Educando con libertad
Iván Garay | Sección: Educación, Sociedad
«Me parece una calamidad el Estado docente, especie de trust para la manufactura unánime de las conciencias. Algún día los gobiernos no habrán sino de dar recursos a las instituciones y los particulares que prueben su eficacia en la educación… También pesó sobre mí el Estado docente, centurión que fabrica programas y que apenas deja sitio para poner sabor de alma.»
Gabriela Mistral
Es deber del Estado asegurar una educación de calidad a todas las personas, pero lo anterior no significa que el Estado asuma el papel de educador. Sino que provea los medios para que todas las personas puedan acceder a una buena educación, diferenciando lo que es la provisión de los recursos de lo que es la provisión de los servicios.
El resultado de cualquier iniciativa depende siempre de las personas involucradas directamente en ella. Siendo a las personas a las que les corresponde mejorar el entorno en que habitan. Al respetar el ámbito privado de las personas y entregarles responsabilidades, se desarrolla un orden en la sociedad, poseedor de una dinámica de gran capacidad creadora, que escapa a cualquier previsión determinada de forma centralizada o meditada.
Las personas son las primeras llamadas a desempeñar las necesidades de la sociedad, y la educación no escapa a estas necesidades, teniendo en ella, éstas el derecho preferente, antes que el Estado, de abrir, organizar y mantener establecimientos educacionales, siendo labor del Estado otorgarles la ayuda suficiente para realizar e incentivar este derecho. Es importante señalar que cuando el Estado ayuda sólo a un tipo de establecimiento educacional marginando a los demás, aplica una carga a todos las familias que, en atención a motivos de los cuales únicamente ellas son jueces, apetecen confiar sus hijos a otros tipos de establecimientos educacionales que el Estado declina apoyar en igualdad de condiciones.
Cuando el Estado se muestra como el mentor universal de la dinámica educativa, se produce la retirada de la innovación entre los establecimientos de enseñanza. Se eternizan procedimientos pedagógicos anquilosados en el pasado y carentes de incentivos para mejorar. Aparecen docentes cuya estabilidad laboral y salarios se hallan protegidos de por vida, y por lo tanto, faltos de alicientes. Surgen además estudiantes de pedagogía que acceden a la educación superior en los tramos más bajos de puntajes de las pruebas de selección. También afloran programas académicos diseñados centralizadamente que tienden a adoctrinar según el ideario del Gobierno de turno decretando qué es lo que deben y qué es lo que no deben aprender nuestros estudiantes.
Ante la opacidad y lastimera de la receta única del Estado, aparecen las propuestas e iniciativas sociales. Con éstas se reconoce que la calidad de la educación se encuentra en la diversidad y en el respecto a las expresiones de aquella, tan variadas como al sociedad que la sustentan.
Cuando hay educación con libertad, colegios, escuelas y liceos se posicionan de un proyecto educativo que da testimonio de la serie de principios y valores que pretenden entregar a sus educandos. Y los padres pueden escoger entre las diversas opciones de instrucción que se les ofrece y a las cuales se les invita a ser parte.
Profesor y profesión poseen una misma raíz, a saber, el “pro”, este significa anterior, poner por delante. De igual manera, ambas palabras continúan con la silaba “fe”. Podríamos decir que tanto el profesor y el profesional colocan la fe por delante. Una educación de calidad, llevada adelante por profesionales, es aquella que cree, que tiene fe en las personas, y son éstas con el ejercicio de su libertad las llamadas a crear una educación de calidad.




