de recursos fiscales, municipales y privados. Y así y todo, el comportamiento normal es referido “a lo que son estos eventos”, es decir…
Hace ya unos 15 años se comenzó a hacer difícil la contratación de buses para traer de vuelta a los paseantes; las empresas estaban dispuestas, pero los choferes no: era casi imposible encontrar a todos los viajeros, ya que algunos se habían esparcido en amistosas relaciones por diversos lugares aledaños; la hora de retorno se retrasaba indefinidamente por la insistencia de los “jefes” en esperar a los rezagados; y después, además, choferes y auxiliares debían limpiar buses que quedaban en estado vomitivo.
Consultados, los alumnos siempre afirman haberlo pasado chancho (significativa referencia a una especie caracterizada por su limpieza); con algo más de confianza, no ocultaban que el paseo había sido “jevi, profesor, muy jevi” (parece que les pesaba algo en sus conciencias).
Las municipalidades toman sus medidas; las federaciones son autónomas para organizar cómo lo estimen conveniente y responden después como pueden, pero si de verdadera vida universitaria se trata, los paseos tiene que tener otras características.
Hace más de 15 años que los practicamos con grupos pequeños, de no más de 20. Una mañana de sábado en Valparaíso, caminada, conversada y terminada con un sencillo almuerzo –todos sentados y vestidos– en una picada de la caleta el Membrillo; otra mañana de domingo en Santiago: recorrido por el Concha y Toro, metro, recorrido por el París-Londres, y cerveza final en algún boliche.
“Profesor –comentaba un tipo de cuarto año de Arquitectura tiempo atrás– esto sí que de verdad fue jevi; fue mi primera experiencia de vida universitaria.”
Se puede.




