El macho y la hembra, inevitables
Joaquín García Huidobro | Sección: Política, Sociedad
Santiago, 3 de julio de 2125 (Agencias). En una concurrida ceremonia, el alcalde de Santiago inauguró una estatua de Oki Suramata (se trata del japonés que en 2010 se casó con un personaje de su Nintendo). En un emotivo discurso, el alcalde destacó cómo en su momento nadie tomó en serio a este pionero social: los medios de prensa se limitaron a recoger el hecho como un detalle jocoso y ninguno se preocupó de explicar por qué no era adecuado casarse con un personaje virtual.
Con voz emocionada, continuó: “Al principio se pensaba que el matrimonio era para parejas de hombres y mujeres, luego vinieron los homosexuales y abrieron los ojos de nuestros bisabuelos. El Tribunal Constitucional dejó el tema en manos del Congreso, que, tras algunos titubeos, les permitió llegar al Registro Civil, adoptar hijos y ser considerados exactamente igual que las formas conyugales antiguas en la enseñanza escolar. El paso siguiente fue la poligamia entre adultos. Los demás avances no los enumero porque son de todos conocidos. Esta fue la revolución mayor del tercer milenio, y todo lo que siguió fue simplemente una consecuencia suya”.
El alcalde estaba realmente conmovido. El público lo interrumpió repetidas veces con aplausos. Respiró hondo, tomó fuerzas y continuó: “Ahora sólo falta el paso decisivo, un acuerdo de vida en común que permita a las uniones de humanos y robots contar con todos los beneficios de la ley. Sabemos que las palabras son meras convenciones: si ayer cambiamos el matrimonio incluyendo a personas del mismo sexo ¿por qué no podemos incluir hoy el afecto entre un humano y un robot? Ya lo dijo nuestro pensador Humpty Dumpty: las palabras significan lo que yo quiero que signifiquen. El ejemplo de Oki Suramata, cuya escultura tengo el honor de inaugurar, nos guía en esa inexorable marcha hacia el progreso y el reconocimiento del igual valor de todas las formas de vida”.
Apenas hubo dicho esas palabras, hubo un cambio en el ambiente, porque los integrantes de la agrupación de gay y lesbianas empezaron a protestar por el intento de poner al mismo nivel el afecto sexual entre humanos y el que puede darse entre un individuo y su robot. Pero la policía actuó con prontitud, detuvo a los manifestantes, y la Fiscalía ya ha iniciado un proceso por tecnofobia en contra de los disconformes.
Rodrigo despertó sobresaltado. Nuevamente había tenido la misma pesadilla con los robots y esos matrimonios que tanto diferían del suyo con Paula, que en ese momento dormía a su lado, sin pensar en las formas jurídicas de acoger la diversidad.
Una vez más lamentó que lo suyo no fuera la escritura. Lo suyo era el trabajo, los amigos, los niños y Paula, esa Paula que le recordó el comienzo del Cid de Huidobro, que tenía sobre el velador. Desvelado, prendió una linterna y leyó:
“Diego Laínez contempla a la que duerme a su sombra. Hermosa, regordeta, Teresa Álvarez es la hija del campo, del hacendado noble, de sangre bien nutrida. Hermosa, regordeta, frutal. Carne apetitosa, apta a la caricia, pronta al amor. Sus senos potentes con perfumes de huerta como grandes melones, palpitan con un ritmo sereno de corazón y de mar.
“Mirar a esa mujer rejuvenece, dulcifica, aclara los problemas del mundo. […]. El amor directo, lógico. El acto sexual rotundo de un hombre y de una mujer enlazados cumpliendo una función orgánica imperiosa y suprema.
“Diego Laínez la coge entre sus brazos, le acaricia todas las blanduras.
“Ella le ofrece los labios carnudos y pletóricos. Él se crispa en cada roce. Ella se muere en cada beso […].
“El hombre ahora es el macho, y el macho no resiste más sus impulsos; la mujer es la hembra, y la hembra se abre como una rosa de piel.
“Diego Laínez, fogoso, rudo, infantil, se precipita sobre su mujer y entra en su carne, se hunde debajo de su piel con energías de guerrero descansado, ansioso de batallas, impaciente de victorias.
“La tierra toma el ritmo de esos cuerpos resollantes y suspira como una montaña”.
Rodrigo había abierto el libro para recuperar el sueño, pero no. Ahora sabía lo que debía hacer para poner un poco de sensatez en el mundo. Contempló a la que dormía a su lado y sintió que su pesimismo desaparecía.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio de Santiago.




