Vandalismo

P. Raúl Hasbún | Sección: Educación, Política, Sociedad

Vándalo es el hombre que comete acciones propias de gente salvaje y desalmada. Vandalismo es el espíritu de destrucción que no respeta cosa alguna, ni sagrada ni profana. Quien carezca de medios para conocer el significado de estos vocablos encontrará su mejor ilustración en lo que acontece dos veces por semana, hace 6 meses, en las calles y avenidas céntricas de Santiago.

Nuestros vándalos criollos se presentan como paladines de la justicia social, que demanda igual y gratuito acceso a una educación de calidad. Para reivindicar justicia, atropellan prácticamente todos los derechos fundamentales de los demás: derecho a la libertad personal y a la seguridad individual, derecho de residir y permanecer en cualquier lugar de la República y trasladarse libremente de uno a otro, derecho a trabajar y estudiar, derecho de propiedad, derecho a la integridad física y síquica, derecho a vivir en un medio ambiente libre de contaminación, derecho a la protección de la salud, derecho a la igual protección de la ley en el ejercicio de sus derechos. Lo más agraviante es esto último. Porque el vándalo criollo está, en los hechos y también en el derecho, más protegido en su accionar destructivo que el ciudadano común en su trabajo honesto y productivo. Su capacidad básica de raciocinio y su elemental manejo de las operaciones aritméticas le permiten asegurar que los costos (improbables) de su quehacer delictivo serán mucho menores que los beneficios (constatables) que su comisión le reporta. ¿Qué arriesga? En un porcentaje irrisorio y descendente, ser privado de libertad por escasas 8 horas, o lo que dure su control de identidad; ser formalizado por un delito; sufrir prisión preventiva; llegar a juicio oral; recibir sentencia condenatoria ¿cuándo? ¿cuál? ¿sin probabilidad de evasión? ¿Y los beneficios? Será protagonista seguro y predilecto de las cámaras de televisión: durante horas sólo se hablará de sus hazañas, proclamas y devastaciones. Se cobrará un salario, arrebatando especies de las manos de sus aterrados propietarios. Disfrutará el deleite de sentirse superior al resto de los mortales, que sólo atinan a balbucear su impotencia o, en el extremo, a repelerlos con un bastón de hockey. Y se refocilará con su posición de poder e impunidad ante Carabineros. El vándalo puede hacer todo lo ilegal e irracional que le plazca en contra del uniformado. Al final del día, toda la culpa y el reproche caerán sobre el carabinero: éste es el gratuito agresor, el infame provocador. La alquimia social juega a favor del vándalo para que aparezca siempre como la inocente víctima del uniformado. La opinología en boga estigmatizará la “violenta represión policial”. Y diputados de la República justificarán su iracundia contra Carabineros alegando que la Institución actúa “sin control”, “reprime a estudiantes” y “golpea a mujeres”. Está bien apadrinado, el vándalo criollo. ¿Hasta cuándo?

 

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Revista Humanitas, www.humanitas.cl.