Un aniversario para olvidar

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo | Sección: Familia, Historia, Sociedad, Vida

A finales de los años 60, las estudiantes universitarias de París quemaban sus sujetadores como quien se deshace del último icono cultural de una dictadura. Eran los días de la revolución sexual, de “la playa bajo los adoquines” y del “prohibido prohibir”. Todo comenzó cuando un grupo de estudiantes de la Universidad de Nanterre protestó porque no se permitía la entrada de estudiantes del sexo opuesto a las habitaciones de los alumnos. Unos años antes, el 15 de octubre de 1951, un grupo de investigadores sintetizó, por primera vez, el principio activo de la píldora anticonceptiva, un descubrimiento que se empezó a comercializar apenas diez años después, y que trajo consigo una verdadera revolución en las relaciones entre hombres y mujeres: se podía tener sexo sin temor a que la mujer se quedara embarazada. Pocos podían pronosticar entonces que esta “liberación” serviría de catalizador para la irrupción cultural de fenómenos como el aborto, el divorcio, el feminismo radical o la ideología de género; y que constituiría tal ataque contra la familia y la maternidad que hundiría la demografía de Occidente y causaría la actual crisis económica.

Si el aspecto procreador del acto conyugal puede ser eliminado, ¿por qué no el unitivo?”, se pregunta Brian Clowes, Director de Investigación y Capacitación de Human Life International. Y prosigue: “Donde la anticoncepción se ha difundido a gran escala, la legalización del divorcio se ha convertido en su consecuencia natural”. Y da un dato revelador: los hombres y las mujeres que se abstienen de relaciones sexuales antes del matrimonio y que luego permanecen fieles y fecundos en él, tienen un índice de divorcio de aproximadamente el 6%; mientras que más de la mitad de los matrimonios en los que los cónyuges estaban sexualmente activos antes de casarse y utilizaron anticonceptivos… se divorcian.

Por eso, la principal perjudicada de la extensión de la anticoncepción es la propia familia: lo que nació para liberar al matrimonio de la carga de los hijos, al final acabó por liberar a los cónyuges de su propio vínculo matrimonial. Un antropólogo tan poco sospechoso como el evolucionista Lionel Tiger reconoce que “la tecnología de la anticoncepción ha generado un resultado inesperado: más abortos, más familias monoparentales, más hombres que abandonan su papel de padre, y más divorcios”.

 

Causas ideológicas

Si bien no se puede señalar a la píldora anticonceptiva como la causa de la revolución sexual, al menos sí se puede decir que la ha acompañado. Y en esta deriva antinatalista también han confluido otras causas de tipo ideológico. Don Francisco José Contreras, catedrático de Filosofía del Derecho, de la Universidad de Sevilla, autor del trabajo El invierno demográfico europeo, señala como la primera de ellas el neomaltusianismo, o “la convicción de que la Humanidad se enfrenta a un terrible problema de explosión demográfica y de agotamiento de recursos naturales; así, el ser humano sería una amenaza para el planeta y, por tanto, lo deseable sería la reducción del tamaño de la especie humana”. Junto a ello, el feminismo radical, que “concibe la maternidad como una esclavitud biológica y social de la que la mujer debe liberarse; de ahí el énfasis en el derecho a la anticoncepción y al aborto”. También ha influido la propagación del epicureísmo presentista, “la convicción de que sólo se vive una vez y que hay que pasarlo lo mejor posible”. Otro elemento coadyuvante en esta transición cultural ha sido el nihilismo, “la convicción de que la vida no tiene sentido y que, en realidad, sería mejor no haber nacido. Es algo que David Benatar teorizó, hace pocos años, en un libro llamado Mejor no haber sido nunca: El daño de la existencia. Y Peter Singer propuso seriamente la posibilidad de la esterilización masiva y de convertirnos voluntariamente en la última generación humana sobre la tierra”.

A todo ello habría que añadir el antinupcialismo, por el que “el abandono del modelo de familia tradicional, basado en el matrimonio, es sustituido por otro de relaciones provisionales y sucesivas”. Al final, “todos estos rasgos están presentes, en diversas proporciones, en la mentalidad de muchos europeos actuales”.

 

Origen de la crisis económica

Autores como Ettore Gotti Tedeschi relacionan directamente la actual crisis económica con la baja natalidad. El profesor Contreras lo confirma, al sostener que “no hay crecimiento económico sin crecimiento de la población. El envejecimiento de la población obligará, en las próximas décadas, a un constante incremento de la presión fiscal, para sostener la sanidad y las pensiones. Esa presión fiscal lastrará aun más el crecimiento económico. Por otra parte, se puede poner en marcha una espiral nefasta: la baja natalidad acentuará el declive económico de Europa y, al mismo tiempo, el sombrío horizonte económico disuadirá a las parejas de tener hijos. El deterioro económico y el demográfico se retroalimentan. Además, cuando el declive de Europa se haga patente, dejarán de venir inmigrantes: la inmigración no será, pues, la solución a la baja natalidad”.

 

Paso a la ideología de género

El itinerario cultural iniciado en los años 60 incluso ha tenido continuidad en un fenómeno tan actual como la ideología de género. Jorge Scala, autor de “La ideología de género o el género como herramienta de poder”, señala que, al separar el sexo de la procreación, “fue posible reducir las relaciones únicamente al placer. Entonces, si las relaciones sólo se justifican por el placer que provocan, el matrimonio heterosexual, monogámico e indisoluble, no sería la única forma institucional, social y jurídica de relación entre los sexos. Por ello, la infidelidad y el divorcio por voluntad unilateral han obtenido carta de ciudadanía en las naciones pseudo-progresistas postmodernas. Y, así, la sociedad se va desintegrando por la crisis de su célula básica”. Para Jorge Scala, “algunos pretendieron justificar racionalmente esta situación caótica, y apostaron doble contra sencillo: el sexo sería el aspecto biológico, y el género el sexo psicológico, autopercibido y autocreado, sin ninguna relación entre ambos. El ser humano quedaría así irremediablemente fracturado: el sexo es natural y el género sería una construcción cultural”. Ahora bien, si varones y mujeres “podemos construir y deconstruir nuestro género con autonomía total, ya no somos iguales en dignidad y derechos, sino idénticos, como dos gotas de agua. Por ello, la equidad de género exige que se otorgue a toda mujer encinta el supuesto derecho humano irrenunciable a abortar. Por esto se reformó la ley española de aborto. Y como, por falta de nacimientos la Seguridad Social entró en crisis, habría que legalizar entonces la eutanasia…

 

Fracaso en felicidad

Pero, al final, la realidad de los hechos se impone a la ideología. El doctor Luis Fernández Cuervo recuerda la cita del doctor Luc Montagnier, Premio Nobel de Medicina 2008, descubridor del virus del sida, cuando afirmó que el sida es hijo de la píldora, y explica que “esta frase sintetiza toda la catarata de descalabros físicos, y sobre todo morales, que se siguieron a la revolución sexual, en la cual la píldora anticonceptiva tuvo un papel muy determinante”. Pone como ejemplo a Helen Brook, pionera en 1964 de la anticoncepción en Gran Bretaña, que “no estaba contenta en los últimos años de su vida por las consecuencias que trajo la píldora anticonceptiva. Fue como si, de pronto, la gente hubiera perdido la razón. Daba miedo. A veces, me sentía como si yo hubiera contribuido a abrir la caja de Pandora, comentaba ella. Otro motivo de su decepción fue la proliferación del aborto y los hogares sin padre. En 1991, decía: Si tuviera que empezar de nuevo, trabajaría a favor de las familias con padre y madre”.

Algo parecido manifestó la promotora francesa del control natal, la socióloga Evelyne Sullerot, en su libro Le grand remue-ménage. “También se sorprendió -afirma el doctor Fernández Cuervo- al comprobar los síntomas de la descomposición social que eso trajo: No pensábamos en absoluto abrir la caja de Pandora de la libertad sexual sin freno para las mujeres, escribió, pidiendo al mismo tiempo, sin ocultar su inquietud y su amargura, afianzar los lazos familiares y el matrimonio”. Los ejemplos que pone el doctor Fernández Cuervo, son esclarecedores: “Se veía venir el fracaso en felicidad. En mi experiencia clínica y como patólogo fui testigo del desastre que trajo esa falsa liberación, corrupción moral y sexual. Enfermeras con las que trabajé se insertaron un DIU -para frenar la natalidad, me dijeron-, y al poco tiempo ya habían engañado a sus maridos. Una de ellas estuvo a punto de morirse de peritonitis, por perforación del DIU”. Por todo ello, piensa que “seguir fomentando los anticonceptivos y el desmadre sexual que ellos promueven es colaborar a un negocio millonario, criminal y mundial, al que no le importa nada el inmenso mal que está haciendo”.

En julio de 1968, apenas dos meses después del estallido de la revolución sexual del mayo francés, y sólo ocho años después de la comercialización de la píldora, el Papa Pablo VI publicaba la encíclica Humanae vitae, en medio de una gran contestación incluso dentro de la Iglesia. Decía en ella que “el hombre no puede hallar la verdadera felicidad, a la que aspira con todo su ser, más que en el respeto de las leyes grabadas por Dios en su naturaleza”. La experiencia de la Humanidad, varias décadas después, no puede dejar de constatar la veracidad de esta afirmación profética.

 

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Alfa y Omega, www.alfayomega.es.